Canfranc: el viaje en tren del oro de Hitler

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el viaje

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi necesitaba alimentar su delirante carrera armamentística sorteando la vigilancia de los aliados. Desde la Francia ocupada se trasladaron por ferrocarril, en apenas año y medio, entre 1942 y 1943, decenas de toneladas de oro para pagar el wolframio que necesitaba Hitler para blindar sus carros de combate. La preciada mercancía llegaba en tren a España, a través de los Pirineos, hasta la estación internacional de Canfranc (Huesca), una presencia imponente por la que ningún viajero amante de la historia debería pasar de largo.

En las viejas estaciones ferroviarias se respira una atmósfera especial, la misma que impregnaba las vías cuando los viajeros esperaban al ruidoso y acogedor tren y no al silencioso y frío AVE. Pero si, como en este caso, el edificio acumula casi un siglo de historia a sus espaldas, y está situado en un privilegiado enclave del Pirineo oscense, la visita es pura devoción.

El viajero ha recorrido muchas veces la majestuosa estación de Canfranc y siempre le ha asaltado un hondo abatimiento, a caballo entre la melancolía y la indignación, a medida que ha ido contemplando su progresivo deterioro. De unos años a esta parte, afortunadamente, esa amarga sensación se ha esfumado, porque se ha acometido una ambiciosa remodelación que le ayudará a recobrar parte del esplendor perdido. Ya no será lo mismo, desde luego, porque los visitantes no podrán recorrer en soledad, como antes, ese vestíbulo alfombrado de legajos, ni curiosear en las antiguas taquillas de porte decimonónico, ni asomarse a los mostradores preñados de pequeñas historias cotidianas. Pero, a cambio, quienes se acerquen en la actualidad a Canfranc-Estación (no confundir con Canfranc pueblo, el municipio originario, por el que el viajero pasará antes si viene en coche desde Jaca) podrán admirar la evolución de los trabajos, ya muy adelantados, y las recuperadas hechuras de la estación.

La ansiada reapertura

Estampa de otra época, sus andenes vacíos y sus edificios herrumbrosos han sido siempre todo un ejemplo de resistencia, la encomiable tenacidad del perdedor que se niega a doblar la rodilla. Cuando contemple sus inconfundibles techados de pizarra, piense que está ante todo un símbolo del Alto Aragón, la expresión de un anhelo colectivo: la ansiada reapertura de la línea ferroviaria que unía Francia con España, un proyecto eternamente aplazado sobre el que parece pender una sentencia de muerte que nadie se atreve a firmar.

Sus andenes vacíos y sus edificios herrumbrosos han sido siempre todo un ejemplo de resistencia, la encomiable tenacidad del perdedor que se niega a doblar la rodilla

Un Viernes Santo de 1970, un tren que se dirigía camino de la localidad francesa de Bedous sufrió un accidente en el puente de L´Estanguet y cayó al río. No hubo víctimas, pero el contratiempo era la excusa que necesitaba la SNCF, la red ferroviaria francesa, para cerrar la línea, que había sido inaugurada 42 años antes por todo lo alto por Alfonso XIII y Gastón Doumergue, el presidente galo, tras casi medio siglo de obras. Sólo abrirse camino en las entrañas del macizo pirenáico través de un túnel de casi ocho kilómetros, una tarea ingente para la época, costó cuatro años. Cuando las dos galerías de avance se encontraron por fin en octubre de 1912, españoles y franceses gritaron al unísono: “¡Ya no hay Pirineos!”.

El canfranero resiste

El marco de la estación es incomparable. Custodiada a uno y otro lado por montañas de una belleza desnuda y sin artificios, la vista pronto se escapa sin remedio hacia las laderas pirenáicas que llevan al circo de Ip y a Collarada, el referente de todo el valle del Aragón. El viajero no debe renunciar, pese a las obras, a rodear los terrenos de la estación y a caminar entre el mar de vías trasero, donde podrá hacerse una idea de las proporciones de la casi centenaria infraestructura. Y no debe sorprenderse si, inopinadamente, un achacoso convoy de la era ADA (Antes Del Ave) rinde viaje en la estación. El mítico canfranero sigue cubriendo la ruta entre Zaragoza y la población altoaragonesa, añorante de tiempos pasados, cuando su trayecto terminaba al otro lado de la cordillera, donde enlazaba con la red francesa a través de las ciudades de Olorón y Pau. Si no se tiene prisa, hacer en tren ese recorrido (o al menos desde Huesca) es una inmejorable manera de acercarse a Canfranc.

Los papeles abandonados

La estación sobrevivió a la crisis del 29 y a la inauguración de las conexiones ferroviarias con Francia por Irún y Port Bou. Y durante la Segunda Guerra Mundial, fue testigo silencioso del paso del oro nazi con el que el III Reich pagaba el envío de wolframio, el mineral utilizado para blindar los carros de combate, sorteando el embargo comercial decretado por los aliados.
Un conductor de autobús francés encontró en el año 2000, entre los legajos abandonados en el muelle de la antigua aduana, los documentos que acreditan la llegada de las remesas de oro provenientes de Holanda y Bélgica, ocupadas entonces por los nazis, y que en Canfranc eran cargados en camiones para seguir ruta. No todo se quedaba en España. La Portugal del dictador Salazar y Sudamérica, suministradores del preciado mineral, eran otros de sus destinos.

Según el periodista Ramón J. Campo, llegaron a la estación por tren en casi medio centenar de envíos al menos 86,6 toneladas de oro (en cajas de cinco lingotes) entre el verano de 1942 y el invierno de 1943. Hoy en día, su valor en el mercado sería de unos 1.000 millones de euros.

A grandes retazos, éstos son algunos de los muchos argumentos que existen para visitar la estación de Canfranc, gracias a la cual, según el insigne regeneracionista Joaquín Costa, España entró “en la vida moderna”.

el camino
Desde Huesca, seguir en dirección a Jaca por el puerto de Monrepós, ahora en obras (si se prefiere viajar más tranquilo puede utilizar el de Santa Bárbara, aunque son más kilómetros), y continuar hacia Francia por el Somport. Canfranc-Estación es el último pueblo antes de llegar a la frontera francesa. Tener cuidado con no pasar al país vecino por el túnel de Somport. Hay que desviarse a la derecha justo antes de llegar. Está indicado.

una cabezada
En el pueblo, se puede optar por el Villa Anayet (Pza. José Antonio, 8), tranquilo y con buenas vistas. A 15 minutos en coche, la oferta hotelera en Jaca es muy abundante.

a mesa puesta
Si se quiere disfrutar de buena comida casera y a un precio asequible: Casa Sisas (Albareda, 17), en Canfranc-Pueblo, un poco más abajo por la carretera que lleva a Jaca.

muy recomendable

El cercano fuerte de Coll de Ladrones, construido sobre una antigua fortificación de tiempos de Felipe II, fue una exigencia del Ministerio de Guerra para dar el visto bueno a la línea férrea. Colgado sobre un peñasco, vigila el valle a las puertas de Francia. Se puede llegar en coche, por una pista que nace a la derecha de la carretera que sube a Candanchú (nada más pasar un puente) en sólo quince minutos. Está abandonado desde hace años, pero en verano hay incluso visitas guiadas. Unas escaleras angostas excavadas en la roca permiten bajar hacia una aspillera a los que no sufren de claustrofobia.

-Hay dos obras que son un referente. “Canfranc. El mito”, de Santiago Parra y otros (editorial Pirineum) es la crónica definitiva sobre el esplendor y declive de la estación ferroviaria internacional.“Oro nazi a cambio de wolframio”, de Ramón J. Campo, abunda en la historia aquí apuntada brevemente.

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Comentarios (1)

  • Raul Sierra

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    Todo el pirineo oscense es una delicia, pero Canfranc y el valle del Aragón tiene un encanto especial. Me ha evocado muchos recuerdos el reportaje..

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