Andenes: buscando ballenas en el Ártico

Para: Ricardo Coarasa (texto e fotos)

Fiel a mi cita con el fatalismo (siempre he pensado que prever los contratiempos es la mejor manera de desbrozar de obstáculos un viaje), aquella noche desmenuzaba en la duermevela todas las cosas que podían salir mal al día siguiente. Y la verdad es que había unos cuantos motivos para estar intranquilo. Habíamos llegado unos días antes a las islas Lofoten, una de las regiones más septentrionales de Noruega, situada por encima del Círculo Polar Ártico, y nos separaban 211 km Andenes, en el archipiélago de Vesteralen. De allí parten diariamente dos barcos en temporada veraniega en busca de las ballenas que se acercan a la plataforma continental atraídas por la abundancia de sedimentos. La situación geográfica de Andenes, a 69° de latitud Norte, es tan excepcional para el avistamiento de estos cetáceos en el Ártico que la empresa con la que contratamos el recorrido en barco, Whale Safari, te devuelve el dinero si durante la travesía no se da con ellas.

Unas semanas antes me entretuve echando una ojeada a los comentarios online de los viajeros que ya se habían subido a ese barco. Mayoritariamente eran positivos, pero algunos de ellos (“la peor experiencia de mi vida”) me intranquilizaron, especialmente los que aconsejaban no cometer la osadía de embarcarse con niños, como era nuestro caso. Algunos de esos desahogos estaban salpicados de vómitos, frio, mareos y travesías interminables (su duración era un arcano, pues las tres horas habituales podían duplicarse si no se localizaba a las ballenas).

Nos separaban 211 kilómetros de Andenes, de donde parten diariamente dos barcos en temporada veraniega en busca de las ballenas

Entre la pléyade de recomendaciones y advertencias me quede sólo con un par: evitar jugárselo todo a una carta y hacer al menos una noche en Andenes para, en caso de que las condiciones no fuesen favorables, poder repetir al día siguiente, y llevar ropa de abrigo y de repuesto.

Saltaba a la vista que los comentarios estaban condicionados por el tiempo. Había que afinar mucho para evitar un mar revuelto, la omnipresente lluvia y, especialmente, el viento. Así que no reservé los tickets hasta una semana antes, cuando las previsiones meteorológicas ya atinan más sus pronósticos.

Saltaba a la vista que algunos comentarios (“la peor experiencia de mi vida”) estaban condicionados por el tiempo. Había que afinar mucho para evitar un mar revuelto

Reservar en el primer barco, que parte a las doce del mediodía, resultaba inviable porque hay que estar alli dos horas y cuarto antes de zarpar para visitar un museo sobre las ballenas y eso nos obligaba a salir de madrugada del camping donde dormíamos, a once kilómetros de Svolvaer. Y es que con una velocidad máxima permitida de 80 kmh (que a menudo se reduce a 60 e 50 km/h al atravesar poblaciones por las que nunca se ve un alma), el trayecto hasta Andenes lleva casi tres horas. Reservamos, portanto,, en el segundo barco, a las cuatro de la tarde. Sim, nos lo jugábamos todo a una carta desoyendo los consejos sacrosantos.

Si todo iba bien, a las siete nos esperaban otras tres horas de coche de regreso a Svolvaer, adonde si la travesía se alargaba seguramente llegaríamos pasada la medianoche. Había que arriesgarse y, em todo o caso, siempre podríamos improvisar una noche en Andenes.

La carretera estaba mojada y, si hubiera estado en mi mano, habría puesto un par de fervorosas velas a los meteorólogos que hoy pronosticaban buen tiempo

Todavía llovía cuando, pasadas las siete de la mañana, me acerqué a Svolvaer a poner gasolina. No había demasiadas gasolineras por el camino y era mejor viajar con el depósito lleno por si acaso. La carretera estaba mojada y, si hubiera estado en mi mano, habría puesto un par de fervorosas velas a los meteorólogos que hoy pronosticaban buen tiempo para que no errasen en sus predicciones.

Teníamos que hacer los primeros 70 kilómetros por la E-10, la carretera del rey Olaf, principal arteria que comunica de norte a sur las islas sirviéndose de innumerables puentes y túneles a través de un paisaje espectacular de fiordos vigilados por montañas que parecen brotar de las entrañas de la tierra. Innumerables salvo que estés obligado a circular a 80 km/h como máximo, cuando tienes tiempo para contarlos. Yo conté ocho túneles hasta el desvío a la RV-85.

Tres horas después de salir de Svolvaer estamos en Andenes, donde la referencia a seguir es el faro del puerto. Allí se acaba la carretera

Pasado Strand (donde hay una gasolinera) y unos kilómetros de obras, mi hija de seis años vomita y tenemos que cambiarle de ropa, por lo que se queda sin la de repuesto. Ante la posibilidad de hacerlo en el barco es mejor venir vomitado de casa.

El mapa que llevamos se acaba en el Forfjord, antes de cruzar a la isla de Andoya, ya en el archipiélago de Vesteralen, por donde circulamos por la variante este de la RV-82. Tres horas después de salir de Svolvaer estamos en Andenes, donde la referencia a seguir es el faro del puerto. Allí se acaba la carretera. Al otro lado se extienden las aguas del Mar de Noruega, que más al norte se funden con las del Mar de Barents, uno de esos nombres que jalonan la historia de las exploraciones polares.

Nos acercamos a la oficina de turismo en busca de un mapa. Siempre hay que llevarse mapas de los sitios que visitas. Es la mejor fotografía

Aparcamos a unos metros del faro. Sopla bastante viento y hace frío pero luce el sol. El primer barco ha partido ya y hay que esperar a que vuelva. Matamos el tiempo en un parque infantil con una cama elástica y nos acercamos a la oficina de turismo en busca de un mapa. Siempre hay que llevarse mapas de los sitios que visitas. Es la mejor fotografía.

Tras almorzar algo, retiramos las entradas en la oficina de Whale Safari, donde me sorprende escuchar hablar mucho en español. Todos viene en un autobús en un viaje organizado por el norte de Noruega. A las dos y cuarto comenzamos el recorrido por el museo. Un joven con un excelente castellano nos hace de guía. Vive en Tarragona y me explica que trabaja aquí sólo durante el verano para sacarse un dinero. El recorrido es interesante para conocer mejor a las ballenas, pero es como ese aperitivo que quieres comerte cuanto antes para que te sirvan el plato principal. Y en Andenes el plato principal es, claramente, la navegación en busca de los cetáceos.

Nuestro barco, el Reine, ya ha llegado y me entretengo en observar las caras de los pasajeros que bajan por si algún rostro desencajado me da una pista de lo que nos espera

Nuestro barco, el Reine, ya ha llegado y me entretengo en observar las caras de los pasajeros que bajan por si algún rostro desencajado me da una pista de lo que nos espera. Antes de subir ingiero una pastilla de jengibre contra el mareo que nos han dado en las oficinas de Whale Safari. El sabor es francamente repelente (¿habrá que tragarlas sin más en lugar de diluirlas con la saliva?) y acabo escupiéndola.

Son las tres y media cuando nos embarcamos y la verdad es que el día no puede ser mejor: ya no sopla apenas viento, el mar está en calma y luce un sol espléndido. Sin que sirva de precedente, bendigo a todos los meteorólogos habidos y por haber.

Acercarse al puente de mando o al de proa requiere un cierto equilibrio para subir un par de tramos de escalera y sobreponerse al vaivén del barco agarrado a la barandilla

La travesía es agradable, incluso para los niños, embutidos en sendos chalecos salvavidas, aunque hay que abrigarse si se pasa demasiado tiempo en cubierta. Otra opción para combatir el frío es guarecerse un rato dentro, en una sala con bancos y mesas muy a propósito, o tomar un café o un té bien calientes con galletas que te sirven a bordo cuantas veces quieras (nosotros pagamos 340 euros por los cuatro billetes, así que el término gratuito me parece un eufemismo innecesario).

Acercarse al puente de mando o al de proa requiere un cierto equilibrio para subir un par de tramos de escalera y sobreponerse al vaivén del barco agarrado a la barandilla. Mi hija África, que no conoce el miedo, insiste en subir una y otra vez. El capitán lleva un hidrófono para escuchar la respiración del mar y captar los sonidos que emiten las ballenas en un radio de cuatro kilómetros. Pero llevamos más de una hora a bordo, que se ha pasado muy rápido, y por ahora no hay ni rastro de los cetáceos. Y eso pese a que un compatriota tranquiliza a sus hijos convencido de queesto es como en África, que tienen al león esperando para que lo vean los turistas”. Salta a la vista que no ha hecho nunca un safari en África, pero su familia ríe la ocurrencia por inercia. Antes de que reincida nos bajamos a cubierta. Es lo bueno que tiene haber viajado algo: el detector de imbéciles rara vez falla.

Un compatriota tranquiliza a sus hijos convencido de queesto es como en África, que tienen al león esperando para que lo vean los turistas

Dos miembros de la tripulación se suben al mástil para otear el horizonte en busca de alguna ballena y, hora y media después de zarpar encontramos por fin al primer cetáceo. El Reine se acerca a unos 200 metros del cachalote por babor y todos los pasajeros contenemos la respiración. Sólo se escucha el ruido de las cámaras de fotos y el resoplido del animal, que escupe una nube de agua sobre su inmenso lomo prehistórico. “¡Diving!”, se escucha gritar al capitán instantes después avisando de la inminente inmersión, cuando la cola del cetáceo, emergiendo de las aguas como un negro destello de tiempos remotos, brinda a los intrusos unos segundos que bien valen un largo viaje. Veo mi emoción reflejada en los ojos de mi hija, encendidos de asombro, y esa mirada expectante redime mi fatalismo.

Los cachalotes, según nos han explicado antes, pueden vivir 60 años y alcanzar un peso de 40 toneladas (sus crías llegan a engordar 100 kilos por día). Se sumergen más de mil metros en busca de su alimento preferido, el calamar gigante, y aguantan hasta 90 minutos debajo del agua. Portanto, verlos emerger del agua es una lotería. Actualmente están casi en peligro de extinción. Las orcas y los calderones (antigamente, también el hombre) son los principales depredadores.

La cola del cetáceo, emergiendo de las aguas como un negro destello de tiempos remotos, brinda a los intrusos unos segundos que bien valen un largo viaje

A la excitación del momento le sucede media hora más de travesía que a todos nos pilla rumiando aún la experiencia. Ya nadie necesita otro hallazgo, pero llega y de nuevo estamos al costado, esta vez mucho más cerca, de otro cachalote. Poco importan los ocasionales jarros de agua fría del escéptico reincidente. “Es el mismo de antes”, airea jocoso haciendo más méritos para que alguien le arroje por la borda.

Esta vez el cetáceo asoma a la derecha de la embarcación e, indefectiblemente, el pasaje se agolpa en la cubierta de estribor lo que hace que el Reine se balancee más de la cuenta provocando los primeros mareos y vómitos. Nada serio. Una empleada de Whale Safari apremia a los pasajeros a situarse al otro lado de la cubierta, pero nadie está por la labor de renunciar a las inmejorables vistas del cachalote así se hunda el barco. Su obstinación, nossa, afortunadamente no pasa a mayores.

Siguiendo los consejos de nuestro guía en el museo, volvemos por la carretera que bordea la costa oeste de Andoya por Bleik, Hoyvika y Stave, refugio de un puñado de paisajes sublimes

Tras disfrutar de una nueva inmersión del cetáceo, que detiene el tiempo durante esos breves instantes en que su cola desaparece bajo las aguas, regresamos a Andenes, donde atracamos a las siete menos cuarto. Siguiendo los consejos de nuestro guía en el museo, volvemos por la carretera que bordea la costa oeste de Andoya por Bleik, Hoyvika e Stave, refugio de un puñado de paisajes sublimes de acantilados y fiordos que el crepúsculo no hace sino realzar a estas horas.

Inevitavelmente, la sucesión de paradas alarga el viaje de vuelta, que por esta ruta suma además otros 20 km. Pasados Noss e Bo, la carretera enlaza con la FV-82 del otro lado de la isla, la misma que hemos tomado a la ida, así que nos familiarizamos pronto con el recorrido. La luz tenue de los atardeceres característicos de esta época del año, que nunca acaba de languidecer (de hecho no se hace de noche hasta casi las doce y la oscuridad apenas dura un par de horas), nos acompaña camino de la carretera del rey Olaf, en la que hay que tener cuidado con los ocasionales radares emboscados en los arcenes. A las diez de la noche estamos de nuevo en Svolvaer, donde los nubarrones de fatalismo hace rato que se han disipado.

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Comentários (3)

  • Laura

    |

    ¡Qué historia, qué relato y qué frío! Maravilloso el suspense de no saber si va a verse la ballena asomar… Eu amo

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  • Ricardo

    |

    Graças Laura! Y de verdad que no hacía tanto frío llevando la ropa adecuada. Me alegro te haya gustado

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  • Brandoli javier

    |

    Una buena historia amigo. Me gustó imaginar los ojos de África viendo los cachalotes

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