Zambezi: navegar por el Edén

Una canoa bastó para atravesar colmillos. Ese era el plan, navegar el río más poblado de bestias que existe en el mundo, remar entre hipopótamos y acercarse con sigilo a los búfalos y a los cocodrilos. Vivir áfrica a ras de agua proporciona al viajero una sensación de tensa armonía, el placer de lo salvaje.

El hotel Royal Zambeze es un refugio de selva que invita al encuentro de los animales, al sobresalto sin barrotes ni alambradas. Pedimos a los responsables del lodge una jornada de río, para grabar de cerca la naturaleza del Bajo Zambeze, en mi opinión uno de los parques más desconcertantes del continente.

A diferencia de otros rincones de África, aquí uno tiene la sensación de aventurarse sin reservas allí donde el hombre está de más. No hay colas de turistas, ni rutas asfaltadas. Cada cual busca su dosis de emociones en las orillas del río o en los recodos de la selva.

Cada cual busca su dosis de emociones en las orillas del río o en los recodos de la selva.

Al caer la tarde, muchos animales se asoman a las aguas del Zambeze en una procesión nerviosa de babuinos buscando la cena o facoceros en estampida. Todos se vigilan y se atragantan a la hora del aperitivo, pues ellos mismos son susceptibles de ser aperitivo de otros. Todos menos nosotros y ahí radica la magia. La canoa supone a los ojos de los animales un ser incomestible, que ni molesta ni amenaza. El silencio de los remos nos mimetizaba.

En una de las orillas vi el cocodrilo más grande que había visto en África, apostado como un tronco antes de sumergirse en las mismas aguas que estábamos transitando. En este tipo de safaris resulta tan emocionante la visión de un cocodrilo como la sensación de que debajo de uno hay más cocodrilos invisibles, qualche metro, da qualche parte. No eran ellos y nosotros, éramos todos a un tiempo compartiendo el agua y el espacio. Por esa razón a ninguno de nosotros se nos ocurrió testar la temperatura del agua con las manos, pues aquel río estaba cuajado de fauces.

Una cabeza espléndida de hipopótamo surgió del agua a unos dos metros de nosotros

Cuando apuraba ya la tarde, nuestro guía cambió de rumbo y empezó a remar nervioso hacia la orilla. Yo le imité sin entender una maniobra que casi nos sacaba del cauce. De hecho empezó a remar sobre el barro como si quisiera abrir un cauce nuevo tierra adentro. En ese momento una cabeza espléndida de hipopótamo surgió del agua a unos dos metros de nosotros, con esa especie de ronquido sordo capaz de agitar el corazón del más aguerrido de los exploradores. Entonces fui yo el que remó sobre el barro y hubiera abierto camino hasta el hotel, si no fuera porque el hipopótamo volvió a desaparecer para dejarnos en paz.

Así transcurrió aquella tarde mágica, aquel safari africano sin 4X4 ni caminos de tierra. El Bajo Zambeze se fue apagando con el ocaso para albergar nuevas bestias a la luz de la luna, pues nadie descansa en el lado salvaje del mundo.

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Commenti (1)

  • javier Brandoli

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    Aquel canal y aquel hotel, al que llegué por tu recomendación cuatro años después, es uno de los grandes momentos que guardo de estos años en África. Es tan mágico como lo has contado. Abbraccio

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