Camps Bay, desde Lion´s Head

La nostalgia del viajero (I parte)

Ves pasar tu vida, porque Ciudad de Cabo era mi vida, difuminarse. Cosas de nostálgicos que un práctico resuelve con un “y a ti que pelotas te importa, todo eso ya es pasado”.

¿Cómo deja uno de vivir en un lugar en el que uno es un extraño y es tu casa a la vez? ¿Por qué? ¿Cuesta? Es evidente que no tengo una respuesta clara para los demás, tengo la sensación de que la vida en mi caso tiene mucho de caminos sin cargas, de huidas, de errores y aciertos, y de mapas por colorear para luego perder. Llevo un año y medio por estas tierras y una tarde cualquiera, que podría haber sido otra, abrí mi ordenador y compré un inimaginable billete que decía que mi siguiente vuelo aterrizaba en España.

Qué raro se me hizo. Da vértigo, casi hay un cierto pánico a aceptar el regreso a ninguna parte, es como si huyera de mí mismo. Te quedas mirando un rato la pantalla y tienes la esperanza de que aquella máquina que devora sueños te mande un email en el que diga: “Acceso denegado de retorno. Debe usted quedarse allí y deje de dar por saco”. Son unos minutos eternos de dudas, aunque en realidad en el sólo movimiento ya hay una razón evidente. “Las cosas cuando cambian es por algo importante, lo más natural es asentarse y no romper con las cosas”, me dijo una vez Juancho, un amigo que se deja ver alguna vez por estas páginas. Otro descerebrado como yo que se aplica lo natural por gotero. Es cierto, ese es el problema, que siempre soñé con volverme sin quererme volver. Sin embargo, Ciudad del Cabo se me ha deshecho ya en los pies. Lo malo, España no es mi lugar ahora.

Entonces uno cierra su pequeña computadora, sale a la calle, anda por lugares que formaban parte de su vida y empieza a entender que cruza por la lavandería en la que ya nunca volverá a lavar la ropa; el bar en el que nunca más se quejará de que el vino blanco no está frío; contempla aquella mujer de cuerpo de banano que duerme en la calle y lleva 18 meses mirando desde el balcón… Ves pasar tu vida, porque Ciudad del Cabo era mi vida, difuminándose. Cosas de nostálgicos que un práctico resuelve con un “y a ti que pelotas te importa, todo eso ya es pasado”. El argumento es tan racional y positivo que no pierdo ni un segundo en rebatirlo y tampoco pierdo ni un segundo en hacerle a un lado e irme a despedirme hasta de las focas que nadan junto al malecón.

Ahí está justo la clave de la nostalgia, en el arte de convertir en aceptable lo que detestas, en sublime lo aceptable y en deidad lo sublime. Es un mal como otro cualquiera que se sufre en silencio y que da beneficios en la larga distancia, cuando recuerdas con mucho cariño el primer taxi que tomaste en la ciudad obviando que la vistes casi completa y por duplicado (empiezas a dudar de la honestidad del conductor la cuarta vez que pasas por la misma plaza). A la corta, produce una incómoda tortícolis de tanto girar la cabeza para despedirte por penúltima vez de cada lugar del que te llevas un bocado en las tripas. (Una cualidad indispensable de los nostálgicos es nuestra memoria, tan capaz de retener recuerdos de hace 60 años como de olvidarnos de lo que tenemos que hacer dentro de 60 segundos). Los prácticos sólo cometen un error de juicio con los notálgicos, el de creer que viven del pasado. La pasión por generar recuerdos, podría haber dicho por disfrutar, te hace siempre avanzar, aunque a veces sea de espaldas. Los nostálgicos, generalmente inquietos, necesitamos un montón de cosas nuevas que añorar (disfrutar), que como dijo Joaquín Sabina “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

Los nostálgicos, generalmente inquietos, necesitamos un montón de cosas nuevas que añorar (disfrutar), que como dijo Joaquín Sabina “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”

Así llegó mi última cena (la frase impone) con mis amigos del sur del sur. Quedé con Gustavo, Avelino, Rodrigo, Borja, Rafa, Elena, Julián y David (colonia spanish); antes ya me había despedido de Ariane y Miguel; o de Cheryl y Douglas o de… (siento que se me olvide algún nombre) y cenamos en Wakame, en Mouille Point, restaurante de sushi exquisito. Fue una noche bonita, en la que me asaltaron tantas dudas de mi decisión como veces supe que “toca volver”. Doce horas después estaba en el aeropuerto, mirando por la ventanilla de un avión y pensando que “África fue…”. (Continuará).

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