Las extrañas historias de un día normal en África

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Aquella mañana Ana Paula me ofrece que vaya con ella a comprar a Vilanculos. Conduce su 4×4 por un camino imposible de arena y rocas como si el tiempo no pudiera esperarnos. No botaba el coche, brincaba o volaba. Me encanta su vitalidad. Vamos al banco, donde ella entra por la entrada vip, la reservada a los que de vez en cuando emborronan el formulario de ingresos. Sala de aire acondicionado totalmente vacía  y un director ceremonioso capaz de convertir una simple operación en 30 minutos de espera inevitable en las formas africanas. Salgo a fumar un cigarro. En la puerta de al lado, la del resto, en el mismo banco, hay una larga cola de gente sin aire con el que refrescarse. Enfrente para un tipo con una bicicleta de la que cuelgan pescados que aún boquean. Al lado, un grupo de mujeres ofrece una fruta, que allí pareciera que llueve del cielo, sobre unos maderos. No venden una sola pieza, se dedican a lisarse el pelo y a dormir en las sillas. Aquella estampa, en aquella calle de arena rodeada de palmeras, podría ser un resumen perfecto de la localidad.

Decido entonces ir a comprar tabaco al supermercado. El precio lo calcula el vendedor al momento por el peso de mis chanclas y la falta de bronceado. “Nuevo y engañable”, piensa con atino pese a mi regateo. Se acaba por fin el banco, el director tras 300 llamadas ha conseguido efectuar la complicada operación de un ingreso a otra cuenta.  Al subirnos al coche se abalanzan sobre nosotros un grupo de muchachos que vende marisco recién pescado. Lo llevan en neveras de plástico, entre hielo. Ana Paula negocia, elige y se desarrolla el sublime espectáculo de la compraventa: “Es mejor que nunca, recién sacado”. “El otro día no era bueno, no tenía sabor”.  “No me diga eso señora, yo nunca engaño”. “Eso me dices siempre”. “Son 30.000”. “Me estás queriendo engañar. Te doy 15.000”. “Con eso no pago lo que me cuesta salir en la barca”…. Y así hasta que se acuerda un precio y Ana Paula dice que no lleva dinero suficiente hoy y que se lo paga mañana. Muchas suspicacias para negociar, pero ninguna para fiar. “No se preocupe, mañana estaremos aquí y nos lo da”, dicen los muchachos que saben que en aquella esquina es probable que sean enterrados. No hay tiempos ni distancias en África. Nada les espera a más de diez kilómetros a la redonda. Para nosotros una cárcel, para ellos la sublime libertad de saber que sólo viven en el presente, en la realidad en la que los sueños no generan decepciones por lo inalcanzado. La esquina es sólo el lugar donde venden el pescado. La esquina es el resto de su vida.

La esquina es sólo el lugar donde venden el pescado. La esquina es el resto de su vida

Nos vamos luego a ver a unos amigos de ella de Zimbabue. Cruzamos el Vilanculos más rural, de calles estrechas, casas de paja y vidas que se tuestan al sol. Paramos en un primer taller que parece un desguace. Vítor dejó allí hace una semana un coche para que se lo arreglaran. El aspecto del negocio, en el que las gallinas y los perros se mezclan con embragues y tubos de escape, te hace creer que en este lugar los coches se reparan en corrales. “Es una máquina”, me dice Ana Paula del sonriente mecánico que no para de bromear. El coche no está listo, ni lo estará probablemente en ninguno de los 20 plazos pactados, hasta el momento en el que lo esté quizá porque lo ha reparado el gallo. Lo hará. Realismo mágico. En medio de aquel destrozo se reparan eficientemente las cosas.

Llegamos al negocio del matrimonio zimbabuense a los que Mugabe les hizo salir al galope del país e instalarse en estas playas. Lo del galope no es metafórico; él cruzo el país, con su manada de caballos, que era su negocio en Zimbabue, y pasó la frontera. Salvó lo poco que pudo para empezar una nueva vida. En su país eran ricos terratenientes, aquí regentan un pequeño hotel que abrieron a duras penas y ofrecen rutas a caballo. Se le humedecen algo los ojos cuando habla de su patria, mientras ella prefiere no tocar el tema. Sueñan con volver a casa. Comemos y tras hora y media de buena conversación nos vamos.

Volvemos a la carretera de giros que Ana Paula convierte en autovía. De pronto nos encontramos con una familia suiza que va a nuestro hotel y cuyos coches se han quedado atrapados en la arena (lo mismo que le pasó a nuestro camión). Aparecen unos jóvenes de la nada que se ofrecen a ayudar. ¿De dónde han salido? Cavamos, metemos maderos, discutimos opciones y decidimos cambiar maletas a otros coches y dejar aparcados los suyos. Pasa un vecino que se ofrece a llevarse a casi todo el grupo hasta el Villas do Indico. Cinco minutos después vuelve Ana Paula. En un trayecto de cuatro kilómetros, terrible, le da tiempo a adelantar al todoterreno que había salido antes.(No he visto a nadie conducir más rápido que a ella). También tenemos tiempo de que un chico, al que conoce, se cuelgue de la puerta de atrás del vehículo y soporte las embestidas de los baches. Se baja en medio de la frondosa nada, sin que la vista me alcance a comprobar si hay algo lejos habitable.

Llegamos al hotel, ya casi a las cinco de la tarde. Descargamos el marisco y algo de verduras y frutas que hemos comprado. Esa será nuestra cena. El sol amenaza con irse y el cielo comienza a teñirse de imposibles. Me siento frente al mar contemplar un lienzo sin marco. ¿Cuántas cosas han pasado e historias inverosímiles he escuchado en este lugar en el que nunca pasa nada? Ha pasado un día en Vilanculos.


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