Джейн Фэйлс, Полинезийские акварели

По: Лаура Berdejo (Текст и фото)
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“Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo. Chapoteaba un pesquero a un kilómetro de la costa cuando, вдруг, rasgó el aire la voz llamando a la Bandada de la Comida y una multitud de mil gaviotas se aglomeró para regatear y luchar por cada pizca de comida. Comenzaba otro día de ajetreos. Pero alejado y solitario, más allá de barcas y playas, estaba practicando Juan Salvador Gaviota”.

Yo tuve un novio que copió, palabra por palabra, primero con armonía y esmero y luego, a medida que avanzaba, con más descuido y precipitación, con un boli azul y unas aes que él hacia abiertas y vueltas a cerrar como ríos con meandros, todo el cuento de Juan Salvador Gaviota, lo metió en un sobre, los folios doblados sin la simetría a la que un taco de hojas semejante puede aspirar, y me lo dio como prueba de amor, con una mezcla de desnudez y orgullo que aún tengo clavada en el esternón.

Затем, es preciso indicarlo, no era novio, no sé si algún día lo fue, pero qué más dan las palabras que llaman a una cosa peligro y a la misma cosa placer.

Resulta que al día siguiente de la entrega del relato, poseída por un espíritu maléfico, se lo tiré a la cara y luego el manuscrito desapareció. O se lo quedo él, o me lo quede yo, o se quedó en algún lugar de la habitación. No recuerdo porqué le tiré Juan Salvador Gaviota a la cara con esa furia, la historia de ese pajarraco que entonces me pareció ridícula y que muchos años después volví a leerme con tal fascinación que la primera frase viene a mí casi todos los meses, en un sentimiento que puedo llorar perfectamente de agua salada y el brillo del sol.

En un sentimiento que puedo llorar perfectamente de agua salada y el brillo del sol

Quería utilizarla para empezar a hablar de una excursion que hice, hace tiempo, a un punto alejado de una isla del Pacifico donde los amaneceres caían del cielo al mar con una combinación de contundencia y tranquilidad estremecedora. El nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo todas las mañanas y el lugar se llamaba Jane’s Fales, “los Fales de Jane” y era una posada a un metro del océano. Consistía en un grupo de cinco o seis fales, unas casas sin paredes que proliferan en el archipiélago samoano de cuyos tejados, В этом случае, caían unas telas con flores, que quedaban desperdigados por una playa de arena blanca con algo de vegetación aquí y allá y, a unos escasos diez pasos, el agua azul más clara que yo había visto nunca. El pie, una vez ahí dentro, se veía igual de pie que fuera del agua, y los peces proliferaban y hacian cosquillas a dicho pie, a veces acompañados por unos tiburones pequeños y otras veces organizados en bancos que se movian orquestados por un capitan invisible como manchas de tinta en el mar.

En un fale más grande, прямоугольный и без боковой ткани, Джейн подала завтрак каждое утро, когда лучи восходящего солнца распространялись по поверхности воды. Остальная часть дня была роящейся: гулять по пляжу, ходить в церковь, ищи крабов-отшельников и забери их дом, чтобы посмотреть, как они ищут другого, или посиди в интернет-кафе, чтобы поболтать со швейцарской парой, которая оставила все, чтобы поселиться в окрестностях Джейн.. Él había sido en Zurich un adinerado gerente de marketing y cambió su cargo con responsabilidades y billetes de primera clase por las zapatillas de esparto y ella no recuerdó qué había dejado pero tenía una camiseta roja, un cutis estropeadisimo por el sol, el pelo rubio por arriba un poco quemado, y la mirada más relajada que yo he visto en Suiza.

cambió su cargo con responsabilidades y billetes de primera clase por las zapatillas de esparto

Una mañana me levanté y cuando fui a desayunar no había nadie, ni Jane. La noche anterior habia habido música en la posada y quizás la jefa y los suyos se habían acostado tarde y tardarían un rato largo en aparecer. Yo tenía mucho hambre, no había tiendas y no tenía nada que comer, ni una galleta. Me senté en la mesa de madera grande. Vi aproximarse a los aires europeos de la insatisfacción y el “Hhmmmm, ¡Desde luego!… nadie para atender, qué vergüenza”, mantuve un poco el enojo (y el enojo del hambriento es terrible) a una distancia prudente, y miré al cielo, donde el sol pintaba unas nubes aisladas y finas. En un momento de resignacion y puesta en libertad de la mirada, entre el cielo y yo, atisbé un platanero. Y en el platanero, amarillos y tirantes, vigorosos y brillantes, unos platanos ahí, a la sombra, recien florecidos, preparados para comer. En mi afan de buscar justicia no la había visto.

Iba por el tercer plátano cuando apareció Jane (Продолжать)…..

 

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