Despacio

Saludaron con una mano, sin abrazos, lentamente. Sin alardes ni intentos de crear lo no creado. Subieron a los coches y comenzaron a viajar. Andaban sin tropiezos ni carreras. Escuchaban. Miraban más que hablaban. Johannesburgo les era nueva, sin pasado. Eso me llamó la atención, no viajaban ellos y sus cincuenta viajes previos que diseccionar en cada pausa de movimiento que ellos ya descubrieron el mundo y ahora sólo lo están repasando. Parecían querer vivir todo sin que los otros se dieran cuenta, como si fueran capaces de viajar hacia dentro, algo ya tan lejano en nuestros tiempos.

Como si fueran capaces de viajar hacia dentro

Y luego el grupo fue haciéndose. No era un viaje fácil, miniera, en el que guiaba con ausencias de palabra y compromiso. Pero toda aquella madeja de sensaciones se iba desanudando, despacio, entre nieblas que inventaban fieras y contorneaban la figura delgada de los árboles del invierno africano. Y ellos allí, dispuestos a ver, iban recibiendo la recompensa de los tiempos bien llevados. Yo creo que lo aprendí de ellos más que con nadie, las cosas aparecen sin buscarlas, algo de lo que yo teorizaba con tanta facilidad como me era difícil llevarlo a cabo. Despacio, despacio.

Y comieron en mi casa como amigos lejanos que se iban acercando y escuchamos tambores y timbales y las dunas se hicieron pequeñas en unas islas de palo y vimos leones en un parque soñado y lavamos nuestros cuerpos en la piel de los otros y paseamos sin rumbo cerca de un lago en el que el pez lo comimos con las manos. Y entre medias paso todo y de todo, que nunca en aquella ruta que es la tercera vez que la hacía pasaban tantas cosas en mi entorno. Era como si todo tuviera respuesta porque nada era preguntado. Y el sol se levantó con nosotros y, cosa de hacerlo todo tan lento, siempre nos estuvo esperando.

En algún lugar perdimos dos años

Y en Cuamba dormimos en casas particulares destinadas a los ministros y en hoteles de alambre y tras un tren que se modernizó para condenarlo a lo mundano llegamos a esa isla sin tiempo donde acababa todo lo andado. Y yo los miraba y recordaba entonces tanto vivido y pensaba que en algún lugar perdimos dos años. Y ellos, lentamente, me contaban que entraron en una Iglesia en la que oyeron un canto y luego, cuando el gallo hinchaba el pecho, estábamos el día de después allí cantando canciones infantiles de su tierra frente a un coro de miradas que no eran otros que las gentes del lugar.

Porque nunca viajé con un grupo, y siempre lo hice con gente admirable, que se interesara más por los otros que ellos sin necedidad de demostrarlo. Despacio. Sin alardes ni excesos. Comiendo en el suelo en barracas, paseando por poblados o sentados en los bancos de una iglesia donde iban no por creencias en Dios sino en los hombres. Y así llegó la noche de la despedida y tuvieron el detalle, de esos que valen varios suspiros, de regalarme un cuaderno con dibujos y palabras. De agradecer 20 días de auténtico viaje. Lo hicieron con tanto cariño que guardé mucho de lo sentido para no abrumarlos con mis prisas ni demostrar mis calambres. Creo recordar que yo hablaba y ellos sonreían con esa generosidad propia de  quien entendió que despacio los tiempos del ayer son infinitos. Pesan más. Despacio.

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Commenti (2)

  • Arti I

    |

    Me gustó ese viajar hacia adentro, el otro viaje no me interesa.

    Magnífico relato Javier, grazie.

    Abbracci

    Risposta

  • Laura B

    |

    Maravilloso post. Poesía.
    Brandoli, llegas a las emociones así, sin pasar por la aduana de la razón. Affronta

    Risposta

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