Despertar en la ciudad perfecta

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Si a uno le vendan los ojos, le suben a un avión y le dejan en medio del Waterfront o Clifton Bay y le preguntan en qué ciudad está, comienza a recitar de carrerilla la lista de Miamis que conoce, o similares, hasta borrarle el apellido a toda la costa del oeste de EE UU. Es imposible, si no se ha visto antes nada sobre esta ciudad, creer que este lugar es el dedo gordo del pie derecho de África. No es malo ni bueno, he aprendido a aceptar, es una realidad que se te tatúa en los ojos si se pasea por algunos barrios escogidos.

La ciudad es bonita, es indudable, en su estilo. Los lugares con encanto, intimistas, con velas, se suceden en determinadas zonas. Las postales son de cemento, arena y agua. Es una urbe cosmopolita donde se puede ir a un concierto en el parque de Gardens a escuchar hip hop; o ir al ayuntamiento a ver una exposición de arte moderno sudafricano realmente recomendable (es curiosa la carga crítica de los expuesto hacia su clase política. En España el comisario de esta exposición estaba ya rellenando formularios en la cola del paro).  Los contrastes son brutales: en algunas ocasiones cuesta creer, al girar la cabeza, que la misma realidad convive en tan pocos metros. Quizá este sea el encanto de este lugar, que uno puede elegir su frontera en dos pasos.

Ayer, por ejemplo, estuve tomando entre uno y 658 vinos en un maravilloso bar en el residencial barrio, colgado de la montaña, de Vredehoek. Un pequeño y cuidado restaurante, con dos sillas en la puerta, desde las que contemplar como se apaga la ciudad. Casas bajas, con jardines perfectamente cuidados, y el lejano sonido de algún coche que se pierde por las aceras vacías que destapa la noche. La conversación es de tono bajo y sonrisas. La idílica escena sólo la desdibuja el goteo de miseria que se balancea constante frente a nuestros ojos. Un tipo estaba tan borracho, con sus pantalones hechos trizas, que te pedía dinero, le decías que no, y un minuto más tarde se plantaba otra vez delante y te contaba la misma historia. Su pareja, tan borracha como él, contemplaba la escena sujeta a un coche a lo lejos. Vredehoek es sólo un ejemplo, hay decenas de escenarios similares en Ciudad del Cabo: Gardens, Sea Point, Clifton … Para los que vayan a venir aquí en los próximos meses, apunten estos barrios, ya que son los lugares más seguros en los que alojarse.

La barrera natural de la montaña detiene las nubes, que tienen que escalar poco a poco los picos para luego dejarse caer a cámara lenta

La ciudad tiene además una naturaleza escogida. Es increíble ver como las nubes se deslizan por la famosísima Table Mountain. El efecto visual es el de una inmensa cascada de agua. La barrera natural de la montaña detiene las nubes, que tienen que escalar poco a poco los picos para luego dejarse caer a cámara lenta. Se puede subir hasta arriba en un  telesférico.

Sin embargo, el mirador más bonito de Ciudad del Cabo es Lion´s Head. Se tarda casi una hora en llegar andando a la empinada cumbre. La subida es exigente. Yo, si no me rajo en los primeros trece metros por agotamiento (algo que he hecho en alguna ocasión), soy de los que prefiere subir deprisa. Siempre he tenido la estúpida idea de que escalo tiempo y no metros; por tanto, cuanto más rápido lo haga menos sufro (explicada es más absurda aún). Desde arriba, las vistas son formidables. 365 grados de perspectiva desde los que se tiene entrada de primera fila para ver como el sol se mete en el estómago del océano. Los capetonitas dicen que es más increíble subir allí las noches de luna llena y contemplar como ambos astros (sol y luna) se cruzan en su camino (lo haré en la próxima oportunidad). Además, desde arriba la ciudad se ofrece en toda su extensión.

El recuerdo de la primera vez que fui hasta allí es el de una maravillosa tarde entre el sol y el agua

Por último, están las playas cercanas a Clifton Bay. Arena blanca, grandes rocas y un agua perfecta para congelar pescado al natural. Tienen un toque especial entre salvaje y urbano. Generalmente el viento pega fuerte y el mar está embravecido. El recuerdo de la primera vez que fui hasta allí es el de una maravillosa tarde entre el sol y el agua. Bonito paisaje. Cuando el viento hizo imposible ya que pudiera seguir leyendo decidí recoger e irme. En el paseo marítimo que hay en Clifton Bay, lleno de lujosos bares, escuché unos gritos que me llamaron la atención. A lo lejos, cinco negros vestidos de zulúes danzaban como feroces guerreros frente a cientos de potenciales clientes. El claxon de un minibus reclamó mi atención. Subí a mi “black taxi”, cargado hasta los topes de tipos sin pinturas en la cara, y volví a mi casa del residencial barrio de Sea Point.

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Comentarios (2)

  • Juancho

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    brandoli! Cuando hago dos vueltas de entrenamiento al Retiro siempre trato de ir muy rápido para dejar de sufrir cuanto antes. No corro kilómetros, corro minutos! Oye, “agua perfecta para congelar pescado al natural”? Tanto? Más fría que en el desierto de Marruecos? Qué bellas descripciones, qué bueno…”el encanto de elegir su frontera en dos pasos…”

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  • rosa

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    Hola Javier: ¡Qué suerte! Me alegra leerte y comprobar que estás disfrutando de la experiencia. Un abrazo

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