A carta

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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Olía a comida olvidada y a sangre. Aquella casa de Los Mochis, en Sinaloa, convertida en refugio del narco rey, enseñaba las vísceras con una indolencia descarnada. La sangre estaba debajo de una colcha tirada en el suelo; las balas marcaban las paredes como si se tratara de alcayatas de las que se descolgaron los cuadros y la ropa interior de las mujeres y hombres que allí habitaban seguían en las cuerdas de la ropa o esparcidas por el suelo.

Impresionaba especialmente la entrada. Justo antes del portón había un charco de sangre y nada más pasar la puerta había otro, esquerda, enfrente de los sofás y un gran televisor. No te da pena, o a mí no me la daba, el pensar que aquellas manchas rojas podían ser tumbas. Te impactaba, lo que me provocaba era eso, una especie de bofetada en la que se mezclaban el asco, un cierto escalofrío y el asombro.

Eran aguas fecales y de lluvia, mezcladas

Luego estaba el túnel, tras un armario de espejos y dorados por el que descendías por una escalera de madera iluminada con bombillas. Abajo estaba la compuerta que abrió El Chapo y por la que intentó huir de nuevo por debajo de donde pisan el resto de los hombres. Eran aguas fecales y de lluvia, mezcladas. Pese a todo no olía a nada que no fuera a humedad.

Subí de nuevo al piso de arriba, merodee por los cuartos mirando la rutina de los entonces ya muertos y presos y regresé a la cocina, seguinte. Ahí es donde el olor era más fuerte, por la comida pudriéndose, y la imagen me era más dura. La nevera estaba tirada y todo lo que había dentro estaba derramado por el suelo. Nos dijeron unos soldados que fueron los sicarios los que la tiraron para entorpecer su paso, pero luego, en el vídeo que se hizo público del asalto, descubrímos que fueron los soldados los que tiraron todo y sacaron todo de los armarios para descifrar por donde se les había ido el narco. No sé porque pero ese detalle de todo arrancado de sus lugares, ese desorden donde no hubo tiempo ni de colocar cadáveres, me era lo más violento. Aquella comida desparramada era un adiós violento, era muerte.

Había una foto con dos niños pequeños

Y en medio de todo eso me fijé que en una especie de encimera central había una foto con dos niños pequeños. No debían tener más de cinco o seis años. Un niño y una niña. Con sus caras de niño y de niña, doce, como todas, sin tiempo de entender que su padre habitaba en un mundo oscuro en el que no hay tiempo para perdones ni rezos.

A continuación,, abaixo, separando algo de basura derramada en el suelo, descubrí una carta. Me pareció que era una letra infantil y me agaché a observarla. Decía la letra, en medio de constantes faltas de ortografía, junto a varias cucharas y lo que parecía una camiseta de tirantes blanca de hombre, lo siguiente:

De Melissa para Papá- Hola Pa, Eu te amo, te estrano. Quisiera que binieras a bisitarme para pasarnosla la Navidad juntos. Eres el Papa #1. Te amo. Tengo muchas ganas de verte, te mando muchos vesos y abrasos. Dios y María te bendigan”.

Leí la carta, la fotografié y salí de la casa. Estaba frío, era ya de noche y había que empezar a escribir la crónica. Fuera ya no se escuchaba nada que no fuera el ir y venir de algunos colegas. De pronto miré la vivienda y me pareció que toda ella era un espectro.

 

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