Mezcla en el Lower East Side

Da: Javier Brandoli (testo e foto)
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Un buen tipo, Sergio Rozalen, que lleva más de dos años en Nueva York me dijo que la zona donde estábamos alojados era para los neoyorquinos insulsa por carecer de un carácter propio. Me lo dijo mientras tomábamos unas cervezas allí, en un bar restaurante que mezclaba a la perfección lo nuevo y lo viejo, y nos íbamos luego a cenar a un vietnamita cercano que él conocía. Ambos sitos eran fantásticos. Lo insulso para ellos a mí me empezaba a gustar.

Hablo del Lower East Side, la zona que tras 16 días seguidos pateando NY me pareció a mí, que no soy neoyorquino, el barrio más interesante de la ciudad. Lo era por sus cuidados cafés, decorados con aire rústico de ciudad, donde nuestros desayunos se mezclaban con ese cúmulo de nacionalidades y rasgos que identifica la urbe. Por sus tiendas sin marcas pero de diseño, por sus calles mezcladas de latinos, afroamericanos y orientales divagando por las calles en esa clase media-baja propia de la Gran Manzana, por sus bares de música sin pretensiones donde se soplaba en los altavoces, y por sus parques donde se jugaba al baloncesto sin aro ni balón. Era tan moderno y cuidado, como viejo y metido en un saco de olvido.

Era tan moderno y cuidado, como viejo y metido en un saco de olvido

Mi barrio, junto a la ya más cuidada y pegada zona de Nolita, me parecía un lugar vivo, en pleno cambio, perfectamente ubicado: entre Chinatown, Little Italy y el East Village. Cerca de todo, con metro en el que perderse a mano, colgando del puente de Williamsburg, a pie con ganas del distrito financiero o de esa 5 avenida que te lleva hasta Central Park. Me gustaba sus calles, su atmósfera. Es el lugar en el que yo viviría si fuera un newyorker más al que devora la ciudad.

Dove mangiare:

Il Schillers era un bar de azulejo, espejos y sillas flacas de metal. Todo estaba perfectamente descuidado. Sus baños merecían ya casi una visita: una gran pileta de cerámica como del siglo pasado con grifos de hierro estaba en la zona común de mujeres y hombres. Un sitio que hacía actual lo viejo y de muy buena comida de toque norteamericano. Hamburguesa y calamares fritos, buenas opciones.

A esta taberna griega, Souvlaki, se le perdonaba que no tuviera musaka. Sus carnes, que es una de las especialidades que aprendí en Grecia que este país hace de maravilla, eran excelentes. Sus pitas y kalamakis eran especiadas y sabrosas.

El Italiano Sauce, en la calle Rivington, se ha convertido en emblema por sus espárragos con huevo y parmesano. Desde entonces intento hacerlos en casa y no hay manera. Nizza, muy buenas pastas caseras y una completa carta de vinos.

Il Anchoi, ese al que me llevó Rozalen, es un vietnamita que parece trasladado del mismo Hanoi. Piccoli, simpático y abre hasta tarde. Su comida es fabulosa y muy auténtica. Sus Rolls y Bun, eccellente. Repetí.

Il Yunnan Kitchen es un fabuloso restaurante chino, de comida moderna, algo fusionada, y decorado en un estilo totalmente neoyorquino. Sitio especial, romántico y moderno a la vez, donde pasar una gran velada. El mené degustación nos encantó.

Para acabar con este recorrido de comida planetaria metido en un solo barrio, il Charrúa, uruguayo con algunos toques españoles, nos pareció un sitio desenfadado y agradable. El punto es que además de tapearse bien, hay que comprar el vino en una licorería que hay cerca, lo que te ahorra unos cuantos dólares de los cargados precios del vino en los restaurantes de NYC.

Algo distinto

Por si te apeteciera ir al lugar donde Sally le fingió el famoso orgasmo a Harry, puedes ir al conocido Katz´s Delicatessen. Por allí han pasado muchos famosos con los que los dueños se hacen sus respectivas fotos, incluido por lo que se ve con frecuencia Bill Clinton, en un local que abrió en 1988. El cinematográfico sitio es famoso por sus salamis. Los camareros llevan camisetas donde explican que los envían a sus chicos, que no son otros que los soldados estadounidenses. Probé uno de sus afamados sándwich y me pareció tan grande como malo, pero el sitio es un estrafalario emblema y un divertido museo.

Los helados de Morgenstern los descubrimos tras una enorme cola de gente que esperaba pacientemente en la calle. Decidimos probar y no sé si nos sorprendió más el original vendedor, el sistema de entrega o, corso, su cantidad de sabores. Lo cierto es que estaban muy buenos, merecía la pena la espera. Siempre hay gente.

Dove dormire

Nosotros alquilamos con AirB&B un apartamento 13 días que por la calidad y tamaño valdría en cualquier lugar del mundo menos de 100 dollari a notte, allí costaba 160. Para NYC conseguimos alojarnos el algo bastante barato.

Luego estuvimos en el hotel Orchard Street Hotel, una especie de moderno lugar, de filosofía low cost, que costaba buscando en web unos 230 dollari a notte. Los cuartos son funcionales y limpios pero muy pequeños.

Para la noche

Corso, obligado, il Rockwood Music Hall. Es un lugar de conciertos de gran calidad. Una sala pequeña en la que luego quedarse también tomando una copa post actuación.

Pegado al Black Cat, en la calle Rivington entre Clinton St y Ridge St, metido en los típicos bajos de NYC, perdón que no recuerdo el nombre, hay un pub en el que se reúnen por las noches los perdedores y tribus urbanas de entre 18 e 80 años del barrio. Me gustaba el lugar por su camarera de pelo rojizo, brazos musculados y botas militares, y por esa turba de personajes que nos acomodábamos en su barra, mientras se escuchaba algo de punk, viendo un partido de la NBA en el televisor.

Il Hair of the Dog es un bar para veinteañeros y universitarios, muy propio de esta parte del barrio, en los que eso sí te queda el consuelo si se te pasó la edad de saber que es de los últimos que permanece abierto. También dan comida.

 

 

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