Elogio de las fronteras

Para: Ricardo Coarasa (texto e fotos)
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Me gustan las fronteras. Son la constatación de que el mundo no se acaba, de que quedan más caminos que recorrer. Siempre que llego a una tengo ganas de cruzar al otro lado. Cuesta darles la espalda, verdade, pese a que los administrativos se hayan adueñado de ellas y se empeñen en convertirlas en simples aduanas, qué poca consideración. Sua, geral, un libro abierto que perfila la ideosincrasia de sus gentes y anticipa los paisajes de su geografía. Hay una pedagogía de las fronteras, sim. Algunas explican a las mil maravillas la estupidez humana; otras sestean en lugares remotos, indiferentes al mundo que les rodea, deliberadamente ausentes; unas pocas se siguen vigilando estrechamente por afrentas pasadas que parecen ridículas y, en un puñado de afortunadas, sólo se escucha el rumor de un río o el aullido del viento.

Es verdad que llegar a ellas es, freqüentemente, tropezarse con plenipotenciarios del sello oficial y aprendices de reyezuelos de ínsula Barataria y que, ao seu redor, proliferan los pelajes de buscavidas y embaucadores, pero no es menos cierto que en pocos lugares como en las fronteras late la vida con mayúsculas: la vida que dejas atrás y, especialmente, la que tienes por delante. Nada más emocionante que cruzar esa raya.

Algunas explican a las mil maravillas la estupidez humana; otras sestean en lugares remotos, indiferentes al mundo

Mi primera frontera la crucé a pie siendo un niño. Mi padre me señaló unos mojones de piedra en plena montaña, em Pirineus oscense. «Eso es Francia», escuché perplejo. Y caminé apresurado unos pasos que, en unos segundos, daba ya sobre otro país. Me pareció mágica esa facilidad para traspasar líneas en los mapas, cuando la Europa unida era todavía un sueño de locos. Desde então,, I, me gustan las fronteras.

Y eso que las que he conocido después no tienen nada que ver con ese bucólico recuerdo infantil. E Namanga, entre Kenia y Tanzania, estuvieron a punto de robarme los pasaportes. La mama, oronda y de aspecto bonancible, no despertaba ningún recelo, y se ofreció a tramitarnos el visado a cambio de diez dólares. Era mi primer viaje a África y no me hacía preguntas. A juzgar por el pandemónium que se adivinaba en el puesto fronterizo tanzano me pareció un precio razonable para ahorrarnos ese guirigay. Pasada media hora, me empecé a preocupar. Me acerqué al mostrador, en realidad un jolgorio de manos al aire y cuerpos sudados. De pronto me pareció escuchar mi nombre. A duras penas me abrí paso hasta la primera fila y rebusqué entre los pasaportes repartidos por la barra hasta que encontré los nuestros. De la amable mama no había ni rastro. Al menos los había entregado a los oficiales de Inmigración.

Mi primera frontera la crucé a pie siendo un niño. Mi padre me señaló unos mojones. «Eso es Francia», escuché perplejo

E Kodari, el paso del Tíbet a Nepal, para conseguir los papeles tuve que perder antes, menuda paradoja, los papeles. Tras haber pagado en Katmandú diez días antes un visado que permitía una segunda entrada en el país, me querían volver a cobrar para estamparme el sello. Entonces terminé protagonizando una de las escenas más surrealistas en las que me he visto envuelto, jurando a gritos en español mi hartazgo y entregándoles de mala gana una foto de mi ahijado de cuatro años para que me tramitaran un nuevo visado. Fue una soberana estupidez que podía haberme costado cara, mas, felizmente, los perpetradores del sablazo eran indolentes hasta para meter en cintura a un turista en delirium tremens. De Kodari, no entanto, recordaré siempre el paso de la frontera a pie, arrastrando las maletas, por un puente sobre la ruidosa cascada que separa Nepal de Tibet, mientras la chiquillada alborotaba a nuestro alrededor como una comparsa festiva.

Algunas fronteras, como la valla que separa Israel de Palestina en Galilea, te producen tristeza. Otras te obligan a contener la respiración: a la vista del imperial castillo de Ivangorod, en la otra orilla del río Narva, frontera entre Estonia y Rusia. No Bósforo, donde la distancia entre Europa y Asia nunca fue tan corta, se percibe la épica de los anaqueles de la Historia, de esos clásicos como Herodoto que dejaron constancia de los 300 azotes que Jerjes ordenó infligir al Helesponto por destruir el puente que los persas habían tendido de una a otra orilla. Pocos castigos tan poéticos como ése.

En el Bósforo se percibe la épica de los anaqueles de la Historia, de Herodoto y de los 300 azotes de Jerjes al Helesponto

En el norte del Tigray, entre un mar de piedras donde Etiopía y Eritrea trazaron su línea fronteriza tras la escisión de la segunda, es difícil entender que ese horizonte árido, aún sembrado de minas, haya costado tantas vidas y continúe siendo objeto de eterna controversia entre los antiguos hermanos de sangre. En el parque ugandés de Ishasha, al sur del lago Eduardo y al norte de las montañas de Virunga, sólo un pequeño río de aguas embarradas nos separaba del Congo. Transversalmente, la selva lo engullía todo, como si no hubiera pasado el tiempo desde que Stanley se adentró en sus entrañas con su pequeño ejército para atravesar África de este a oeste. É, provavelmente, una de las fronteras más agrestes en las que he estado (dejando a un lado Iguazú, ya domesticada como atracción turística) e, apesar de tudo, daban ganar de cruzar a la otra orilla. El irresistible magnetismo de las fronteras.

Sem dúvida, el paso de Argentina a Chile al sur de la Patagonia, por el puesto fronterizo de Carrera Tribunal, ha sido uno de los más inciertos. Salí de Calafate en pleno invierno con oscuros presagios. Nos aseguraron que no lo conseguiríamos, advirtiéndonos de que cualquier contratiempo en la soledad patagónica (un pinchazo, una avería, un tormentón inoportuno) nos complicaría la vida y la posibilidad de conseguir auxilio. Omar, un gaucho reconvertido en remisero, pensaba que era posible. Nos subimos a su coche.

En Cancha Carrera los funcionarios, peleados con la soledad, se entretenían revisando si pasabas con más gasolina de la permitida

Uno de los momentos más imperecederos fue el paso de esa frontera alejada de todo donde las normas de los hombres se antojaban ridículas. Los funcionarios, peleados con la soledad, se entretenían revisando si pasabas con más gasolina de la permitida (una práctica habitual de los conductores de carros argentinos para no comprar combustible en Chile, donde el precio es mayor). Rodeados de la rotunda inmensidad patagónica, a un paso de las Torres del Paine y tras muchas horas de ripio desde Calafate, las ganas de cruzar eran inmensas. Casi como si nos fuera la vida en ello. Y cruzamos.

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Comentários (3)

  • martin

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    Ricardo , hoy me has llevado a Valença , después de cruzar el rio Miño a través del puente de acero que decían lo había diseñado Eiffel ; mi padre comía bacalhau y mi madre compraba toallas ; yo flipaba con las murallas de la fortaleza.

    El Paso de Jama no lo olvidaré jamas y de la frontera entre Malawi y Mozambique poco que añadir….

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  • Ricardo Coarasa

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    ¡Me las pido las dos Martín! Para seguir alimentando esa debilidad para las fronteras… Abz

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  • alicia

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    Gostei…cuantas fronteras, cuantas historias, sin duda al menos para mi, cruzarlas son unos de los momentos más divertidos-desesperantes del viaje.
    Me encanta estar en ellas, observar la gente. Eso significa que uno da un paso más, que aún le queda viaje por delante.

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