De Denia a Ibiza en barco: en busca del viento

Da: María Traspaderne (foto: M.T. y Chechu R. H.)

Cuatro cosas cuentan, lo demás no importa. El mar, el viento, el cielo y tú. Sólo cuatro cosas caben en tu mente, el resto se queda en tierra.

Para quien nunca ha viajado navegando, vale la pena probar al menos una vez en la vida. Es como la ópera: o lo odias o lo amas. Y si ocurre lo segundo, estás perdido. A bordo la vida se para, y te enseña. Viajando en barco no se conoce gente ni se aprenden costumbres exóticas. Es otro tipo de experiencia: un tú a tú con la naturaleza.

Viajar navegando es como la ópera: o lo odias o lo amas

Esta travesía empezó en Denia un día cualquiera de primavera. Un barco de doce metros y unos cuantos amigos esperaban en el puerto, dispuestos a llegar a Ibiza cruzando el canal. A vela. Si hay viento, avanzas. Si no lo hay, esperas pacientemente, mecido por las olas, a que quiera soplar. Como los autobuses en África: si están llenos, salen; se non, hay que esperar. ¿Cuánto? Vaya pregunta. Hasta que se llenen. Primera lección.

A mezzogiorno, pusimos rumbo a destino con el suficiente viento para arrancar y las velas desplegadas a tope. Lo primero que asusta de navegar es el espacio, muy pequeño comparado con un mar interminable alrededor. Eres verdaderamente una gota de agua en el océano, una cáscara de nuez flotando en un charco. Tienes el control de tu barco, pero no de las olas, del viento, de la lluvia. No puedes pretender que el mar se adapte a ti, debes ser tú quien se acomode a la fuerza del viento, al ritmo de las olas, quien se resguarde de la lluvia. Segunda clase magistral de vida.

No puedes pretender que el mar se adapte a ti, debes ser tú quien se acomode a la fuerza del viento, al ritmo de las olas

La ruta era de Denia a San Antonio rodeando Formentera e Ibiza. 120 miglia, 220 kilómetros para los no entendidos. ¿Hora de llegada? Otra pregunta sin respuesta. A bordo se vive en función de la naturaleza y se viaja a su ritmo. El barco es una clase particular de humildad, de entrega y de autosuperación.

Las primeras millas pasaron tranquilas, sin grandes olas ni mucho viento. Los cuerpos y las mentes se fueron poco a poco relajando. A menudo entra sueño, es algo que ocurre constantemente. Como si el cuerpo decidiera que ése no es su estado natural, luchando continuamente contra la gravedad, y te prescribiera dormir. Se duerme a todas horas, siempre que no haya que estar al mando o maniobrando. Es un sueño profundo aunque extraño, con todo moviéndose a tu alrededor. Si el mar está en calma, acuna. Si está bravo, perturba.

Es un sueño profundo aunque extraño. Si el mar está en calma, acuna. Si está bravo, perturba

Así llegó uno de los puntos álgidos de la travesía, el anochecer. De Denia a Ibiza, da ovest a est, el sol se pone por la popa y sale por la proa, siempre en el horizonte. No hay edificios, árboles o montañas que lo tapen. Aún es más bonita, por excepcional, la salida de la luna, justo en la proa. Todo ocurre casi al mismo tiempo, uno se va y la otra aparece, dos astros condenados a no verse nunca. Es una luna llena, gigante y amarilla que va empequeñeciéndose y perdiendo su color a medida que pasan los minutos. Entonces aparecen las estrellas. Es imposible ver más. El mejor telescopio estaría en medio del océano, donde la Vía Láctea es más blanca que nunca.

La noche se instaló y con ella una sensación de aún más vulnerabilidad, y de más belleza. Hay que turnarse, unos duermen y otros patronean. Es el momento más tranquilo, especialmente ese día de primavera, cuando el viento cayó hasta una brisa imperceptible en medio de la noche. Ya no se veía tierra, solo alguna que otra luz blanca, verde o roja de otros barcos. Al fondo, varias luces juntas, un carguero.

Entonces aparecen las estrellas. Es imposible ver más. El mejor telescopio estaría en medio del océano

En la ruta por el canal de Ibiza hay una autopista, pero no está hecha de asfalto ni señalada con pintura. Es un camino solo visible en las cartas. Circulan mercantes, gigantes de hierro de los que hay que mantenerse alejados. Cuentan historias de encontronazos nocturnos que ponen los pelos de punta. Siempre hay que estar alerta, incluso en noches tranquilas como ésa, siempre en guardia porque ellos van mucho más rápido que nosotros.

Lentamente, milla a milla, fuimos avanzando ganando tiempo a la madrugada, en un silencio roto por los crujidos del barco, que tiene mil sonidos diferentes, y el rumor del mar. Tocaba dormir un rato para poder ver el amanecer, que llega frío y por la proa, con la costa de Ibiza al fondo.

Es un silencio roto por los crujidos del barco, que tiene mil sonidos diferentes, y el rumor del mar

Rodeamos Formentera y a sus 7.000 persone, dejando el faro de La Mola a babor. El retiro perfecto. Pasada la menor de las Pitiusas, en los Freus, el pequeño canal que se forma con Ibiza, entró al fin viento pero volvió a caer con un nuevo anochecer. Parecía que no íbamos a llegar nunca.

Ma, el imprevisible Mediterráneo nos reservaba una de sus sorpresas y a la una de la mañana algo cambió. Las luces de los otros barcos ya no estaban quietas, se movían rápidas. Iba a entrar viento. Molto. Y nos pilló desprevenidos, dormidos y cansados. Ahí llega la lección de la autosuperación.

Iba a entrar viento. Molto. Y nos pilló desprevenidos, dormidos y cansados

Hay que intentar domar las olas y aprovechar el viento, sacar la energía de un cuerpo cansado y maltratado por la falta de equilibrio. No hay tiempo de contemplar estrellas ni de charlas nocturnas, la adrenalina se adueña de la situación. Así pasamos los últimos momentos del viaje antes de llegar, con el amanecer, un San Antonio, y aprendimos la última lección. Dopo 40 horas embarcados, malcomiendo y maldurmiendo, la naturalez te pone a prueba y la fuerza sale de algún lugar de ahí dentro. Siempre se puede.

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