Enrique Vaquerizo nos va describiendo de forma magistral la insensatez de vagar al pairo por un continente ya de por sí desnortado y, al mismo tiempo, nos convence de seguirle en su camino
Las bragas y sujetadores florecían en las lámparas como champiñones, mientras las plantas se adueñaban del piso de arriba, trepaban por las paredes y se desparramaban por las escaleras en un rumor sordo como de sinfonía amazónica. Espantada, cobraba y salía disparada, antes de que saliese un jaguar de debajo del sofá.
París no es una ciudad fría, cara y sin alma, etcétera. Pasear por sus calles y atrapar un síndrome de Stendhal como quien agarra un catarro sale absolutamente gratis. Parte del encanto de esta ciudad radica en esas dentelladas frías y miserables que te regala febrero mientras te relames al mirar dentro de las brasseries para luego irte a comer patatas fritas grasientas en cualquier kebab.
Una hora después nos planta dos sonoros besos y nos deja en la puerta del Thaj Majal, los dos jóvenes mochileros contemplan esa maravilla casi con indiferencia, en sus ojos sólo hay espacio para el fulgor de las aguamarinas, y hacen planes, muchos planes. No hay tiempo que perder, ¿Que harán con la pasta?
La Policía me ordena que me quite el turbante, les parezco sospechoso, inspeccionan mi pasaporte y me preguntan porque me visto como los de Al-Quaeda; les respondo que para esconderme de ellos. Estupefacto el policía me mira, sospecho que ninguno de los dos sabemos realmente cual es la moda otoño-invierno del terrorista islámico medio
Si hay un destino que merezca un lugar de honor en el turismo necrológico y una meca de peregrinaje para los groupies de las mortajas, ése no es otro que el cementerio de Pére Lachaise y la joya de su corona, la tumba de James William Morrison.
La escena es indescriptible. A nuestro alrededor y sobre las rocas manchadas de sangre cuelgan las pieles de centenares de cabras, vacas y hasta algún caballo, al andar desperdigamos un sinfín de plumas de pollo como si de una fiesta de la espuma se tratase, el olor a muerte invade cada rincón del lago.