Denali, el laberinto helado

Nada más llegar a la localidad de Talkeetna tuvimos la sensación de que el pueblo entero seguía nuestros pasos con susurros. La llegada de unos extranjeros en coche desde el sur de Alaska no tendría nada de particular durante los meses del estío, pero en pleno invierno, aquello representaba sin duda una novedad.

Hicimos una reserva en un motel entrañable, donde servían cervezas al ritmo de una chimenea encendida y el fuego suele invitar a la charla sin urgencias. Contamos a la dueña nuestra intención de sobrevolar el monte McKinley y pasar allí unos días para retratar la atmósfera de un lugar que inspiró la serie “Doctor en Alaska”. Pero no tardamos en salir a comer algo. Entramos en un local donde servían sandwich de pavo y apenas habíamos dado el primer mordisco cuando se aceró el camarero con un teléfono. Nos sorprendió con un: “es para vosotros”

Si queréis sobrevolar el monte McKinley dejad lo que estéis haciendo y corred al aeropuerto-

Escuché una voz que hablaba sin concesiones: “si queréis sobrevolar el monte McKinley dejad lo que estéis haciendo y corred al aeropuerto. Dentro de un par de horas el cielo se cubrirá y es posible que no salga el sol en una semana”.

El camarero retiró los bocadillos al tiempo que añadió cómplice “será mejor que os deis prisa”. Teníamos las cámaras preparadas y corrimos al aeropuerto sin tiempo para preguntarnos cómo nos habían localizado y cómo sabían de nuestras intenciones y quién demonios era ese que… ao final, que llegamos justo a tiempo a una especie de pista de aterrizaje donde esperaba una avioneta. El piloto sonrió, se presentó y nos apremió a subir. Casi por inercia preguntamos cuánto nos costaría el viaje, pero los tres estábamos dentro ya y la avioneta arrancó. O 300$ del vuelo quedaron en el olvido incluso antes de despegar. Se impuso la emoción de sobrevolar uno de los mayores parque naturales del mundo.

Denali significa en la lengua ancestral de los athabascan “El Alto”, y el más alto de los perfiles que aquellos indígenas podían contemplar en Alaska era el monte McKinley. Así pues el pico más alto de Norteamérica da nombre a uno de los mayores parques naturales del continente.

Es sombría y hermosa su estampa, como una mujer fatal a la que da miedo acercarse, pero de la que no puedes apartar la mirada.

Desde el aire sentí que la belleza de aquel lugar radicaba en su temperamento, su carácter hostil para los humanos. Dicen que el punto más frío de la Tierra se encuentra en la cumbre del McKinley, que alcanza los -100ºC en invierno. Pero la imagen de la cordillera que lo rodeaba no era menos agreste.

Las paredes verticales se alternan con los glaciares y más allá las agujas blancas de otros montes, otros infiernos helados para el ser humano. Hielo por todas partes, grietas azules o rocas gélidas. Es sombría y hermosa su estampa, como una mujer fatal a la que da miedo acercarse, pero de la que no puedes apartar la mirada. En Denali no hay campistas, al menos en diciembre. No hay excursiones o senderos. Éste es un laberinto que no lleva a ningún sitio habitable, la naturaleza en el estado más visceral posible.

El vuelo apenas duró 40 minutos, y como nos anunció el piloto por teléfono, la cumbre del McKinley se fue cubriendo por las nubes y no volvimos a verla en los días sucesivos.

Después sobrevolamos la tundra, más amable y hasta vimos un alce en la distancia. Aterrizamos por fin con la sonrisa esculpida en hielo. Comentamos el paseo aéreo, terminamos el bocata de pavo y tomamos una cerveza al calor de una chimenea.

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