Siguiendo el rastro de los samuráis

Para: Daniel Landa (Texto e fotos)
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Cruzamos unos cuantos pueblos feos, impersonales. Japón se repite en las fachadas de los chalets unifamiliares, sin grandes ventanas, ni balcones que se asomen al mar o a las terrazas de arroz. Algunos barrios como el de Gion, en Kioto, o el espectáculo de templos budistas de Koyasan o Kumano Kodo, marcan la diferencia con el tedio arquitectónico japonés.

Otra excepción agradable es la ciudad de Takayama. Aquí nos encontramos con el Japón de ayer. Tiene un puente rojo con el que se da la bienvenida al viajero, un mercado que abre sin prisas, tiene callecitas con alcantarillas por las que corre el agua y gente que limpia las aceras y fábricas de sake que hace doscientos años eran ya fábricas de sake. Cuentan que desde el siglo VIII, esta localidad ha sido prolífica en el arte de la carpintería. En sólo un paseo uno se empacha de madera y casi es posible escuchar el crujido de algunas casas con grandes puertas talladas, tan gallardas como antiguas.

La ciudad está ligada a la leyenda de los samuráis pues éste fue el hogar de una parte de aquella élite de soldados. Hoy se puede visitar una antigua casa samurái con sus espadas y sus armaduras que han perdido ya el lustre de otros tiempos. En Takayama se vive más despacio, la gente monta en bicicleta y hasta nuestro guía parecía afectado por una forma plácida de entender la vida.

Casi es posible escuchar el crujido de algunas casas con grandes puertas talladas

Hida era un tipo tranquilo. Le entusiasmaba acabar el día bañándose en aguas termales. Ésta es una actividad común en todo el país. Hay termas públicas donde la gente acude a relajar el estrés del día y todos los hoteles disponen de un espacio acuático para sumergirte en tus propios pensamientos. Así solíamos acabar todos, nu, disfrutando de un baño caliente en una de esas piscinas naturales. Hida, nosso guia, era amable y servicial, pero en sus respuestas había siempre un poso de duda. En sólo cinco minutos, contabilicé cómo usaba hasta 22 veces la palabra “maybe” (“quizás”), por lo que era difícil tener garantías de casi nada. Para nosotros Hida era Maybe.

En nuestra segunda mañana en Takayama vino a recibirnos Kyoko. Era una mujer menuda a la que no le cabía la sonrisa en la cara. Agitó los brazos para darnos la bienvenida y hablaba en un tono tan entusiasta que llegaba a sobresaltarnos su alegría. Maybe y Kyoko nos propusieron descender el monte Norikura en bicicleta. Admito que nunca me ha seducido pedalear cuestas empinadas, pero en este caso, si se trataba sólo de ir cuesta abajo era diferente. Também, para entender la esencia de una cultura es conveniente salir a conocer su naturaleza. Lo que ninguno de nosotros esperaba era encontrarse con una nevada severa en la cima del monte. Nos abrigamos para combatir el frío recién inaugurado el mes de junio. Pablo montaba un bicicleta, yo otra y Yeray grababa nuestras caras de velocidad durante un descenso que cubría un desnivel de 1.400 metros. Hubiera querido bajar sin contemplaciones, desafiar al viento y arrancar los frenos, pero cuando uno graba un documental, hay que parar tantas veces que en ocasiones se pierde la magia que uno precisamente trata de reflejar.

Para entender la esencia de una cultura es conveniente salir a conocer su naturaleza

El baño caliente de aquella tarde mitigó la sensación de invierno que se nos quedó en el rostro tras el descenso.

Kyoko y Maybe nos acompañaron a una región más alejada, tan poco accesible que en los meses más duros del año queda incomunicada. Desde un mirador vimos las primeras casas tradicionales de Sirakawa-go, llamadas gasshos. Tienen una estructura enorme de madera, con grandes pilares y tejados de paja llegan al suelo, formando triángulos. Maybe nos contó que esa forma triangular se debe, talvez, a la forma de las manos cuando están prestas al rezo, aunque por otro lado es lógico pensar que la pendiente evita peso de la nieve en invierno. Muchas de las gasshos tienen más de dos siglos de antigüedad. Nuestro camino nos situó sin embargo en Gokoyama, una aldea entre las montañas con esas viviendas como de bosque encantado esparcidas por los valles. Lejos de las cimas hacía calor, pero era fácil entender qué clase de intemperies han de soportar sus habitantes cuando se despide el otoño.

Allí la cultura ha quedado tan aislada como los caminos de hielo que no alcanzan aquellos pueblos. Maybe me propuso participar en la fabricación de los noodles tradicionales de esa región. Mi poca destreza culinaria tuvo que servir de almuerzo a mis compañeros de expedición, que después de verse obligados a grabar mi desatino al cortar los fideos, tuvieron, também, que comérselos.

La cultura ha quedado tan aislada como los caminos de hielo que no alcanzan aquellos pueblos.

En otra de las casas típicas -en realidad no hay de otro tipo en Gokoyama- conocimos a un hombre socarrón llamado Shynia. Nos enseñó a elaborar el papel washi, que es con el que se cubren las ventanas y los biombos en todo el país. Un papel resistente que aquel hombre con pinta de ermitaño producía a partir de un compuesto de agua de arroz, flores locales y bambú. Shynia también pintaba las figuritas que el mismo creaba con una paciencia propia de quien vive sin relojes y en la penumbra de aquel estudio nos contó entre risas que tenía sangre samurái. Lo cierto es que muchos samuráis acabaron huyendo o desertando a aquella región de campesinos, cambiando la espada por la azada.

El propio Maybe nos lo explicaba en inglés:

-Aqui, talvez, viven algunos de los biznietos de los samuráis. No se sabe con certeza pero quizás entre esta gente haya descendientes de los samurais. Tal vez la cultura de Gokoyama se haya mantenido por ser un lugar incomunicado durante muchos meses al año.

Gokoyama nunca ha dejado de ser de otro tiempo, nunca ha olvidado a sus samuráis huidos

Y esa cultura incluye, talvez, algunos de los bailes más peculiares de Japón. Un hombre con un sombrero de paja que le cubría el rostro bailaba mientras hacía sonar el kokiriko, una especie de abanico de madera que genera un sonido en cascada. Enquanto, varios hombres mayores tocaban las flautas y los tambores y dos jóvenes danzaban con esa armonía nipona que ya conocíamos. Representaban leyendas, historias que han quedado como en una parálisis atemporal, pues Gokoyama nunca ha dejado de ser de otro tiempo, nunca ha olvidado a sus samuráis huidos y el turismo, si llega, no lo hace con tanta fuerza como para cambiar el ritmo de sus vidas.

Después de un último baño en unas termas municipales, nos alojamos en una gassho para nosotros solos. Kyoko nos había preparado ya la cena, y con gesto maternal nos invitó a sentarnos alrededor del fuego. Rodeamos las ollas calientes, dispuestas en mitad de la estancia y dimos cuenta de un delicioso caldo de verduras. Pronto volveríamos a la rutina de chalets sin gracia y carreteras ordenadas

Cuando nos despedimos a la mañana siguiente, Kyoko volvió a agitar los brazos y Maybe nos estrechó la mano.

Nuestro guía dijo, sin demasiados sentimentalismos:

-Espero volver a veros

“Maybe”, Pensei.

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