Okavango: barcas sobre la arena

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Botsuana nos recibió con una sonrisa gubernamental. Un cartel en la aduana decía “los funcionarios sonríen, si usted sonríe lo hacen más”. No mentían. Las dos tipas que sellaban pasaportes chapurreaban el idioma del turista de turno entre carcajadas. ¿Estás feliz?, le pregunto. “Por verte”, me contesta, y a seguir poniendo estampas en tropel entre holas a tropezones.

De allí partimos directos a uno de esos lugares que un viajero tiene siempre como pendiente, el delta del Okavango. Un extraño río que nace de las entrañas del Kalahari, para empaparlo todo de vida y perderse de nuevo entre la sequedad de África. Es complicado describir un sitio que se recorre en mocoros (una especie de canoas), atravesando papiros, lirios y cañizales y con una sorprendente vida salvaje camuflada en el entorno (es difícil, al menos, transmitir las sensaciones). Tumbados en aquellas barcas, empujadas por un “puller” que maneja el mocoro con un largo palo de madera que sumerge en las poco profundas aguas que ahogan el desierto, la vida parece algo sencillo. Ellos beben el agua del manantial, pescan peces con red, duermen bajo el rastro de una candela en medio de una isla deshabitada. Y allí estás tu, contemplando como unas decenas de hipopótamos nos recuerdan que aquellas son sus tierras, escuchando sus voces retumbar entre la maleza, siguiendo la huella de alguno de los elefantes que hemos visto en las laderas y (algo personal) pensando que un pequeño bar en la zona para quedarse tomando una copa sería el colofón a un día perfecto (es para lapidarme, lo sé). Es el defecto que tenemos algunos enamorados de esta cosa de perdernos por el mundo, que si pudiéramos llevaríamos una bodega en la maleta para beberla en sorbos solitarios.

Hay multitud de imágenes inolvidables de aquellos dos días: un atardecer en primera línea de Delta con la luz vacilándonos a su antojo; un poco de agua sobre mi cabeza debido a que mi mocorista estaba ya algo cascado, incapaz de seguir el ritmo de los más jóvenes, y acabó remando para avanzar por palmos… Pero sobre todo hay un baño de los que puntúan (mensaje para mi amigo Juancho) en medio del río. Los pullers nos preguntaron cuántos queríamos bañarnos. En pocos minutos varios del grupo nos sumergíamos en las aguas cristalinas del Okavango, en medio de una corriente que parecía dormida pero que arrastraba dirección Angola, con la sensación de empaparnos el culo en medio del paraíso y rodeados de animales invisibles. Luego uno se seca al sol, sin casi ya usar los ojos, entendiendo como normal que a cien metros un grupo de elefantes mire la escena con desgana.

En pocos minutos varios del grupo nos sumergíamos en las aguas cristalinas del Okavango, en medio de una corriente que parecía dormida pero que arrastraba dirección Angola, con la sensación de empaparnos el culo en medio del paraíso y rodeados de animales invisibles.

Tras nuestra noche de río, volvimos a la que sería nuestra última noche en tienda de campaña de este largo viaje en camión. Cerca del camp site, a tres kilómetros, hay una pequeña población salpicada de casas de techo de paja y paredes de madera. Los niños corren tras  nosotros, nos siguen, nos piden fotos y se ríen. Los niños sonríen en África, siempre, como un estímulo aprendido: cogen tu mano, bailan si bailas, corren si corres. Algo apartado vimos que había un bar, el Paramount, de aspecto frágil, seco. En aquel local endeble retumbaba la música que marcaba un televisor colgado de una esquina. Videos musicales para público restringido, que había un cliente cuando llegamos. Sin embargo, el tiempo que tardamos en negociar el precio de las cervezas fue suficiente para que siete niños y adolescentes se agolparan en la puerta para contemplarnos.

el tiempo que tardamos en negociar el precio de las cervezas fue suficiente para que siete niños y adolescentes se agolparan en la puerta para contemplarnos

Sentados sobre una mesa de billar a la que le faltaba un lado miraban con inocencia y descaro. Entonces entró un tipo, Alfred, que inmediatamente me pidió un cigarro. Intenta entablar conversación rápida, demostrando más valor que eficacia. “¿De dónde sois?” “España”. “Yo me quiero casar con una mujer española”, replica (supongo que si le hubiéramos dicho de Alaska hubiera contestado que “yo me quiero casar con  un oso polar). Alfred es de esos tipos que se tropieza en estos viajes de conversación eterna, donde se empieza hablando de la procedencia y se concluye explicando que “no tengo previsto venirme a vivir a Botsuana”, mientras él te intenta convencer de que se vive genial y pone caras de no lo entiendo. Cuando ya vi que la conversación, con sólo una cerveza, se iba a alargar demasiado, le di la mitad de botella que me quedaba y me marché (me indicó, eso sí, que le gustan más enteras). Otra vez gesto contrariado del bueno de Alfred.

Concluía así mi esperada cita con el Okavango, tres noches en su entrono y un recuerdo para toda mi vida: el de unas aguas que vomita y se traga el desierto. La última vista fue ya desde una avioneta, que sobrevolaba el delta y el río Chobe. Tras media hora tornó un poco el paisaje, que el oído me destroza en estas ocasiones, y pasé de ver manadas de búfalos en miniatura a contemplar el fondo de una bolsa de plástico. No hay remedio para mi mal de mareos, aunque me empeñe en balancearme de donde se me ofrezca. Da igual, ese vuelo es irrepetible, con o sin bolsa. Aterrizamos en el Parque Nacional de Chobe, una noche más en Botsuana y cruzaré a Zimbaue y me tomaré la prometida cerveza frente a las Cataratas Victoria.

Post comprendido en la Ruta: Kananga. Agencia de viajes especializada en Africa.

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