Y en el descuento… llegó el leopardo

Por: Javier Brandoli (Texto y fotos)

Hay historias que parecerían sacadas de un guión de cine. Los seguidores de este blog saben que hace unos meses tiré la toalla en el importante, casi crucial, reto de ver a los “big five” en África: elefante, rinoceronte, león, búfalo y leopardo (tómese con ironía el comentario de crucial, aunque mis botes de alegría cuando lo vi eran de ganar la Champions). Tras unos cuantos safaris a las espaldas y siete meses de estancia por estas tierras, tenía el dudoso honor de ser el único tipo que no había visto a un leopardo. Las anécdotas, en las que en algunos casos hice casi el ridículo (soy muy condescendiente conmigo mismo), me habían hecho olvidarme del simpático felino con manchas (una especie de “que le den”).

Sin embargo, en Uganda, donde mantuve la secreta ilusión, acrecentada con el apoyo de Ricardo que insistía en que iba a ver al leopardo hasta cuando pasábamos por una gasolinera, preguntaba cada vez que entrábamos en un parque si había por la zona bichitos anaranjados con pintas negras. No lo encontré en ninguno de los maravillosos parques ugandeses, donde el guía sabía siempre de mi oculta obsesión (lo debió de notar tras hacerle cada día seis veces la misma pregunta. Era muy intuitivo). Llegamos así al último parque nacional que iba a recorrer en África, Lake Mburo, donde hay oficialmente censados sólo un pareja de leopardos. El enclave, a medio camino entre Kampala y Kisoro (zona de los gorilas) es un parque pequeño, de paisaje verde fascinante, donde no hay casi turistas. Uno de esos lugares que se tropiezan en África, fuera de los circuitos de pago, donde uno tiene la sensación de que la naturaleza te mira extrañado. Lo mejor para explicar lo salvaje de este lugar es la imagen de salir a cenar de la cabaña del hotel y encontrarme a un hipopótamo y unas cuantas decenas de impalas en la puerta. Así se va a cenar por estos lugares, con linterna y pelín sobresaltado con la idea de que el leopardo sea el que te ve a ti primero. (para los que tengan pensado ir a Uganda, algo muy recomendable, anoten este desconocido Lake Mburo como parada en el camino). Volvamos al principio.

Lo mejor para explicar lo salvaje de este lugar es la imagen de salir a cenar de la cabaña del hotel y encontrarme a un hipopótamo y unas cuantas decenas de impalas en la puerta

La primera tarde en el parque hicimos un paseo en barca por el lago en el que entre bromas vimos una playita entre la maleza donde Ricardo me dijo “este es el típico lugar donde podríamos verlo”. Nada, mucho hipopótamo y águila pescadora, pero ni atisbo de ver a mi ansiado animal. El propio guía nos reconoció que era muy difícil verlo allí.

A la mañana siguiente, y tras un retraso de media hora sobre el peor horario previsto (nuestra amiga de la oficina de turismo de Uganda se estaba desayunando hasta la madera del bar), emprendimos camino por tierra en 4×4 del que iba a ser mi último safari. Ricardo y yo íbamos de pie, intentando adivinar si nuestra amiga ponía mantequilla a la madera, cuando Norbert, el conductor paró en seco y le oí decir “leopardo”. Me recordó a lo vivido en Zambia y comencé a mirar hasta en los asientos para no volver a ser el único bobo que se pierde su imagen. Hubo un momento en que dudé si era una broma que me gastaban, pero, de repente, veo entre las ramas al majestuoso felino. Grande, solitario, y a la altura del lago que el día anterior habíamos bromeado como lugar perfecto para verlo. Lo vimos unos pocos segundos y desapareció entre las ramas. Norbert, gran conductor, decidió entonces cortarle el camino unos cuantos metros más adelante y tras un minuto de espera apareció de nuevo el depredador ante nuestros ojos, dándonos la espalda y caminando con paso lento y gesto altivo. Tras una curva, vuelve a desparecer de nuestra vista. Volvemos a acelerar y contemplé por primera vez su cara nítida, con sus ojos fijos en el coche, para ya perderse entre una maraña de árboles. No pude sacarle buenas fotos, pero pude verlo durante algunos minutos.

Si fuera un guión de cine sería imposible de creer. Fue en el último minuto y en el sitio con menos posibilidades cuando el animal decidió mostrarse tras más de siete meses. Así es la naturaleza africana, esa es su magia, ella decide donde aparece. Esa es su realidad y su embrujo, el de poder pasar horas en un  coche contando el 126.487 impala o viendo a dos guepardos atacar una gacela en un lugar insospechado. África es especial por muchas cosas, por sus gentes simpáticas y tramposas, por las sonrisas sin horario y por el caos de su vida sin reloj; pero lo es desde luego también por su vida salvaje en la que somos los invitados. La visión del leopardo la celebré casi como aquel gol de Iniesta que pude ver en el Soccer City unos cuantos meses atrás. Quizá ahí radica también el éxito de un viaje, hacer de pequeñas cosas insignificantes momentos inolvidables que disfrutar. Divertirse, al fin y al cabo, con miradas y retos que no tienen peso específico. Aquella mañana, sin nada más especial que haber visto por fin al leopardo, es para mi inolvidable. Qué curioso, si no es por el eterno desayuno de nuestra amiga, no hubiera llegado a tiempo a mi cita con el felino. Él, yo no lo sabía, había decidido cruzarse en mi camino a las 08:15; yo tenía programado pasar a las 07:45. La vida, como en tantas cosas.

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