Lima: busco a este niño

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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La furgoneta para sobre un montículo desde el que se divisa una imagen impactante. Pido que paremos un minuto. Salgo deprisa, bajando por una cuesta en la que sólo hay polvo. Como alrededor, como en varios kilómetros a la redonda, polvo seco que aquí casi no se levanta del suelo. Nada más. En una planicie hay un bebé, es casi un bebé, que permanece sentado sobre una hilera infinita de ladrillos bajo un sol demoledor. A su lado están su padre y su madre trabajando: fabrican ladrillos. Me acerco, les saludo y les pido si les importa que haga una fotografía al niño. Acceden, sorprendidos, y le hago una única foto, la que pueden ver arriba. ¿Cómo se llama?, les digo. “Juan”, contestan. ¿Qué edad tiene? “Dos años”. Lo sorprendente es que Juan, el niño de cara algo envejecida y mirada triste, está también trabajando. De hecho, sin Juan sería casi imposible fabricar los mil ladrillos al día que le darán a la familia los seis euros con los que comer. Ocho años después busco a ese niño.

sin Juan sería casi imposible fabricar los mil ladrillos al día que le darán a la familia los seis euros con los que comer. Ocho años después busco a ese niño

Estamos en Ladrilleras, una barriada humilde de las afueras de Lima, donde la miseria es jodidamente dura.  El nombre del lugar responde a la única opción de vida que hay en ese desierto, hacer ladrillos. Miro alrededor. La fotografía se repite hasta el infinito en un mundo sin sombras. Hay miles de piezas de adobe tendidas sobre aquel suelo sin vida. Otros niños divagan por montículos de arena. La imagen habla por sí sola.

Llegan otros compañeros periodistas hasta el lugar donde Juan descansa. Los padres deciden retirarle, probablemente abrumados por la llegada de los extranjeros. La representante de la ONG Cesal me explica lo que contemplo. “El niño es el único que por su poco peso puede ir pisando sobre los ladrillos sin romperlos y darles la vuelta para que se sequen. Ayuda a sus padres”. Levanto la mirada y contemplo de nuevo la explanada llena de adobe. Juan camina sobre cada uno de esas piezas y debe voltearlas una a una. Para un hombre, bajo aquel sol, sería un trabajo duro. Para un bebé… No hay palabras. Me dirijo de nuevo a hablar con el padre, que ahora trabaja junto a otro de sus hijos haciendo moldes. ¿Le ayudan sus hijos a trabajar?, le pregunto. Me mira mientras siguen trabajando sus manos. “Claro, hay que comer”, responde con simpleza. No me atrevo, me da cierto rubor, preguntarle por Juan, por las horas que pasa en el tajo. No quiero que crea que le juzgo, no lo hago. Diré más, hasta lo entiendo aunque escueza.

Pachacutec

Tras Ladrilleras nos dirigimos a Pachacutec, un poblado en el que viven 32.000 personas que llegaron del campo, huyendo mayoritariamente del terrorismo del grupo “Sendero Luminoso”, y que se instalaron en el único lugar que les hizo un hueco para enterrarlos vivos. Una inmensa ladera de montaña desértica, también a las afueras de Lima, desde la que se divisa a lo lejos el Pacífico. Es imposible pensar que alguien pueda vivir allí. No hay agua, no hay casi luz, no hay asfalto, no hay casi transporte. “En invierno no se ve más allá de unos metros por el polvo que se levanta”, me dicen sus habitantes.

Lo mejor es que hemos conseguido que los niños se queden en el colegio hasta las seis de la tarde. De esa manera evitamos que muchos de estos niños reciban palizas de su padre

Visitamos  un colegio. La directora, gracias a la ayuda del Ayuntamiento de Madrid, me explica algunos logros importantes. “Tenemos más material escolar y les damos comida y desayuno a los niños”. Una cooperante es más explícita: “Lo mejor es que hemos conseguido que los niños se queden en el colegio hasta las seis de la tarde. De esa manera evitamos que muchos de estos niños reciban palizas de su padre”. Hay muchos casos de maltrato familiar, consumo de alcohol y drogas, y hasta bandas que intentan controlar esa seca nada.

Las opciones son pocas. “Sólo lo que cuesta el escaso transporte a Lima es casi el jornal que podemos ganar. No tenemos opción de trabajo”, me dice una mujer de Pachacutec. Es por eso que asistimos a la inauguración de una escuela de oficios que impone como requisito para darles el título que “creen una microempresa en el propio poblado”. Acude también el Obispo del Callao a la inauguración. Es la Iglesia la que atiende esta ¿ciudad?, ya que el Estado se limitó a cederles el infértil terreno y se desentendió de su destino. Contemplo una última escena significativa. El Obispo recorre las calles de polvo mientras la muchedumbre se abalanza sobre él. Me acerco y observo como las madres intentan desaforadamente que el prelado bendiga a sus hijos poniendo la mano sobre sus cabezas. Poco más que una mano es a lo que pueden agarrase aquellos miles de desheredados.

El Obispo recorre las calles de polvo mientras la muchedumbre se abalanza sobre él. Me acerco y observo como las madres intentan desaforadamente que el prelado bendiga a sus hijos

Aquel viaje a Perú de noviembre de 2004 me cambió mi percepción del mundo, de lo que hay ahí fuera. La foto de Juan me ha acompañado colgada de los muros de mis casas desde entonces. Nunca he sacado una foto mejor que aquella. Hoy quiero volver a Lima, volver a encontrar a Juan y repetir la misma foto para ver si en ocho años la vida ha hecho un hueco a aquellas personas que nos repetían constantemente “no nos olviden”. Valga él como ejemplo, por la fuerza de la imagen y de la historia, de tantos desheredados. Me gustaría que entre todos me ayudarais a encontrarlo.

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