Hegoaldeko Etiopia: hildako begiraden tribua

By: Javier Brandoli (Testua eta argazkiak)
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En el sur de Etiopía los tiempos mienten. Las gentes son de cuerda y rama seca y sus cabellos hojas de banano. Sus miradas, infinitas, se fabrican en ojos muertos en los que fermenta la tierra mojada, lokatzetan. En el sur de Etiopía los campos trepan al cielo y en sus bosques frondosos se esconde miedoso el espanto. Y se escuchan voces y lenguas de otros tiempos y en las sombras de las personas se adivina la felicidad del llanto. Porque aquellas gentes que sobrevivieron al futuro esquivándolo mecen la vida con el orgullo de sentirse lejanos, muy lejanos.

Ojos muertos en los que fermenta la tierra mojada

Y entonces uno se encuentra con la tribu de los dorze y sus casas de bambu que las termitas encogen sin piedad hasta igualar el techo con el baño. Son casas con forma de elefante, altas como el viento, que sobreviven a la ruda montaña. Y allí viven ellos, en una cuesta perenne en la que las mujeres cargan leña y agua en sus hombros de palo. Y los niños juegan con el extranjero a juegos con reglas que no se inventaron. Y los hombres pastorean mortajas de ganado.

Para entonces deambulamos por prados de piedra verde y nos perdimos por pasillos de hojas que nos llevaban a una catarata de vaho. El agua es allí lluvia que se desliza por las rocas de abajo a arriba para no perderse.

Y nos fuimos y dejamos aquel pueblo de hombres y mujeres que se escondieron del tiempo camino de Arbaminch y sus dos lagos con la sensación de haber llegado ayer a nuestra cita.

Ez zuten gizonak edo piztiak, parecían moldes de arcilla

Eta egun batzuk geroago Konsora jaitsi ginen eta ustekabean Samai ezagutu genuen.. Taberna landa batean eseri ginen inoiz pentsatu ez nuen mamuak agertu zirenean. Ez zuten gizonak edo piztiak, itzalik ozta botatzen zuten buztinezko moldurak ziruditen. Eta Konsoko jende guztia inguratzen hasi zen eta mamuak begiratzen zenituen bitartean.

Y aquellos hombres y mujeres de la prehistoria no hablaban con la boca lo hacían con los ojos. Nunca vi mirada así en un humano. Parecían los ojos de un muerto o de una hiena. Y recuerdo también sus cabellos inertes como ramas de acacias. Y entonces pasó una anciana con su pecho escurrido colgando de la garganta y la cabeza doblada hasta la cintura. Por su figura pareciera que tenía cien mil años. Y todos callaban y se apartaban del paso de aquellas sombras. Y yo no fui capaz de sacar mi cámara para no molestar mis vergüenzas y miedos.

Y luego nos fuimos a las montañas a ver a las gentes de Konso. Pasamos por un mercado donde millares de personas vendían aliento y compraban sangre. Y visitamos una zona de estructuras de arcilla en forma de flecha en la que nos rodearon decenas de sus habitantes que nos pedían que les diéramos hasta la bilis. Era gente muy humilde que se conformaba con un puñado de hojas de pino o un trozo de piedras o alambres.

Millares de personas vendían aliento y compraban sangre

Y visitamos una villa en la que se nos encogió la lengua hasta no poder articular palabras. Recuerdo la imagen de una niña de unos cinco años a la que las lombrices le hinchaban el estómago y le vaciaban el alma. Las casas eran cercas de piedra y madera para resguardar la vida sin distinción de animales y humanos.

Entonces pasamos por un extraño club de hombres. Había unos ancianos vestidos con harapos tumbados sobre unas rocas. Eran padres que debían separarse de sus mujeres en el primer año tras el parto. No pueden vivir con ellas por mandato divino y su labor es enseñar a todos los chicos de 12 bat 18 años del poblado, que también son separados de sus padres, la milenaria cultura de sus ancestros. Así generación tras generación sin permitir que nada mude su estricto orden de las derrotas y el hambre.

Sin permitir que nada mude su estricto orden de las derrotas y el hambre

Y entonces te enseñan la piedra sagrada de los juramentos donde se dirimen mentiras y verdades. Allí van los konso a jurar que han hecho o no han hecho bajo la observancia de los mayores. Lo que allí se diga se da por bueno porque el hombre no inventó mayor castigo que esa roca: “Si mintió en el juicio jurando sobre la piedra morirá en menos de una semana”, nos dicen con lógica de más allá de nuestra mente. “Ya ha pasado”, nos confirman.

Y dejamos también a los konso con algo de tristeza y respeto por sus costumbres. Tristeza por ver más pobreza que en otros lugares y respeto por entender que defienden hasta la muerte su legado.

Fue ese el final de Etiopía. Fue en Moyale, la ciudad de la doble frontera donde dormimos en un agujero por el que no corría el aire. Ya el domingo nos fuimos a la aduana donde policías y funcionarios canallas nos robaron para dejarnos ir 20 dólares y dos horas de nuestra vida. Fue entonces cuando miramos el calendario y nos dimos cuenta que nos debían mil años.

 

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Comments (1)

  • Ann

    |

    Stunning

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