The Great Ocean Road: conduciendo sobre el océano

Por: Álvaro López (texto e fotos)
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Quedé en no volver a desesperarme cuando me encontrase encerrado en un atasco o cuando el camino no me aportase más que nimios kilómetros de asfalto. Me dije que me lo recordaría mientras tomaba curvas sobre el mismísimo océano bordeando la costa sur australiana a través de la Great Ocean Road. Creo que recorrer aquellos kilómetros compensó tedios pasados y futuros. Habíamos cumplido uno de nuestros sueños más remotos, más intensos: llegar a Australia. Lo hicimos procedentes de Indonesia por Adelaida y saldríamos, 5000 kilómetros más adelante y un mes más tarde, por la ciudad de Brisbane.

La carretera más famosa de Australia hace debatirse entre dos opiniones sobre cuál es la mayor de sus virtudes. Con seguridad antes de 1919, cuando algunos territorios del sur eran casi inabordables, la utilidad de la carretera se defendería como el mejor de sus méritos. Y hay que convenir en que lo es.

Habíamos cumplido uno de nuestros sueños más remotos, más intensos: llegar a Australia

Pero una vez asumido que a estas alturas podemos llegar en coche a casi cualquier sitio, empieza a ganar enteros su plasticidad sobre su utilidad. E si, la Great Ocean Road podría tener su némesis en otras espectaculares rutas que bordean costas en todo el mundo. Se me vienen a la mente la autopista nº1 americana, pisando el Pacífico y California casi al mismo tiempo, o la ruta que bordea la costa Amalfitana en la occidental región italiana de Campania. Pero creo que hay pocos caminos tan atractivos en el mundo como éste, que fue construido por ex combatientes de la Primera Guerra Mundial.

La GOR, como también es conocida, recorre 240 km por la costa sur australiana y, aunque no queda muy claro cuál es su comienzo o su final, puede establecerse que conecta las localidades de Warrnanbool e Torquay, ambas pertenecientes al estado de Victoria.

Creo que hay pocos caminos tan atractivos en el mundo como éste

Pensar en la GOR te lleva inconscientemente a recordar el perfil de los doce apóstoles, una serie de dramáticas formaciones rocosas que, producto de cientos de miles de años de erosión, han desembocado en una de las imágenes más reconocidas y fotografiadas de todo el continente. En realidad sólo quedan nueve rocas, lo que da muestra de las condiciones a las que están expuestas. Algunas han caído por efecto de las fuertes tormentas. Estas rocas, bañadas siempre por olas impenitentes, parecen querer decirnos que lo habitable acaba ahí, que si queremos mirar más al sur, debemos imaginarnos la Antártida. Pero eso sí, la naturaleza nos recompensa con una imagen casi onírica que alcanza en el atardecer su máxima expresión con ese manto de agua y roca estratificada bajo el caprichoso tono de colores del cielo.

Pero no hay duda de que hay mucho más en esta ya casi centenaria ruta que homenajea en una de sus entradas a sus 3.000 valientes constructores y sirve como tributo a todos los caídos de la primera gran guerra. Esta carretera atraviesa zonas que compiten en belleza y riqueza. Viñedos, granjas, pueblos exportadores de marisco y playas donde su famoso oleaje las ha convertido en centro de famosas competiciones de surf, ese deporte en el que el australiano piensa las 24 hora. La más renombrada de esas playas es Bells Beach, a la que llegamos dejando atrás el pueblo de Torquay, cuando uno ya empieza a otear la multicultural (y sensacional) ciudad de Melbourne.

Pensar en la GOR te lleva inconscientemente a recordar el perfil de los doce apóstoles

Entrar en Bells Beach es como cuando un debutante entra al Bernabéu o a San Siro. O quizá a Maracaná. Es como entrar en un recinto sin moderación, muy grande para asimilarlo a primera vista. Una gran alfombra de arena oscura, escoltada por esbeltos acantilados y espesa vegetación a un lado, y al otro el bravo océano que los surfistas burlan con destreza.

Durante el paso por la GOR es además frecuente toparse con bosques de eucaliptos y extensos campos donde admirar koalas, canguros y otros exóticos animales mientras se atraviesan interesantes sitios como el magnífico Cape Otway, Bay of Martirs, Port Campbell o la impresionante cala de Loch and Gorge…

En muchos pueblos australianos nos sorprendimos al ver que es costumbre saludar a los desconocidos

Pero queda lo mejor. Sus pueblos. Sus gentes. Conducir sabiendo que tras algunos kilómetros te esperan lugares como Lorne, Anglesea o Apollo Bay resulta más reconfortante aun. Unha delicia. Estos pueblos, que como muchos de los que hay en Australia, huelen siempre a hierba recién cortada, te reciben con sus playas inmaculadas, sus atractivos cafés y sus (moi) amables lugareños. En muchos pueblos australianos nos sorprendimos al ver que es costumbre saludar a los desconocidos, incluso en localidades grandes. Bravo por ellos.

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