Zer da Canal Izas

By: Ricardo Coarasa (Testua eta argazkiak)
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La primavera se ha desperezado con mucha nieve aún en las montañas. Los ríos bajan caudalosos y en las laderas abundan los saltos de agua por el ímpetu del deshielo. Se avecina calor mientras subimos en coche por la pista que lleva al Coll de Ladrones, una fortificación centenaria de la que hablaré con detalle más adelante en VaP, porque se lo merece y por el valor sentimental que para mí tiene.

Behin, calzadas ya las botas, continuamos andando unos minutos por la pista hasta una pequeña central hidroeléctrica. A la derecha arranca el sendero que discurre por la Channel Izas, el gran corredor que une los valles de Tena y del Aragón y uno de los más bellos y solitarios del Pirineo de Huesca. Bitan egin dut bidaia osoa, uda bat eta bestea negu erdian, una en un sentido y otra en el contrario, desde el precioso pueblo de Tramacastilla de Tena. Y en ambas he disfrutado de esa sensación de lejanía con la que están bendecidos los horizontes vírgenes.

El esfuerzo pronto obtiene recompensa por las impetuosas cascadas de agua que se precipitan por las paredes de roca

Los desprendimientos en un barranco han arrasado con el antiguo camino y toca retroceder sobre nuestros pasos en busca del comienzo de la senda, que está perfectamente señalizada. Ganando altura progresivamente por la ladera boscosa, siempre con el río tributario del Aragón a nuestra izquierda, el esfuerzo pronto obtiene recompensa por las impetuosas cascadas de agua que se precipitan por las paredes de roca; la primera de ellas, sobre un enorme pirámide de nieve sucia que hace equilibrios sobre la corriente. A medida que vamos dejando atrás el bosque se abre frente a nosotros el valle, a caballo entre las estaciones de Astuna eta Candanchú, atzean, eta Formigal, al otro lado del collado de Izas, el principal desnivel que hay que afrontar en la travesía entre los dos vertientes.

Huérfano afortunadamente de remontes y de pilonas, Izas es todavía un paraje donde reencontrarse con el silencio y la soledad. No hay nadie a la vista en cientos de metros a la redonda mientras remontamos la canal. Sólo se escucha, noizean behin, el chillido de alguna marmota despistada, que corretea por estos prados de verde y agua, de piedra y nieve, y la atolondrada carrera de rebaños de sarrios (cabras pirenaicas) poniendo tierra de por medio con la molesta presencia humana.

Huérfano afortunadamente de remontes y de pilonas, Izas es todavía un paraje donde reencontrarse con el silencio y la soledad

El contraste entre las laderas orientadas al sur, rebosantes de agua, y las que miran al norte, repletas de neveros y barrancos con restos de aludes, es significativa. A medida que avanzamos, ahora por un sendero muy cómodo que salva el desnivel con parsimonia, vamos tropezando con lenguas de nieve que nos obligan a abandonar el camino para reencontrarlo poco después (el sendero está, eta esan, muy marcado tanto por mojones de piedra como por las características marcas rojas y blancas de la GR-11, la gran ruta transpirenaica). No llevamos bastones y tampoco hacen falta por ahora, porque la nieve está muy reblandecida por el sol y es sencillo abrir huella para atravesar los neveros.

Abrigamos el deseo de llegar hasta el ibón de Iserías (un letrero al comienzo del camino marcaba tres horas y media de excursión, que a mí me parece un cálculo excesivo), la laguna a los pies del pico de La Moleta, que se puede subir tanto por esta ruta como desde la estación de Canfranc (el ascenso por el sendero que discurre paralelo a las vías del viejo carretón de Ip y la bajada por el ibón de Iserías y la Canal de Izas es una de las caminatas más gratificantes que conozco). Baina, a medida que nos vamos acercando a la cabaña de Iserías, desde donde hay que torcer a la derecha para acceder al ibón (mendiko aintzira), dago 2.150 metro, a través de un estrecho barranco, la ruta está cada vez más salpicada de nieve.

Un gran nevero longitudinal, como una limpia pincelada sobre la montaña, se interpone entre nosotros

Cuando ya tenemos a la vista el refugio, un gran nevero longitudinal, como una limpia pincelada sobre la montaña, se interpone entre nosotros. Hay que atravesarlo cuesta abajo en media ladera hasta poder cruzar el río y llegar sin problemas a la cabaña, rodeada de praderas sin nieve, pero para evitar un resbalón optamos por esquivarlo por el norte en busca de un paso alternativo, pese a la sucesión de barrancos que cuartean esas laderas. A nuestra derecha se vislumbra ya el circo que protege al ibón de Iserías, situado a escasos 150 metros de desnivel por encima de donde nos encontramos, paredes de roca y nieve que acentúan la solemnidad de este silencio que reconforta.

Llevamos ya casi dos horas de caminata y continuamos subiendo por la ladera herbosa, sin sendero ni nada que se le parezca, sorteando el nevero por la derecha. Gurekin aurrean, dos barrancos nos separan de los prados por los que se llega hasta la cabaña. El primero parece factible. El segundo se adivina mucho más complicado, porque sus paredes se hunden como si las estuviesen moldeadas por una espátula. Es necesario valorar los riesgos.

Estoy caminando sobre una nieve que en cualquier momento puede desmoronarse por mi peso, hundiéndome hasta el cauce

Me adelanto unos metros para ver el segundo barranco más de cerca y buscar la manera de salvarlo. El primero está lleno de nieve y lo cruzo sin dificultad, pero me doy cuenta de que el deshielo ya ha hecho de las suyas y el agua ha horadado sus entrañas. Eso supone que estoy caminando sobre una superficie que en cualquier momento puede desmoronarse por mi peso, hundiéndome hasta el cauce. Un susto, y una posible torcedura de tobillo, que es mejor evitar. El riesgo, Edonola ere,, es asumible, pero el segundo barranco, mucho más abrupto, no hay por donde salvarlo. Sólo queda continuar subiendo montaña arriba o deshacer el camino para cruzar el río por el sendero original.

Disfrutamos de la soledad de Izas, de esa inmensidad donde anida el sentimiento de la montaña

Pero ante una encrucijada así siempre hay una tercera vía, que es la que abrazamos sin discusión. Sentados sobre una piedra y bocadillo en mano, disfrutamos de la soledad de Izas, de los espacios abiertos de este paraje virgen, de esa inmensidad donde anida el sentimiento de la montaña (que de forma tan sobresaliente han glosado Sebastián Álvaro eta Eduardo Martinez de Pison), de la soledad sobrecogedora que agita las grandes preguntas y, ere, los grandes vacíos interiores, esos que sólo se recorren muy de vez en cuando y a tientas, porque ni nosotros sabemos lo que nos podemos encontrar.

Ordu erdi beranduago, saciados de paz, enfilamos el camino de vuelta. A un paso muy vivo, en poco más de una hora llegamos al fuerte de Coll de Ladrones. Pero ésa es otra historia que, como he apuntado, requiere su espacio.

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Comments (2)

  • diego

    |

    Pues nos dejas buenas sensación.
    Me gustan los Pirineos, aunque la última vez que anduve por Ordesa hasta la Cola de Caballo, hace un par de otoños, aquella parecía una procesión al Vaticano.

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  • Ricardo

    |

    Prueba a madrugar y subirás solo hasta la Cola de Caballo. Y anímate a seguir hacia arriba hasta el Perdido. Merece muchísimo la pena. Yo lo he subido varias veces

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