Bruxas: la fascinación medieval de la Venecia flamenca

Por: Ricardo Coarasa (fotos R. C./Belén Modrego)
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Brujas es una ciudad acostumbrada a mirarse en el espejo. De otra forma resulta impensable que haya sido capaz de conservar intacta esa belleza medieval que la convirtió en uno de los centros neurálgicos del comercio en la vieja Europa. Allí donde era posible encontrar frutas y vinos de Grecia, telas y especias de Alejandría, pieles del Mar Negro, sedas y brocados italianos ynaranjas y limones de Castilla tan frescos como si acabaran de ser recogidos”, un vigor comercial que sorprendió al andaluz Pero Tafur en 1437. Casi seis siglos después, la ciudad flamenca mantiene intacto su atractivo y su centro histórico es un libro abierto que explica, con sólo pasearlo, por qué Brujas, por cuyas venas corre el agua de sus siete kilómetros de canales, se convirtió un día en la Venecia del Norte.

Junto a Bruselas, es seguramente la ciudad más visitadas de Bélgica. Y eso tiene un peaje: la gran afluencia de turistas es inevitable durante buena parte del año. Por eso el invierno, menos concurrido, es una buena época para visitarla con la añorada tranquilidad. Y, en todo caso, siempre nos queda la noche, cando Bruxas seduce con la iluminación de sus edificios históricos y esos rincones solitarios donde parece que la piedra y el agua llevan conversando siglos.

La ciudad flamenca mantiene intacto su atractivo y su centro histórico es un libro abierto

 

Es tras la puesta de sol cuando las calles adoquinadas te devuelven el eco del trote de los caballos y las sombras emergen como en una novela de Poe. La atmósfera es a esas horas, cuando las decenas de santos no te quitan ojo desde sus hornacinas callejeras, más medieval que nunca, y conviene aprovecharla perdiéndose entre las inconfundibles siluetas de escalera de las fachadas que parecen recortables para niños, siguiendo el rumor de los canales y dejándose engullir por la oscuridad en alguno de sus puentes, observando despreocupado a los cisnes.

Se puede recorrer en coche de caballos, ciclismo, en barca e incluso en moto, pero sin duda la mejor forma de intentar impregnarse de la historia y el alma de la ciudad es a pie. La Plaza Mayor (Markt) y la de Burg, los dos epicentros donde late la vida del Brujas monumental, forman un triángulo perfecto con la Jan van Eyckplein, el corazón comercial de la urbe medieval, ahora un tranquilo enclave donde los viejos edificios de la aduana, la casa de los estibadores y la de los burgueses (Poortersloge) -desde la que se asoma la estatua de un oso (cuentan que el primer habitante de la ciudad)- dan buena cuenta del vigor comercial de este antaño bullicioso lugar por el que pasaban todas las mercancías que entraban y salían de Brujas.

Es tras la puesta de sol cuando las calles te devuelven el eco del trote de los caballos y las sombras emergen como en una novela de Poe

Moi preto de alí, remontando la Spaniaardstraat se llega al Muelle de los Españoles (Spaanse Loskaai), el antiguo puerto de los comerciantes españoles, desde el que, á nosa esquerda, podemos ver uno de los puentes más antiguos de Brujas, el de los Agustinos (Augustijnenbrug), a un paso de la Huis de Nood Gods (la Casa de Dios), en la esquina de la calle de los españoles y la Kortewinkel, donde los brujenses cuentan que vaga el espíritu de un sacerdote que, rechazado por una monja, la asesinó y después se quitó la vida.

Volviendo sobre nuestros pasos nos reencontramos con la plaza del Markt, donde palpita la vida ciudadana de Brujas. Hay que coger aire para subir los 366 peldaños de su campanario, que nos encaraman a la atalaya más excepcional del municipio.Abajo, para reponer fuerzas nada mejor que acercarse a alguno de los dos puestos de patatas fritas situados enfrente de la torre, testigos de la historia de la ciudad desde finales del siglo XIX.

Los brujenses cuentan que en la Huis de Nood Gods vaga el espíritu de un sacerdote que, rechazado por una monja, la asesinó y después se quitó la vida

 

Alrededor de las estatuas de Jan Breydel y Pieter de Coninck, dos héroes de la resistencia flamenca contra Francia en el siglo XIV, mires hacia donde mires te cautiva el esplendor de sus edificios, que a juzgar por su aspecto reluciente cualquiera diría se han conservado en una vitrina, encabezados por el Palacio Provincial, antigua Casa del Agua, y hoy sede, entre otras dependencias, del Museo de la Cerveza.

De camino a la cercana plaza Burg por la Breidelstraat asoma a nuestra derecha la calle más estrecha de la ciudad, el callejón De Garre, salpicada de apetecibles cafés. Ya en la plaza, el románico de la iglesia de San Basilio y el gótico del Ayuntamiento compiten con el barroco del Prebostazgo y el clasicismo del Franconato de Brujas, una panorámica privilegiada que ni siquiera la persistente llovizna puede estropear. Junto al Consistorio, conviene dedicar unos minutos a visitar la capilla románica de la Basílica de la Santa Sangre, para acercarse después al Franconato, que cobija la espectacular chimenea de roble y alabastro dedicada a Carlos V.

La calle más estrecha de la ciudad, el callejón De Garre, está salpicada de apetecibles cafés

Para tomar un tentempié, una parada en el coqueto Le Chef et Moi (Dijver, 13), un sitio excelente para almorzar en una atmósfera relajante degustando una de las cervezas locales, Brugse Zot. Justo el tiempo necesario para un mínimo descanso y aprovechar la escasa luz de los días invernales. Saliendo a nuestra izquierda, en un par de minutos llegamos a la iglesia de Nuestra Señora, inconfundible con su torre de 115 metros, donde está enterrada María de Borgoña, abuela materna de Carlos V (y también el corazón de Felipeel Hermoso”) y que cobija la excepcional escultura de Miguel Ángel La Virgen con el Niño.

De ese templo nace la Mariastraat, una calle comercial repleta de tiendas de chocolate artesano (otro de los orgullos de los brujenses), que a la vez nos permite acercarnos a una de las señas de identidad de las ciudades flamencas, las Casas de Caridad, levantadas en la Edad Media por los gremios para los menesterosos o enfermos y que hoy día son viviendas sociales con bajos alquileres, sobre todo para gente mayor. Girando a la izquierda por la Niewe Gentweg, podemos entrar en una de ellas, como las demás una sucesión de pequeñas viviendas de blancas fachadas alrededor de un amplio jardín en el que se respiran serenidad y quietud.

La iglesia de Nuestra Señora, con su torre de 115 metros, cobija la excepcional escultura de Miguel Ángel La Virgen con el Niño

Justo en dirección contraria, al otro lado de la Mariastraat, caminando por Wijngaardstraat llegamos al Beguinaje (Beginjnhof), una ciudad en miniatura antiguamente habitada por una suerte de monjas, llamadas beguinas (que a diferencia de las primeras no hacían voto de pobreza), hoy hogar de la orden benedictina. Pasear por sus jardines al atardecer es retroceder unos cuantos siglos en la memoria de la ciudad. Incluso se puede entrar a una de las casas para conocer más de cerca la forma de vida de estas religiosas que dejaron su huella en todo Flandes.

Un paseo en barca (hay cinco muelles desde donde parten diferentes rutas por los canales) y una buena cena (alejado del meollo turístico, o Refter, o número 2 de Molenmeers, es un bistro muy frecuentado por los brujenses) rubrican la jornada, que ineludiblemente debe concluir con una cerveza en la mano. Porque la noche, ya se ha apuntado, le sienta muy bien a Brujas ¿Y qué mejor que a la vista de una de las estampas más fotografiadas? Tan pequeño como acogedor, el ‘T Klein Venetië, uno de los cafés más populares de Brujas, es lugar ideal para disfrutar de las vistas de Rozenhoedkaai, el esplendor de la fascinación medieval de Brujas.

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