Helsinque, orden frente al Báltico

Para: Daniel Landa

La ciudad es limpia como el frío, como las estelas de sus barcos y el cristal de sus acuarios. Helsinki mira al mar. Está situada frente a al golfo de Finlandia, un brazo del Báltico, cuyas aguas tienden a congelarse cada invierno.

Nosotros llegamos en otoño, después de alcanzar Cabo Norte y aquello nos pareció un verano, no tanto por la temperatura sino por la actitud de los finlandeses. Los mercados poblaban las calles frente al puerto y junto a la Catedral de Helsinki, descansaban el paso los mochileros a la luz de la tarde. La gente salía a las terrazas de los cafés, algunas dispuestas sobre la cubierta de los barcos y los parques eran frecuentados por pelirrojas leyendo historias de amor al atardecer o señoras paseando perros o ciclistas dando vueltas a sus vidas bajo los árboles de hojas encendidas. Tiene algo de bucólico Helsinki, de cuento de hadas nórdicas o de duendes o de trolls o de que sé yo, pero a mí me pareció una fábula!

Los hombres comparten esa forma de andar sin hacer ruido, ese sigilo atípico en una capital.

Tiene excentricidades como todas las capitales europeas. La iglesia de la Roca o Temppeliaukio Kirkko -que son ganas de poner nombres raros- está enterrada bajo el suelo, mas 180 ventanas dejan entrar el sol desde el cenit. Também, es posible visitar en la capital de Finlandia peces del mar Rojo en un acuario que le aleja a uno del sabor a salmón. Allí nadan los tiburones con la misma parsimonia con la que navegan los ferries en el puerto llevando a los turistas entusiastas por las costas más destempladas de Europa.

También acudimos a la fortaleza de Suomenlinna -otro nombre fácil- donde los cañones apuntan a una época en la que los rusos eran una amenaza. Hoje, todo se contagia de una especie de candor plácido, donde hasta las guerras de antaño parecen civilizadas.

Helsinque, em última instância, destaca por su orden. Sucede en otros puntos de Escandinavia, donde los hombres comparten esa forma de andar sin hacer ruido, ese sigilo atípico en una capital. Los centros comerciales hacen olvidar el invierno y los tranvías apaciguan el tráfico. Allí donde los taxis son barcos y las avenidas no entienden de urgencias, el mundo se mueve con mayor suavidad.

Talvez por isso, los finlandeses se beben la noche a trompicones, porque este orden a veces resulta insoportable.

 

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