Rioseta: el circo perfecto

Por: Ricardo Coarasa
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el viaje

Pocas veces me he topado con un paisaje tan apabullante como el Circo de Rioseta, en el Pirineo aragonés. A un paso de la estación de Candanchú, que acaba de inaugurar la temporada invernal, este pórtico natural de piedra y cortados espeluznantes deja ensimismado al viajero que se dirige al Puerto del Somport, el romano Summus Portus, ancestral paso fronterizo entre España y Francia. Es el anfiteatro perfecto, flanqueado a un lado por la aérea cima del Pico del Águila y, al otro, por la desafiante cumbre del Aspe. En la base, las instalaciones de la Escuela Militar de Montaña, que no podrían soñar con un mejor escenario. Sólo un inconveniente: es difícil orillar el coche para disfrutar de las vistas como se merecen.

Tras una continua ascensión desde la localidad de Canfranc, que puede presumir de una de las estaciones de ferrocarril más bonitas de España, el coche dobla una curva a la izquierda y, frente a él, emergen los farallones nevados de los Lecherines y la Tuca Blanca. Es realmente espectacular, una de esas postales pirenaicas que nunca se olvidan. Para paladear el momento, un consejo: un poco antes hay un pequeño aparcamiento a la derecha de la carretera, junto a un puente donde arranca la pista que lleva a la Canal Roya. Deje ahí el coche y siga andando. No se arrepentirá.

Candanchú, que pasa por ser la estación de esquí más antigua de la Península, tiene a sus espaldas casi un siglo de historia desde que en los años 20 los pioneros del deporte de la nieve, con Montañeros de Aragón y el Sky Club Tolosano a la cabeza, empezaron a deslizarse por sus laderas. Llegaron mucho antes que los primeros remontes (hasta 1945 la estación no tuvo una instalación mecánica para aliviar el esfuerzo de los esquiadores), cuando los telesillas ni se imaginaban. El placer de una bajada sobre las viejas tablas de madera costaba mucho sudor. Esquíes al hombro, subir a la loma del Tobazo, que hoy día apenas lleva poco más de cinco minutos de telesilla, era toda una eternidad. Eso sí que era afición. Mi padre, que formó parte de los primeros cursos militares de esquí en Rioseta solía hablarme con nostalgia de esos años heroicos, cuando el esquí no era todavía el deporte de masas en el que se convertiría después.

Él se encargó de alentar mis primeros pasos en la nieve, cuando se compraban los billetes individuales de cada remonte en la pequeña caseta de madera situada a los pies de la Pista Grande, que había que entregar antes de tomar la percha al encargado, que acababa siendo como de la familia. Desde el plácido Tele Roca, las pistas de debutantes se suceden en dificultad hasta llegar al “doctorado” de la Pista Grande. Recuerdo que un día mi padre me creyó preparado para mostrar mis avances a la familia en esta pista, que nunca había bajado. Compramos dos tickets (costarían algo así como 50 pesetas cada uno). Al segundo giro me “comí” un paquetón de nieve blanda y perdí los esquíes. Miré hacia abajo con la esperanza de que mi aparatoso revolcón se hubiese disimulado entre el grupo de esquiadores noveles que, con el mismo miedo que yo, se perdían ladera abajo. Nada más lejos. Mis familiares seguían ahí. Para mí, que todavía tenía que apañármelas para completar el descenso y con otra bajada pendiente, su presencia ya era tan incómoda como la de un pelotón de fusilamiento. Completé el recorrido como pude, creo que me caí un par de veces más. Cuando llegué abajo volví a subirme al remonte sin esperar el veredicto. Me costó muchísimo. La segunda bajada fue toda una exhibición de pragmatismo. Completé la Pista Grande entera en cuña (creo que todavía deben estar marcadas mis huellas en la nieve de tanta fuerza como hice para no volverme a caer). Mi padre no me dijo nada. Mis tíos y primos, tampoco. No hacía falta. Fue una inestimable lección de humildad. Desde entonces, siempre que encaro una bajada, por sencilla que sea, nunca pierdo de vista que estoy en manos de la montaña.

Ahora que ya llevo esquiando en Candanchú más de treinta años (escribir frases como ésta produce más vértigo que bajar cualquier pista negra), reconozco una debilidad, Loma Verde, en la Tuca, una bajada poco transitada llena de sensaciones pletóricas. Se la recomiendo a todos los que tengan un buen nivel de esquí y visiten Candanchú por primera vez. Ojo, hay que asegurarse de que está abierta y la nieve en buenas condiciones. La Zapatilla es otra de las bajadas imprescindibles. Asomarse al comienzo del tubo, encajonado entre rocas, y ver el pronunciado desnivel por delante es un subidón de adrenalina.

Sólo subir en el moderno telesilla Rey Juan Carlos, tan cerca del Aspe, es un placer. He subido varias veces ese pico, todas en verano. La última vez me tuve que dar la vuelta. Iba solo y todavía había mucha nieve (creo recordar que era el mes de junio) en la canal que lleva al Cuello del Aspe. No iba equipado y además había subido andando (normalmente el telesilla ahorra ese tramo) hasta el Tobazo, acrecentando el esfuerzo. Ver la cima desde la comodidad del telesilla no hace sino avivar los deseos de volver a intentarlo.

el camino
La estación de Candanchú se encuentra en la cabecera del Valle del Aragón, a un paso de la frontera con Francia. Desde la localidad de Jaca se llega en apenas veinte minutos por carretera.

una cabezada
Una antigua Aduana del Cuerpo de Carabineros del siglo XIX reconvertida en hotel en 1991 es una inmejorable opción para hacer un alto en el camino. El hotel Santa Cristina (www.santacristina.es), que toma su nombre del antiguo hospital de peregrinos que coronaba el Summus Portus (en VaP publicamos un extenso reportaje sobre este monasterio, uno de los tres albergues de peregrinos más importantes de la Cristiandad), está situado a medio camino entre Canfranc Estación y Candanchú, en un desvío a la derecha de la carretera.

a mesa puesta
En el mismo hotel de Santa Cristina hay buenos menús a partir de 17 euros. Probar el cordero cocinado al estilo montañés.
En la cercana localidad de Villanúa, en dirección a Jaca, se encuentra El Reno, también antiguo edificio de carabineros. Buena caza y ambiente familiar. Las migas a la pastora y las costillas de ternasco son una buena elección.

muy recomendable
-Si tiene ocasión visite las Cuevas de las Güixas, a las afueras del municipio de Villanúa. Antigua guarida de los hombres del Neolíticos, se cuenta que en su interior las brujas hacían aquelarres e invocaban al demonio. Para concertar visitas guiadas llamar al 974-378 465. Más información en www.villanua.net.

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Comentarios (2)

  • Tito "Snow"

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    Que paisajes!! No conozco, pero apetece. Interesante el blog, con planteamientos frescos y originales. Saludos

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