Etiopía (I): en busca del español que descubrió las Fuentes del Nilo Azul

Por: Miquel Silvestre (texto y fotos)
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Uno de los más sugestivos mitos del medioevo fue la existencia en tierra de infieles del próspero reino africano del Preste Juan. Durante siglos, la búsqueda más allá del Sahara de un legendario y rico territorio donde moraba un príncipe cristiano, mitad gobernante, mitad sacerdote, fue un anhelo tan poderoso como luego lo sería la del Dorado en América. Los primitivos exploradores europeos de los siglos XI al XVI persiguieron con ahínco un sueño que los sucesivos avances geográficos se encargaban de desvanecer. Hasta que el lusitano Bartolomé Díaz dobló el Cabo de las Tormentas, hoy bautizado como de Buena Esperanza, y abrió la ruta africana hacia las Indias Orientales. Cuando los portugueses exploraron la costa este del continente negro se toparon con lo que tantos habían perseguido: el imperio del Negus: un rey cristiano que gobernaba una nación rodeada de musulmanes: Etiopía.

La única frontera abierta hoy entre Sudán y Etiopía es la de Metema/Galabat. En la oficina de inmigración comprueban mi visado, me hacen una foto y graban mis huellas dactilares con un escáner. Por último, las preguntas de rigor: profesión y domicilio en Etiopía. Como nunca sé dónde voy a alojarme, uso la táctica que ya expliqué en mi primer libro de viajes por África Un millón de piedras. En cualquier agujero, por inmundo que sea, siempre hay un Gran Hotel. Así que respondo: Gran Hotel de Addis Abeba.

Salgo a la calle, aunque en realidad no es una calle propiamente dicha sino un sendero embarrado que atraviesa dos puertas que separan mundos completamente diferentes. La “oficina” de cambio de moneda es un colmado hecho de tablones. El dependiente es un joven con una gran cruz colgando del cuello. Muchas mujeres la llevan tatuada en la frente. La religión es omnipresente en Etiopía. El cristianismo llegó en el siglo IV gracias a dos misioneros sirios. Fue durante el periodo histórico conocido como reino de Aksum, etapa de gran esplendor comercial y político que se prolongó desde el año 400 AC hasta el siglo VII de nuestra era, en la que Etiopía quedó definitivamente aislada de la Cristiandad por el ascenso de los árabes como poder hegemónico en toda la región.

Sin embargo, el Islam no supuso una verdadera amenaza militar para los emperadores etíopes, autoproclamados descendientes de Salomón y la Reina de Saba, hasta que el siglo XV el Imperio Otomano, sucesor de los antiguos califas, puso sus miras en las fértiles tierras altas de Abisinia y con ayuda del líder musulmán etíope Ahmad bin Ibrahim Al Ghazi declaró una sangrienta Jihad contra los cristianos. Cientos de iglesias fueron destruidas. Solo una intervención militar portuguesa salvo el reino del Preste Juan.

El cambista abre una gaveta cerrada con candado y saca el fajo de billetes más sobado y sucio que haya visto jamás. Un dólar equivale a 17 birrs, un euro a 23. Pido que me lleven a hacer una compra urgente. Aparezco en un patio agradable donde hay varios clientes. Mis acompañantes abren una cámara frigorífica y al fondo reluce el tesoro. ¡Botellas de cerveza! Quince días de abstinencia islámica sudanesa van a tocar a su fin. Dashen, la más barata, cuesta 10 birr. St George, la más popular, 13. La botella de agua cuesta también 10 birr. La cosa está clara, me llevo 4 botellas de cerveza y dejo el agua para otro momento.

Mis acompañantes abren una cámara frigorífica y al fondo reluce el tesoro. ¡Botellas de cerveza! Quince días de abstinencia islámica sudanesa van a tocar a su fin

Verdísimos montes nos rodean; están divididos en cuadrículas de labor. Aquí maíz, al otro lado cebada, más allá cebollas y pimientos. Todo un abanico de tonalidades verdes que refulgen bajo el sol. Esta zona alta es un vergel. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Etiopía ha sufrido una atroz deforestación para alimentar su creciente población de más de 75 millones de habitantes. Los árboles que más abundan son los terribles eucaliptos que crecen rápido, dan mucha madera pero empobrecen el suelo.

La carretera hasta Gondar es de buen asfalto aunque es obligado compartirla con burros, vacas y cabras. Revirada, atraviesa decenas de aldeas aferradas a las laderas de los montes. Las casas están construidas con techo de paja y un armazón de madera sobre el que se aplasta barro para armar paredes. Hay gente por todas partes. La mayoría saluda alegre. Los niños corren detrás del motorista maullando “yuiyuiyui”; yui significa extranjero. Todos tienden la mano pidiendo dinero. El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta. Algunos de estos niños pedigüeños son también hábiles honderos y hay que andarse con ojo.

El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta

Gondar
Gondar es conocida como el Camelot Africano. En el centro asaltan los típicos guías de ocasión para visitar el castillo de Fasilides, quien convirtió la ciudad en su capital en el siglo XVII. Fasilides era hijo de Susinios, el emperador amigo del jesuita madrileño Pedro Páez, mi explorador olvidado del África del Este. Enviado desde Goa junto a otro sacerdote, su viaje no fue fácil. Disfrazados de mercaderes armenios, su barco fue abordado por piratas yemeníes. Hecho prisionero, fue obligado a recorrer a pie atado a cola de caballo el inmenso desierto de Yemen, donde pasó esclavizado seis años antes de poder ser rescatado.
Coincido con un grupo de españolas. Han visitado las cataratas del Tis Isat. ¿Alguien allí les ha explicado quien fue el primer europeo que vio ese lugar? Se encogen de hombros. No, nadie les ha dicho nada. Cuando les comento que fue un español llamado Páez se quedan perplejas.

Susinios le brindaría la oportunidad de visitar las fuentes del Nilo Azul al sur del Lago Tana, en las proximidades de las cataratas del “Agua que echa humo”, situadas a 30 kilómetros por una pista sin asfaltar de la agradable ciudad lacustre de Bahir Dar. Suceso que finalmente se produciría el 21 de abril de 1618 y que él describiría con estas sencillas palabras: “Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César.”

Aunque el torrente ha menguado mucho debido a una cercana central hidroeléctrica y ya no es tan espectacular como antaño, confieso que también me alegro de ver lo que vio Pedro Páez, uno de los españoles con los que la Historia ha sido más injusta y al que quiero rendir homenaje con mi viaje, que sin pretender compararse con el suyo, también ha sido duro y difícil al haberlo hecho en moto desde España arrastrando penalidades, burocracias fronterizas, tormentas de arena, algún riesgo y bastante cansancio.

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Comentarios (8)

  • Fernando

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    Interesante, seguiré tu historia con interés, he vivido tres meses en Etiopía y nunca me llamaron “yui”, extranjero es “farengi”, nunca me lanzaron ninguna piedra y nunca pagué más de 10 birr por una St George, incluso en bares de alta categoría de Addis Abeba.

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  • juan

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    Yo también viajé por el norte de Etiopía mas de 3.000 kilometros por carretera y jamas me tiraron una piedra. Es mas, los niños eran mas respetuosos que en otros lugares de Africa. Y en lo de las cervezas coincido con fernando, me he tomado una dashen por seis birrs y la St. Georges, a nueve la mas cara en un buen hotel. Esta claro que te vieron necesitado…

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  • Gonzalo Castro

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    Como todo lo que te leo, estupendo. Es una maravilla seguir tu aventura y disfrutarla. Sobre el precio de las cervezas, cualquiera que haya viajado un poco por África sabe que los precios cambian en cada cliente. Por último, tengo la sensación que no debe ser los mismo viajar en moto que hacerlo en un coche a la hora de que los niños puedan lanzar piedras, algo que por otro lado hacía yo con mis amigos en España, en mi pueblo, sobre un puente. Tirábamos fruta.
    Felicidades

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  • Miquel Silvestre

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    Es la primera vez que alguien pone en cuestión mis conocimientos cerveceros!! Vivir para ver o cuán atrevida es la ignorancia. Aquí sí que se podría decir eso de “usted no sabe con quien está hablando”. Pues nada menos que con el autor de Un millón de piedras, el libro de viajes por África más lleno de lúpulo de toda la historia de la literatura viajera. No, no me equivoco con el precio de la cerveza etíope. Son datos tomados noche a noche en fechas muy recientes. Las decenas de tiquets y fotos de birras guardadas para mi espónsor de las cervezas son prueba de ello. No sé cuando mis lectores Fernando y Juan visitaron el país, pero convendría que a su objeción añadieran la fecha de su estancia, dado que existe un fenómeno económico llamado inflación y otro coste de la vida que hace que las mismas cosas suban de precio en poco tiempo.

    En cuanto a los niños, desconozco cual fue la cercanía que ellos tuvieron, aquí está la mía:

    http://www.youtube.com/watch?v=VE9fpOBrdlE

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  • Eduardo

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    Genial el relato Miguel, como siempre. Y las fotografías y los vídeos también fantásticos. Un lujo poder leerte. Saludos

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  • ricardo coarasa

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    Yo he recorrido los sitios de los que habla Miquel y también me he bebido unas cuantas cervezas en mis viajes (mi libro “Hernán Cortés. Los pasos borrados” por tierras mexicanas debe ser el segundo con más lúpulo de la literatura de viajes despues de “Un millon de piedras”) y lo del precio varia muchisimo en funcion del lugar y de las ganas. Y en lo de los niños, qué decir, cada uno cuenta la feria según le va en ella. En el Tibet todo el mundo habla de la afabilida de sus gentes y a mi me tiraron piedras unos chiquillos a 5.000 metros de altura por no pagarles lo que ellos creían merecerse por una foto. La mirada de cada viajero es irrepetible y la de Miquel es, además, expecional y todo un lujo para VaP.

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  • Mere

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    Miguel, el vídeo que adjuntas a tu comentario es precioso. Esos caminos tortuosos en pleno campo y los ojos de aquella gente cuando te miran, lo dicen todo. Gracias una vez más.

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  • Fernando

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    Vale lo del precio de las cervezas puede ser… pero lo de “yuiyuiyui” a los extranjeros… por favor, lo único que dicen es “farangi o farengi” a los extranjeros, incluso en ciudades del Este del país como Harar se nos llama “faranyo”. Muy buenas tus fotos de Etiopía por cierto.

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