Villa Rica: el comienzo de la epopeya de Hernán Cortés

Por: Ricardo Coarasa. Fotos: ©CPTM /reo
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La Ford Tritón que nos lleva a la Antigua Veracruz atraviesa pastos de cebúes y burros amarrados a los árboles sin dueño a la vista. La primera ciudad fundada por Hernán Cortés en Nueva España es el lugar más impactante de los que he visitado hasta ahora en México, supongo que por su aureola histórica. Aquí desembarcaron los españoles en 1519 y levantaron su primer asentamiento (en realidad, en una ladera cercana al desaparecido poblado totonaca de Quiahuiztlan). El peso de los siglos ha abrumado a la Veracruz primigenia, convertida ahora en una tranquila municipalidad indiferente al pasado que la distingue como la primera ciudad fundada por los conquistadores en México.

Queda en pie, es un decir, la que pasa por ser la casa de Cortés, apenas unos cuantos muros de ladrillo hermanados con una enorme higuera de nervudo tronco. Es difícil distinguir quién sostiene a quién. La habitara o no Cortés, desde luego fue utilizada por los primeros conquistadores, seguramente para despachar las tareas administrativas de la naciente Nueva España. Sus maltrechos y sombríos paredones, envueltos en la tiniebla, evocan un momento crucial en el alumbramiento del México actual al que los propios mexicanos, qué decir de los españoles, parecen haber dado la espalda. Los primeros todavía se revuelven contra la conquista y los segundos prefieren seguir avergonzándose de ella. Quizá vaya siendo hora de orillar rencores y complejos históricos para admitir, de una vez por todas y sin florituras políticamente correctas, que el México actual es fruto, guste o no guste, de ese mestizaje. Si Moctezuma hubiese seguido reinando a su antojo o los españoles hubiesen exterminado a los vencidos sin alumbrar una sociedad mestiza, México sería ahora distinto o, quizá, no sería.

La noche se nos echa encima, silenciando todavía más las voces del pasado, que retumban en cada rincón del viejo fondeadero de La Antigua. A oscuras, visitamos la iglesia del buen viajero y las antiguas caballerizas levantadas por la soldadesca de Cortés, utilizadas más de 300 años después por el infame general Santa Anna, el presidente que ha pasado a la triste historia de México por haber entregado en 1848 al odiado vecino yanqui Texas, Nuevo México y Nueva California, la mitad del territorio del país.

Caminando hacia el estuario que se abre al Golfo de México, por donde entraron las naves de Cortés, una ceiba gigantesca señala el lugar donde, supuestamente, atracaron los navíos

La cita con la historia se produce, inevitablemente, a oscuras. Los viajes, por mucho que se planeen, siempre sorprenden, y ésa es parte de su encanto. Pero ni siquiera la oscuridad puede sustraerme la emoción del momento. Caminando hacia el estuario que se abre al Golfo de México, por donde entraron las naves de Cortés, una ceiba gigantesca señala el lugar donde, supuestamente, atracaron los navíos. Una pesada cadena que duerme a los pies del árbol cansado de crecer pasa por ser la misma que dejaron los navegantes para atracar sus naves en la orilla. A mí me gustaría creer que así es. Necesito agarrarme a esa cadena, ahora que todo es penumbra, como acto de fe, como constatación de que, efectivamente, estoy caminando sobre la misma tierra mexicana que Hernán Cortés pisó por primera vez hace casi cinco siglos.

Nos acercamos al río. Ya he retrocedido esos 500 años en el tiempo y puedo imaginar sin esfuerzo el momento solemne, la llegada de las naves de Cortés por el estuario y el alborozo de la marinería. Ahora, las aguas se han retirado medio centenar de metros y el cauce ha dejado la ceiba en tierra de nadie, lo que no hace sino acrecentar el simbolismo que la aureola, abonado o no por la leyenda. Un puente colgante une ambas orillas, una metáfora inmejorable de la encrucijada del conquistador. Es un balcón que invita al viajero a la ensoñación y uno de esos momentos que justifica por sí mismo un largo viaje.

No muy lejos de donde nos encontramos, Cortés pasó el Rubicón de la conquista inutilizando su flota, que fue varada en los arenales de la recién creada Villa Rica, y asumió el reto de avanzar a toda costa hacia la enigmática Tenochtitlan, donde Moctezuma hacía todo lo posible –colmando de regalos a Cortés a la vez que promovía emboscadas contra los españoles– para impedir el inevitable choque de civilizaciones.

Y que quede claro: pese a que algunos se empeñen en que el conquistador extremeño «quemó» sus navíos, los relatos de los cronistas de Indias no dejan lugar a dudas sobre la suerte que corrieron las naves: la tropa se encargó de inutilizarlas, dejándolas varadas en la costa. ¿Por qué? La intención del conquistador de llegar a Tenochtitlan y verse las caras con Moctezuma, el emperador de los aztecas, era irrefrenable. Buena parte de sus hombres, sobre todo los que no habían dejado nada en Cuba y fiaban toda su suerte a la fortuna que pudiesen hacer en este viaje, no querían ni oír hablar de regresar a la isla. Pero no todos estaban por la labor. La facción fiel a Diego Velázquez, gobernador de la isla Fernandina, hizo todo lo que estuvo en sus manos para regresar, pues el gobernador no les había dado permiso para poblar.

Cortés se enfrenta así a su Rubicón: dar media vuelta, con la seguridad de que Velázquez no tardaría en apadrinar otra expedición que tomase posesión en su nombre de las tierras conquistadas, o perseverar en el empeño aun permitiendo el regreso de los descontentos. La fundación de la Villa Rica de la Veracruz el Viernes Santo de 1519 y la inutilización de los navíos impide cualquier regreso y significa el primer cimiento de la futura conquista de México. Todavía se puede visitar, a 300 metros del pueblo, la primera capilla fundada en Nueva España, donde se ofició la primera misa en los dominios del imperio azteca. Pocas veces he visto desaprovechar tanta historia. En eso, la Antigua Veracruz no tiene rival.

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Comentarios (1)

  • Marta Cuevas

    |

    Demasiados complejos en España y demasiados recelos en México. He vivido en ambos países y la historia está mal contada. Se hicieron cosas mal, pero México es España. Buen artículo.

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