Etiopía (I): en busca del español que descubrió las Fuentes del Nilo Azul

Los niños corren detrás del motorista maullando “yuiyuiyui”; yui significa extranjero. Todos tienden la mano pidiendo dinero. El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta. Algunos de estos niños pedigüeños son también hábiles honderos y hay que andarse con ojo.

Uno de los más sugestivos mitos del medioevo fue la existencia en tierra de infieles del próspero reino africano del Preste Juan. Durante siglos, la búsqueda más allá del Sahara de un legendario y rico territorio donde moraba un príncipe cristiano, mitad gobernante, mitad sacerdote, fue un anhelo tan poderoso como luego lo sería la del Dorado en América. Los primitivos exploradores europeos de los siglos XI al XVI persiguieron con ahínco un sueño que los sucesivos avances geográficos se encargaban de desvanecer. Hasta que el lusitano Bartolomé Díaz dobló el Cabo de las Tormentas, hoy bautizado como de Buena Esperanza, y abrió la ruta africana hacia las Indias Orientales. Cuando los portugueses exploraron la costa este del continente negro se toparon con lo que tantos habían perseguido: el imperio del Negus: un rey cristiano que gobernaba una nación rodeada de musulmanes: Etiopía.

La única frontera abierta hoy entre Sudán y Etiopía es la de Metema/Galabat. En la oficina de inmigración comprueban mi visado, me hacen una foto y graban mis huellas dactilares con un escáner. Por último, las preguntas de rigor: profesión y domicilio en Etiopía. Como nunca sé dónde voy a alojarme, uso la táctica que ya expliqué en mi primer libro de viajes por África Un millón de piedras. En cualquier agujero, por inmundo que sea, siempre hay un Gran Hotel. Así que respondo: Gran Hotel de Addis Abeba.

Salgo a la calle, aunque en realidad no es una calle propiamente dicha sino un sendero embarrado que atraviesa dos puertas que separan mundos completamente diferentes. La “oficina” de cambio de moneda es un colmado hecho de tablones. El dependiente es un joven con una gran cruz colgando del cuello. Muchas mujeres la llevan tatuada en la frente. La religión es omnipresente en Etiopía. El cristianismo llegó en el siglo IV gracias a dos misioneros sirios. Fue durante el periodo histórico conocido como reino de Aksum, etapa de gran esplendor comercial y político que se prolongó desde el año 400 AC hasta el siglo VII de nuestra era, en la que Etiopía quedó definitivamente aislada de la Cristiandad por el ascenso de los árabes como poder hegemónico en toda la región.

Sin embargo, el Islam no supuso una verdadera amenaza militar para los emperadores etíopes, autoproclamados descendientes de Salomón y la Reina de Saba, hasta que el siglo XV el Imperio Otomano, sucesor de los antiguos califas, puso sus miras en las fértiles tierras altas de Abisinia y con ayuda del líder musulmán etíope Ahmad bin Ibrahim Al Ghazi declaró una sangrienta Jihad contra los cristianos. Cientos de iglesias fueron destruidas. Solo una intervención militar portuguesa salvo el reino del Preste Juan.

El cambista abre una gaveta cerrada con candado y saca el fajo de billetes más sobado y sucio que haya visto jamás. Un dólar equivale a 17 birrs, un euro a 23. Pido que me lleven a hacer una compra urgente. Aparezco en un patio agradable donde hay varios clientes. Mis acompañantes abren una cámara frigorífica y al fondo reluce el tesoro. ¡Botellas de cerveza! Quince días de abstinencia islámica sudanesa van a tocar a su fin. Dashen, la más barata, cuesta 10 birr. St George, la más popular, 13. La botella de agua cuesta también 10 birr. La cosa está clara, me llevo 4 botellas de cerveza y dejo el agua para otro momento.

Mis acompañantes abren una cámara frigorífica y al fondo reluce el tesoro. ¡Botellas de cerveza! Quince días de abstinencia islámica sudanesa van a tocar a su fin

Verdísimos montes nos rodean; están divididos en cuadrículas de labor. Aquí maíz, al otro lado cebada, más allá cebollas y pimientos. Todo un abanico de tonalidades verdes que refulgen bajo el sol. Esta zona alta es un vergel. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Etiopía ha sufrido una atroz deforestación para alimentar su creciente población de más de 75 millones de habitantes. Los árboles que más abundan son los terribles eucaliptos que crecen rápido, dan mucha madera pero empobrecen el suelo.

La carretera hasta Gondar es de buen asfalto aunque es obligado compartirla con burros, vacas y cabras. Revirada, atraviesa decenas de aldeas aferradas a las laderas de los montes. Las casas están construidas con techo de paja y un armazón de madera sobre el que se aplasta barro para armar paredes. Hay gente por todas partes. La mayoría saluda alegre. Los niños corren detrás del motorista maullando “yuiyuiyui”; yui significa extranjero. Todos tienden la mano pidiendo dinero. El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta. Algunos de estos niños pedigüeños son también hábiles honderos y hay que andarse con ojo.

El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta

Gondar
Gondar es conocida como el Camelot Africano. En el centro asaltan los típicos guías de ocasión para visitar el castillo de Fasilides, quien convirtió la ciudad en su capital en el siglo XVII. Fasilides era hijo de Susinios, el emperador amigo del jesuita madrileño Pedro Páez, mi explorador olvidado del África del Este. Enviado desde Goa junto a otro sacerdote, su viaje no fue fácil. Disfrazados de mercaderes armenios, su barco fue abordado por piratas yemeníes. Hecho prisionero, fue obligado a recorrer a pie atado a cola de caballo el inmenso desierto de Yemen, donde pasó esclavizado seis años antes de poder ser rescatado.
Coincido con un grupo de españolas. Han visitado las cataratas del Tis Isat. ¿Alguien allí les ha explicado quien fue el primer europeo que vio ese lugar? Se encogen de hombros. No, nadie les ha dicho nada. Cuando les comento que fue un español llamado Páez se quedan perplejas.

Susinios le brindaría la oportunidad de visitar las fuentes del Nilo Azul al sur del Lago Tana, en las proximidades de las cataratas del “Agua que echa humo”, situadas a 30 kilómetros por una pista sin asfaltar de la agradable ciudad lacustre de Bahir Dar. Suceso que finalmente se produciría el 21 de abril de 1618 y que él describiría con estas sencillas palabras: “Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César.”

Aunque el torrente ha menguado mucho debido a una cercana central hidroeléctrica y ya no es tan espectacular como antaño, confieso que también me alegro de ver lo que vio Pedro Páez, uno de los españoles con los que la Historia ha sido más injusta y al que quiero rendir homenaje con mi viaje, que sin pretender compararse con el suyo, también ha sido duro y difícil al haberlo hecho en moto desde España arrastrando penalidades, burocracias fronterizas, tormentas de arena, algún riesgo y bastante cansancio.

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