Yangon: bienvenido Mr. Oil

Por: Mayte Toca (texto y fotos)

Yangon, capital comercial de Myanmar, la antigua Birmania, descansa mustia junto al mar de Andaman, frente al océano Índico. Yangon es una ciudad que lucha por olvidar un lamentable y trágico pasado y que intenta ahora abrirse al mundo con cuentagotas. Pero el destino de Myanmar está a punto de dar un gran giro. En las aguas que la rodean hay petróleo, mucho petróleo. Trás el descubrimiento de este codiciado tesoro hace un par de años, la bahía de Bengali se la dividen y rifan ya las compañías petroleras más poderosas del planeta. Esto está transformando la ciudad a una velocidad vertiginosa. Los primeros en llegar fueron los chinos, construyendo lujosas casas en Yangon para sus empleados, haciendo estallar el mercado inmobiliario. Alquilar una casa en esta ciudad tercermundista cuesta hoy unos 5.000 euros.

El centro de la ciudad, la parte que linda con el río al sur, guarda aún la estructura de calles rectilíneas que dejaron los ingleses durante la colonización, alguna gran avenida, algún hotel de lujo de paredes descascarilladas y muchos edificios coloniales rodeados de frondosos jardines medio abandonados que pasaron a manos del ejército durante la dictadura.

Trás el descubrimiento de este codiciado tesoro hace un par de años, la bahía de Bengali se la dividen y rifan ya las compañías petroleras

Fueron muchos y largos años de una durísima dictadura que comenzó en 1964.
Aung San Suu Kyi, una mujer enigmática y valiente, adelantada a su tiempo, hija de un líder del movimiento contra la ocupación británica asesinado en 1947, volvió a su país tras pasar varios años en Inglaterra. Al regresar, fue encarcelada en su propia casa por la Junta Militar. Permaneció bajo arresto domiciliario más de 16 años. Inspirada en el ejemplo pacífico de Gandhi y en su fe budista, propugnó una “revolución del espíritu que se manifiesta mediante el reconocimiento de la necesidad del diálogo y la compasión por los más humildes”.

Se ven muchos edificios coloniales rodeados de frondosos jardines medio abandonados que pasaron a manos del ejército durante la dictadura

En 1991 se le entregó el premio Nobel de la Paz. Se le permitió salir de su casa por primera vez hace tan solo hace dos años. Sigue en su lucha romántica y pacífica en Yangon por salvar al país que tanto ama. En su revelador e íntimo libro “Cartas desde Birmania” se puede comprender mucho sobre la verdad en Myanmar.

Yo he llegado en época de lluvias, las monzónicas. Me encuentro las calles encharcadas y el cielo encapotado. Solo tengo una semana para estar en este país y quiero aprovecharla. Nadie en esta ciudad habla una palabra de inglés, ni los taxistas. Se nota que el contacto con el exterior ha sido nulo en los últimos 40 años. Decido ir al Museo Nacional. Una sensación de tristeza y desolación me invaden cuando entro al afligido y desmesurado edificio. Tras pagar los cuatro euros de la entrada, tengo que mostrar mi billete a tres mujeres con uniformes que parecen militares, que pican mi billete con esmero a pesar de ser la única visitante en todo el museo.

Nadie en esta ciudad habla una palabra de inglés, ni los taxistas. Se nota que el contacto con el exterior ha sido nulo en los últimos 40 años

Con paraguas en mano y un tremendo calor de 30 grados, salgo a explorar está ciudad, sin dejar rendirme por las ruidosas tormentas. La lluvia da alguna tregua y me dirijo al lugar más emblemático de Yangon, Shwedagon Pagoda. Entro en este espectacular templo budista ante las miradas atentas de las gentes del lugar. Es la pagoda más grande del mundo, un lugar de rezo, y está totalmente cubierta de oro. A su alrededor, en círculo, montones de pagodas en miniatura y pequeños templos donde las gentes de Yangon descansan y rezan a Buda. El aire huele a incienso y a lluvia. El murmullo de las oraciones se mezcla con el de las gotas sobre el mármol. Grupos de fieles budistas, vestidos con vistosas túnicas, dan un aire colorido al lugar.

Las calles al sur de la gran pagoda son un ir y venir de gentes, puestos de comida y frutas exóticas. Extraños peces se asan en caseras barbacoas, hay grandes platos de insectos tostados, anguilas y ranas, dulces durians, mangos y rambotan. La gente de Yangon come a todas horas. Como en muchos países de Asia, es normal que coman unas cinco a seis veces al día. Al caer la noche, las callejuelas se llenan de gente comiendo en bajas mesas a la luz de las velas. No hay extranjeros. La gran variedad de frutas y verduras que da la tierra hace que la gastronomía sea exquisita.

El aire huele a incienso y a lluvia. El murmullo de las oraciones se mezcla con el de las gotas sobre el mármol

Este país está a punto de cambiar, de dar un giro de 90 grados. Es lo que hace el dinero. Hay quien dice que en menos de diez años será como Malasia, que las calles de Yangon se llenarán de altos rascacielos y lujosos hoteles como Singapur. Quien sabe. Estaremos atentos para observar el cambio y esperamos que sea pacífico.

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Comentarios (2)

  • Albena Neyra

    |

    Un relato muy entretenido e informativo!
    Gracias

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  • marcelo

    |

    Las cosas en asia son simplemente espontaneas!

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