Hoy apenas quedan veinte personas paseando frente a las aguas verdes y azuladas de la playa de Tean. Hay algunas casitas modestas entre la vegetación, donde viven algunos ancianos que vieron partir a sus hijos.
En medio de un conflicto, aún rodeado de violencia o grupos criminales, lo que se impone es la rutina de la vida. Porque casi siempre, salvo cuando caen bombas sin nombre, hay gente que vive allá con una cierta normalidad, niños que van a la escuela, negocios que abren para vender algo con lo que comer, puestos en los que se cocina, parejas que se enamoran y se desenamoran y amigos que conversan alrededor de una mesa.
Nadie les ha explicado que unas ruinas no deberían convertirse en un mercadillo porque el político que debe decidir echarlos vive de sus votos y el turista es siempre un ave de paso que quizá, en el peor de los casos, haga una crítica en su blog de viajes que sus hermanos no le han confesado que tampoco lo leen.
Lo curioso es que la imaginería soviética coexiste con un fuerte resurgir religioso. Lenin y Cristo conviven frente a frente mientras los habitantes muestran un rostro hostil y antipático. Nadie sonríe en Ucrania.
Para compensar el frío del último Top 7, vamos a cambiar de aires. Sí, ya lo sé, esa manía de asociar el Paraíso con el Caribe, habiendo tantos edenes por el mundo, tanta variedad de sitios donde sentirse en el limbo.
Las playas de Normandía son un rastro apasionante de la guerra más cruel que ha vivido el hombre. Entre arenales, museos, iglesias y acantilados se puede descubrir todo lo acontecido aquel 6 de junio de 1944 en el que el mar amaneció con una cita con la historia.
Las ciudades tienen siempre un olor personal. Una especie de bofetada nasal que no se te olvida. Siempre que vuelves al mismo lugar recuerdas el olor característico que allí aprendiste a masticar. Ciudad del Cabo no me olió a nada.