La última intifada en Jerusalén

Para: Daniel Landa (Texto e fotos)

Es el lugar donde brota el amor de los dioses y el odio de los hombres. Es la ciudad de las ciudades, laberinto de credos, origen de todo lo que somos. Es la muralla que contiene la guerra santa, el canto triste de los muezzines, los fusiles de asalto y el Huerto de Getsemaní.

La auténtica Jerusalén se nos anunciaba en la Puerta de Damasco, pasadizo a otro tiempo en el que el viajero ha de mirar el móvil para saberse en este siglo. Huele a falafel y a sandía, a pan árabe recién hecho, a la humedad del bazar. No tardamos en agachar la cabeza para esquivar la mirada de los aún imberbes policías israelíes, con sus gafas de sol, sus poses chulescas, sus chalecos antibalas, su munición, sus armas preparadas para la guerra. Enquanto, caminaban por todas partes los palestinos, a atender sus puestos de frutos secos o sus oraciones.

La auténtica Jerusalén se nos anunciaba en la Puerta de Damasco, pasadizo a otro tiempo en el que el viajero ha de mirar el móvil para saberse en este siglo

Jerusalén no se puede explicar. El viajero ha de sentir el impacto de su historia en cada esquina. Así vagábamos nosotros, con un mapa en la mano y los sentidos desnortados. Descubrimos de golpe, como tropezando con ella, la Vía Dolorosa, una calle estrecha, con sus viviendas modestas, sus barberías o sus tiendecitas donde comprar agua bendita. Y allí uno entiende que Jesucristo arrastró la cruz en ese preciso lugar y el mundo, nuestro mundo, cambió para siempre.

E depois, uno acaba en el Santo Sepulcro, una iglesia empotrada entre mezquitas, que es imposible ver en la distancia, que el viajero se encuentra de repente, como todo lo demás. Porque esta ciudad es un sobresalto permanente, un temblor hacia adentro. Y tiemblan los agnósticos frente a la piedra donde lavaron el cuerpo de Jesús tras su muerte, y lloran los creyentes en su tumba, donde un monje ortodoxo te impedirá la entrada si no vistes con decoro. Y se arrodillan las monjas y los ateos, casi por inercia, frente al lugar donde Cristo murió en su cruz, sobre las piedra, aún visibles tras un cristal, del Gólgota.

Aquí no hay lugar donde evadirse de las emociones. Los peregrinos y los turistas, que acaban siendo lo mismo, ascienden hasta la azotea de la iglesia más importante del cristianismo. E há, sobre una explanada de piedra, en lo alto del Santo Sepulcro, emerge una aldea como africana, donde las mujeres trenzan crucifijos y los monjes van ataviados con túnicas largas mientras rezan. Son los coptos etíopes, una comunidad cristiana cuyo presupuesto sólo les alcanza para instalarse en los tejados del lugar más santo.

Descubrimos de golpe, como tropezando con ella, la Vía Dolorosa, una calle estrecha, con sus viviendas modestas, sus barberías o sus tiendecitas donde comprar agua bendita.

No encontré un rincón huérfano de fe en Jerusalén. Todo tiene un sentido místico y en muchas ocasiones, credos distintos confluyen en los mismos lugares. A las nueve de la tarde, todos los días desde hace más de ochocientos años, monjes ortodoxos, religiosos armenios y sacerdotes franciscanos se reúnen en la puerta del Santo Sepulcro para ver como un musulmán cierra la puerta de la iglesia. Según la tradición islámica, Jesucristo fue el último profeta y por lo tanto, de alguma forma, el mausoleo de Jesús de Nazaret es también, para eles, un santuario.

Intentar explicar los matices de cada religión es tan complicado como orientarse en el laberinto de la ciudad antigua. Los armenios tienen su propio barrio, pero caminando entre sus iglesias, uno puede toparse con un beduino de Jordania, o un egipcio con túnica, o una monja española.

En el barrio judío sucede lo mismo, pero aquí la atmósfera es más espesa. Los controles policiales y los registros dan acceso a un espacio abierto, vigilado. E no fundo, una inmensa pared de piedra, que es lo que queda del Templo de Jerusalén, que antes fue el Templo de Salomón y que hoy es el lugar más sagrado para los judíos: El Muro de las Lamentaciones.

As pessoas, esquerda, disponen de una espacio ostensiblemente mayor que el de las mujeres, direito. Y allí me acerqué yo, con una kipá, ese gorrito judío que cubre la coronilla y que es obligatorio llevar aquí. Casi se me escapa santiguarme, tratando de ser respetuoso. Sin saber muy bien cómo acercarme, me acerqué sin más, mirando al muro, intentando no llamar la atención, lo cual me pareció imposible. Los hombres acuden allí con sus plegarias, que en realidad parecen lamentos. Con la Torá en una mano y la cabeza balanceándose en una negación casi resignada, dolorosa. La mayoría viste camisa blanca, traje negro y un sombrero también negro y atemporal. Se dejan crecer las peot, esas patillas convertidas en tirabuzones, por si el resto del atuendo no fuera suficiente para identificarlos. Y yo, lá, com o kipá y mi cara de bobo, hablándole a la pared, sin saber muy bien a quién dirigir mis oraciones. Me alejé con la sensación de aligerar un sentimiento de culpa que no supe identificar. Y me perdí con mi chica en un barrio que ya no sabía si era judío, cristiano o musulmán, pero que estaba lleno de iglesias y recovecos y chilabas y judíos ortodoxos que rezaban en voz alta y policías armados y niños en bicicleta y madres fregando el suelo y ropa tendida y tiendas de dátiles. Pero no encontramos nada impostado, porque en Jerusalén todo es lo que parece y todo parece irreal. Este lugar no puede sostenerse y sin embargo lleva miles de años soportándose a sí mismo, conteniendo el odio de sus barrios, ignorando la mirada del vecino.

 Y yo, lá, con la kipá y mi cara de bobo, hablándole a la pared, sin saber muy bien a quién dirigir mis oraciones.

Por eso necesita explotar un poco. Jerusalén ha de morir de vez en cuando para sobrevivir. Y aquella mañana, justo cuando paseábamos la Vía Dolorosa, que cruza el barrio musulmán como un presagio, la ciudad estaba a punto de cobrarse ese precio de sangre, víctimas del odio, mortes.

La Explanada de Las Mezquitas permanecía cerrada. Había sucedido la semana pasada. Un grupo de fanáticos musulmanes intentaron acceder al Muro de las Lamentaciones para cometer una masacre. No consiguieron entrar al santuario judío. El resultado, tres terroristas y dos policías muertos. El gobierno israelí decidió establecer controles en el lugar más sagrado del Islam y los musulmanes se negaron a atravesar tornos con identificadores, chequeos y toda esa parafernalia de seguridad, para entrar en su Explanada. Assim, no se podía entrar.

E há, frente a la verja cerrada que daba acceso al lugar santo del Islam, varios policías israelís soportaban el calor, estoicos, frente a un grupo de fieles musulmanes que se inclinaban para rezar, en reverencias que parecían ofrecer a los propios policías pero que los atravesaba, que iban mucho más allá, a su Explanada, a la Meca, al tiempo en que Mahoma ascendió a los cielos desde la Mezquita de la Roca, a otro mundo que no estaba allí. Mas lá estávamos nós, invisibles, en ese fuego cruzado de miradas, de armas sin seguro y de oraciones sin misericordia. Israel y Palestina en un callejón, judíos y musulmanes junto a la Vía Dolorosa de los cristianos. Todo junto, todo enredado, los rencores, la sinrazón, el tiempo a punto de explotar, novamente.

E lá estávamos nós, invisibles, en ese fuego cruzado de miradas, de armas sin seguro y de oraciones sin misericordia.

El grupo de musulmanes iba creciendo. Yo saqué mi cámara de fotos y encuadré a los ancianos reclinados sobre la policía templada, não se move, sin retroceder. Un hombre con turbante me preguntó de dónde era. Le dije que de España y de pronto, el musulmán y yo estábamos hablando de fútbol. Mencioné a Iniesta. El hombre asintió satisfecho y detrás de él, un joven israelí que portaba algo parecido a una metralleta esbozó una sonrisa mínima, deseando tal vez unirse a la conversación, hablar del Barça y olvidar ese calor, esa tensión insoportable. Pero no dijo nada. Segundos después, de repente, se escrutaron serios, entre si, y volvimos a ser invisibles.

Aparecieron varios políticos, autoridades palestinas, deduje, por la cantidad de medios de comunicación que los acompañaban. El callejón se llenó de gente. Los dirigentes alzaban la voz, las mujeres gritaban y los musulmanes, alentados por el número, se agolpaban delante de los policías. Sólo una valla metálica de un metro de alto separaba los dos mundos. Mi chica me miró sin decir nada. Se había cubierto la cabeza con un pañuelo, prudente. Había llegado el momento de salir de allí.

Dejamos atrás el murmullo del gentío que empezaba a agitarse. Salimos de la ciudad vieja y seguimos avanzando. Subimos una colina empinada, al tiempo que los adolescentes bajaban en dirección contraria, alegres, camorristas, a la lucha, a lo que fuera. Seguimos ascendiendo por la carretera. Hacía mucho calor y tardamos veinte minutos en llegar a la cima del Monte de los Olivos. Contemplamos el cementerio más importante del mundo judío, desde el que según la creencia, los difuntos ascenderán a los cielos, igual que Jesucristo, lo mismo que Mahoma. Todos ascienden a los altares, todo o mundo, menos los vivos, que bajaban a la guerra. Não, en ese mismo momento.

Los periódicos del día siguiente hablaban de seis muertos por todo el país. Tres de ellos en Jerusalén.

Nos recomendaron esperar en lo alto del Monte de los Olivos. “Allí abajo no es seguro” decían. Y aprovechamos para comer algo en un local con vistas a la cúpula dorada, icono de la ciudad. Y mientras devorábamos el humus y del kebab –la tensión provoca hambre-, escuchamos a la multitud gritando consignas en árabe, y oímos el rugido de los helicópteros, y las sirenas de las ambulancias y a lo lejos, los disparos. Alcanzamos a ver el humo del gas lacrimógeno e incendios a las afueras de Jerusalén, una pequeña intifada que se había improvisado junto a la Vía Más Dolorosa del mundo. Todo sucedía allí, antes de nós. El camarero quiso cobrarnos más de lo acordado por el almuerzo.

O dia seguinte, los periódicos hablaban de seis muertos por todo el país. Tres de ellos en Jerusalén. No recuerdo ya de qué bando. Había algo más de presencia policial en la Puerta de Damasco. Olía a falafel y a sandía. Cada cual acudía a sus tiendas de frutos secos, a sus barberías o a sus oraciones.

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Comentários (6)

  • Juancho

    |

    Macho, hoy va de felicitar a Landa. Después del éxito de la serie Pacífico en la Cineteca del Matadero, leer este artículo tan magnífico!!!!

    Has de escribir más, amigo.

    Una pasada tu relato de Jerusalén

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  • Daniel Landa

    |

    Mil gracias Juancho. Tú también deberías ponerte a escribiry lo sabes! ;)

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  • Mercedes

    |

    Coincido con Juancho: estupendo artículo! He disfrutado un montón leyéndolo. Por unos minutos me he trasladado a Jerusalén.

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  • Ricardo

    |

    ¡Bravo Dani! Muito bom artigo. Me ha recordado muchas vivencias en Jerusalén, uno de esos pocos sitios a los que sabes que volverás. Abz

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  • Daniel Landa

    |

    Me acordé de ti, Ricardo, al acudir al Muro de las Lamentaciones a medianoche!!

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