“Se te prohíbe gritar mientras recibes latigazos y descargas eléctricas”

Por: Juan Ignacio Sánchez (texto y fotos)
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Las palabras Tuol Sleng no tendrían que significar nada para casi nadie. Eran solo el nombre de un instituto del centro de la capital de Camboya. Nada noticioso, si no fuera porque entre 1975 y 1979 casi diez mil personas fueron brutalmente hacinadas, interrogadas y torturadas hasta la muerte en el delirio frenético de un régimen autoproclamado comunista, el de los Jemeres Rojos, empeñado en limpiar de la faz de Camboya cualquier rastro de capitalismo, aunque este no fuera más que un título de maestro o de ingeniero, o un disco de los Beatles hallado en el salón de una vivienda.

El general Pol Pot y sus generales, con el salvaje pretexto de ganarse el favor de las superpotencias rusa y china, segaron la vida, según los últimos datos de la ONU, de casi dos millones de personas, más del cuarenta por ciento de la población total de un país en el que, por otra parte, la gran mayoría de sus ciudadanos apenas sabía escribir y leer, y cuyo mayor interés en los asuntos políticos era saber cuándo llegaba el tiempo de recoger los campos de arroz.

Todos los ciudadanos que tuvieran un título universitario fueron asesinados. Y todos aquellos que tuvieron que ver con el anterior gobierno, y los propietarios de tierras, y los que sabían leer, y los que alguna vez habían salido del país, y los que vivían en ciudades o pueblos que se consideraron, vaya usted a saber por qué, subersivos.

Treinta años después, Camboya exhibe, a medio camino entre la vergüenza y la memoria ejemplificadora, los restos de aquella masacre. Lo primero que impresiona cuando uno se acerca al llamado Museo del Genocidio es el enorme collar de alambradas que circunda lo que tendrían que ser la plácida tapia de un instituto más. Previo pago de un par de euros, una vez traspasado el umbral, el visitante entra en la sala de los horrores. XXXXX

Para empezar, un gran cartel recuerda el decálogo de órdenes macabras que recibían los recién detenidos: “Contesta a todas mis preguntas sin tratar de eludir ninguna. Cuando te haga una pregunta, contesta con celeridad y no gastes tiempo en reflexionar. No hagas nada, sólo siéntate y espera mis órdenes. Si no hay órdenes, mantente quieto. Cuando te pida algo, hazlo directamente sin protestar. Mientras recibas latigazos o descargas eléctricas, se te prohíbe gritar. Si no cumples todas las órdenes, serás azotado de nuevo y recibirás más cargas eléctricas”.

Luego empieza la visita por las aulas, que los militares dividieron en cuatro módulos. Los pabellones B, el C y el D se dividían a su vez entre pequeñas celdas individuales que no tenían más de 0,8 por dos metros, en las plantas inferiores, y amplios espacios para hacinar a multitudes de presos comunes en las plantas superiores.

Cuando los presos visitaban el pabellón A, podían echarse a temblar. Según los dibujos y grabados que pueden verse en sus paredes, que fueron forradas con cristales y corchos para que no se oyeran los gritos del dolor, eran sometidos a todo tipo de vejaciones. Les arrancaban los dedos de las manos con enormes tenazas, o les hundían el cráneo con mazas, o les golpeaban salvajemente contra el potro que un día sirvió para que los niños practicaran en su clase de educación física. Al final, todos acababan confesando lo que hiciera falta: Si tenían que decir que eran espías americanos o que apoyaban el levantamiento capitalista, lo decían, aunque no supieran qué significaba la palabra capitalismo.

La visita al museo corta el aliento a las legiones de turistas occidentales, ignorantes la mayoría, que visitamos Asia con nuestra mochila al hombro y tendemos a mirar a los asiáticos, en líneas generales, como a simpáticos señores bajitos que no se meten nunca con nadie, que llevan su pobreza con una gran presencia de ánimo, y que no se interesan en absoluto por nada que no sea el plato de comida de cada día.

En Tuol Sleng, rebautizado por el régimen como la Oficina S-21, se nos abren de golpe los ojos, y descubrimos que no es verdad que existan paraísos, y que la violencia es patrimonio de todos los seres humanos. También aquí, en Camboya, donde uno no puede imaginarse, hoy en día, ni cómo sonará un grito. Da miedo mirar las camas desvencijadas de las habitaciones en las que se aislaba a los supuestos líderes de la revolución. O los elementos que los verdugos empleaban para sus torturas sistemáticas, o las fotografías de cientos de ciudadanos aterrorizados que parecían presentir ya el infierno que se les venía encima.

Y, si aún queda coraje, a las once de la mañana y a las dos de la tarde se exhibe un video (a medio camino entre el inglés y el francés) que responde con fidelidad y entereza al qué, quién, cuándo, cómo y por qué de la barbarie de los Jemeres Rojos. A mí se me han quedado grabadas dos imágenes, pero hay mil. La primera es la de un grupo de soldados que patrullaba las calles buscando mujeres bellas a las que poder violar. Cuando encontraban a una, le metían una granada en el bolsillo, la detenían y la llevaban ante los jefes mostrando la granada: “La encontramos preparándose para atentar contra la revolución”. Y la segunda es otra mujer que fue asesinada porque los jemeres encontraron muy capitalista descubrirla en la ducha silbando una canción americana de los años 50.

Dos millones de personas murieron en unos pocos años, sin que la comunidad internacional interviniera. De hecho, no fue hasta 1991 cuando la ONU condenó los atentados de los Jemeres Rojos. Pol Pot murió sin ser juzgado, para desgracia de los camboyanos –casi todos- que perdieron a algún ser querido durante los años de locura comunista. Hoy, Camboya se reinventa y los jóvenes, que son los veteranos de este país, se entregan a la tarea de tener muchos hijos y tratar de criarlos sanos y sensatos. Y Tuol Sleng recuerda a todos, camboyanos y europeos ignorantes, los errores que no se deberían volver a cometer.

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Comentarios (5)

  • Ana

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  • ricardo

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    Glub. Espeluznante, amigo. Seguro que Pol Pot tenía en mente las purgas del inefable Stalin y sus colectivizaciones forzosas…

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  • javier

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    Me ha encantado. Pedazo de historia

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  • Maribel

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    Impresionante

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  • Miss éxodos

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    Sí, a mi también me marcó ver todo eso. Y los Killing Fields, donde uno no deja de hallar dientes, huesos y ropas viejas por el suelo… por los miles y miles de personas que hay enterradas debajo de la tierra que uno pisa en la visita…

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