Harlem: una noche con Marjorie

FÜR: Diego Cobo (Text und Fotos)
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La primera vez me tiró la puerta a las narices. die zweite, susurró un amable “come in”. La tercera comenzó a acariciar el piano. Ein Marjorie Elliot no le gusta que la molesten en su tiempo de trabajo, que parece inflamarse momentos antes de cada actuación en el salón de su casa, un inmenso edificio antiguo de la avenida Edgecombe, IN Harlem.

Apenas son las cuatro en el otoño neoyorquino, pero parece que fuera mucho más tarde. Las fachadas que se ven desde el salón, donde ahora Marjorie se acaba de sentar al piano, aún se ven doradas: una débil luz azul la destaca. Entra el dulce canto de una flauta. Poco después se une el arpeo de un contrabajo. Y comienza la función. “Buenas noches”, repite ella.

Desde que muriera su hijo en 1992, ella decidió que el mejor modo de conservar su recuerdo era honrarle con música

Marjorie debió de nacer en los años 30, aunque su edad exacta es un misterio. Su marido nació en los felices años veinte, pero ella debió de hacerlo en plena depresión, algo que los adeptos al lenguaje del destino, podrían relacionar con claridad. Si Marjorie está ahora, en este ambiente, con esta gente y este tono, se debe a la tristeza: desde que muriera su hijo Phil un domingo de 1992, ella decidió que el mejor modo de conservar su recuerdo era honrarle con música. Más de veinte años después, con otro hijo fallecido -en 2006- y el nombre del marido, también fallecido, encima de su piano, ha congregado a cerca de 50 Die Menschen.

El público se agolpa sentado y apretujado en el salón, en el pasillo y en la cocina. Marjorie, enfundada en un vestido largo, está en una esquina. Sus músicos, como protegiéndola, tocan cerca de ella mientras el cielo comienza a sombrear y los disparos de luz que vienen del techo, aunque con la misma intensidad de antes, la destaca aún más.

Rascar el cielo es la misión de esta mujer de pelo dorado y una piel que disimula la incógnita de su edad

En este apartamento de un edificio inmenso, donde cincuenta domingos al año se celebra un concierto con aires místicos, sorprende todo. Desde que a los primeros visitantes que llegan aquí y a los que Marjorie abre la puerta hasta que se despide entre aplausos y agradeciéndole a Dios la presencia de todo el mundo, ha pasado más de una hora en la que han entrado músicos, han salido, se ha cantado y se ha escuchado un silencio solo roto por los agudos sonidos que dispara Marjorie desde su taburete. Los músicos, que se van intercambiando, saben interpretar su papel: aunque rascar el cielo es la misión de esta mujer de pelo dorado y una piel que disimula la incógnita de su edad, ellos la ayudan a elevarla para lograrlo.

Entre medias se han oído los mismos himnos religiosos que en las iglesias y las mismas melodías de jazz que en el metro: una mezcla de jam session con ráfagas espirituales que hacen de esta experiencia un lugar con una energía especial en un barrio, Harlem, con una tradición donde Duke Elllington der Louis Armstrong hicieron historia.

Su seriedad me asustó: una seriedad que no era tristeza, sino algo más profundo

Resulta difícil de creer que algo se tome tan en serio, pero cuando en cualquier momento de la melodía coinciden en un mismo punto la memoria, las raíces y la pasión, es como si Marjorie no necesitara nada más. Su seriedad me asustó: una seriedad que no era tristeza, sino algo más profundo donde parecía que se jugaba algo más que la memoria de sus hijos o de su marido. Quizá su propia vida.

A la solemnidad de estos conciertos de domingo que no ha interrumpido nunca -ya nevara, ya hiciera ese calor asfixiante propio de Nueva York en verano- se llega sin previo aviso. Nada de entradas ni de gran popularidad. Ni de señales ni carteles. En el portalón de hierro forjado de la avenida Edgecombe, quien llega aquí por alguna secreta -cada vez menos- recomendación, lo primero que hace es comprobar si efectivamente ese edificio es el lugar de la liturgia. Cuál será el piso, cómo abrir la puerta y cómo subir las escaleras: no hay indicado nada.

A la solemnidad de estos conciertos de domingo que no ha interrumpido nunca se llega sin previo aviso

Hora y media después de abrir esa puerta, cada uno con sus propios medios (unos llaman, otros esperan, otros se darán la vuelta) suenan los últimos compases en los que Marjorie se levanta del taburete y comienza a agradecer su presencia a los espectadores. En realidad se desgañita agradeciendo al público que haya abarrotado su casa de Harlem en un tarde fría pero soleada, algo que me sorprende porque la primera vez que toqué la puerta de su apartamento me tiró la puerta a las narices, la segunda dijo un tímido “come in” y al finalizar, las prisas que llevaba tampoco le dejaron ni un minuto para hablar: su trabajo es demasiado serio como para interrumpirlo por nadie.

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