Hongcun, la villa espejo

Por: Daniel Landa (Texto e fotos)
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Escapamos de Shanghái abriendo ventanillas, respirando el viento de la carretera. Hasta el momento habíamos visitado Beijing, Datong, Xian y Shanghái. Demandábamos otra escala, una China más paseable. A partir de ahora nos acompañaba Echo, que nos ayudaría en las tareas de producción local, ejercería de guía y hasta mediaría en cuestiones bancarias. Echo era una china joven, de mirada despierta y bendecida por una alegría espontánea. Solucionaba cualquier problema de logística con gran soltura y parecía tener más ganas que nosotros de recorrer el sur de su país.

Nuestro conductor, Tui, era todo lo contrario. Apenas hablaba inglés aunque yo diría que apenas hablaba en cualquier idioma. Pero nos llevaba a los destinos que íbamos marcando.

Demandábamos otra escala, una China más paseable

Frenamos en la ciudad de Suzhou, deteniendo el ritmo de las autopistas y las grandes avenidas. Allí no, allí el turista camina junto a los canales de agua, o se asoma a las terrazas a beber té y comer manitas de pollo, un plato que enloquece a los chinos. Saben a membrana y grasa y a mí, polo menos, me pareció una broma de aperitivo. Pero tenía su gracia ver los restaurantes abiertos sirviendo comida local.

En los jardines clásicos chinos que mantienen con mimo en un rincón de Suzhou me fui reconciliando con este país. Pese a la concurrencia de gente, las flores sobre el agua me distraían de la legión de humanos haciendo fotos. Había pequeños palacetes unidos por puentes o caminos de piedras, con tejadillos chinos y ventanas desde la que se veía el baño de los patos.

La lluvia precipitó la visita y volvimos a la carretera. Aún quedaban dos jornadas enteras para llegar a Hongcun. Chegamos á noite, a esa hora en la que sólo se escucha el eco del ladrido de los perros. Para entrar en la ciudad es necesario pagar peaje, pero ahí acababan las malas noticias.

Las fachadas se iluminaban como en susurros, sin la estridencia del neón

Nos alojamos en un hotel templado por el tiempo, con el gusto del buen vino, madera y espacios, un patio interior y la sensación de estar en una China pretérita. Salimos a buscar rincones nuevos, ningún pobo, sin ruido y Hongcun ejerció su hechizo desde el primer momento. Las fachadas se iluminaban como en susurros, sin la estridencia del neón, devolviendo el brillo de los faroles en el agua. Hay pequeños lagos y canales donde la ciudad se duplica y en el puente que da acceso a la villa decidimos retratar aquella noche. Fotografié la silueta de Yeray junto al puente, con su estampa reflejada en la laguna. Ignoro cuál fue el capricho técnico o si tal vez hubo algún fenómeno más esotérico, pero lo cierto es que la imagen de Yeray desapareció de la foto y en su lugar apareció tan sólo un destello. Su reflejo en el agua, con todo, se veía con nitidez.

Teníamos la noche iluminada, la belleza del pueblo y el misterio. Hongcun se presentaba con fuerza.

Lo cierto es que la imagen de Yeray desapareció de la foto y en su lugar apareció tan sólo un destello

A la luz del día, la villa nos trajo de vuelta a Pablo, que había conseguido llegar hasta aquí desde Vietnam con el equipaje cargado de horas de avión, esperas y carreteras. Con él y con Echo resultaba más fácil plantar el trípode, encontrar encuadres y caminar ligeros por las calles de Hongcun. Éste es un lugar fue diseñado con la forma de un buey, pero su aspecto a ras de suelo es robusto, rural, con grandes muros e historias pequeñas en las esquinas de casi mil años de antigüedad. Pero la presencia del agua es la que dispara la magia, porque todo queda retratado dos veces.

La plaza central es líquida y la acera rodea una laguna en la que nadan peces rojos que se confunden con el reflejo de los farolillos chinos. Es un espejo redondo donde se miran las casitas de piedra para ver que apenas les ha afectado el paso del tiempo.

La plaza central es líquida y la acera rodea una laguna en la que nadan peces rojos que se confunden con el reflejo de los farolillos chinos

Hongcun estaba lleno de estudiantes de bellas artes que trataban de pintar sus belleza repetida en el agua. Nosotros pasamos allí las horas, grabando más despacio que de costumbre porque era el pueblo el que nos regalaba encuadres a cada paso sin tener que insistirla.

Hongcun es un respiro, una pausa amable en el camino, una forma de negarse a la ansiedad de las ciudades chinas. Este lugar tiende a alejarse de los caminos, se ha amurallado en el tiempo. Nos había recibido con la noche de calles empedradas y nos despidió una mañana dejando un rastro de imágenes acuáticas.

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