Cuentos de Nueva York

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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Todas las fotos de estos cuentos están tomadas con un objetivo gran angular de 10-22 milímetros. No se puede entender Nueva York sin un gran angular .

Sonaban dos violines, violonchelos, saxos, guitarras y bajos y temblaba una voz quebrada que a veces se multiplicaba en dos. El local no era especialmente grande. Nos acomodamos junto a la barra, en las escaleras, de Rockwood Music Hall2, y pedimos dos copas. Desde la ventana se veía pasar los coches y la gente. Eran rayas de luz, faros y pies que nunca se detienen. Escuchamos el fabuloso concierto de la banda Mother Falcon. Aplaudimos y pedimos bises para que aquello no se terminara nunca. Fixo. Salimos a la calle y comenzamos a andar entendiendo que tras 16 días y 16 noches se acababa esta vibrante locura que había sido Nueva York. La noche nos pareció alegre por el antes y triste por el después.

En Central Park los pájaros parecían tener la costumbre de evitar los árboles. Como si la ciudad le concediera una tregua para poder posarse en el suelo y ellos no pudieran desaprovechar la oportunidad de hacerlo. La selva de hormigón quedaba desde allí a varios palmos de vista. A lo lejos contemplábamos un partido de béisbol. Tumbados en el césped acabábamos con una botella de vino italiano, una focaccia, mortadela y jamón. Sonaba música perdida. De pronto hubo un pequeño silencio y entendí que no habría tregua ni perdón que no fuera en ese lugar. El reloj tocó dos sombras.

Hubo un pequeño silencio y entendí que no habría tregua ni perdón que no fuera en ese lugar

Los acompañamos al City Clerk. Nuestros amigos habían decidido casarse allí. El edificio era grueso y su puerta giratoria de entrada dorada. En el pasillo las parejas de todo el mundo aguardaban casarse o salían de casarse. Recuerdo a un grupo de ucranianos que venían con globos simulando la bandera de su país. Entraron sonriendo y salieron igual diez minutos después. Faltaban dos globos. También había una pareja que posiblemente por su rostro eran etíopes. Ella iba vestida con un traje tradicional y simulaba ser la reina de Saba. También me llamó la atención otra pareja. Ambos eran muy guapos. El tenía cerca de 50 y ella aparentaba no superar en mucho los 30. Estaban solos, perfectamente arreglados. El de traje oscuro y corbata y ella de blanco, corto. Se casaron solos y salieron solos de la mano sin que pareciera que les faltara nadie. Y luego estaban nuestros amigos, felices y contentos, firmando papeles para casarse dos días después. No pudimos quedarnos por el retraso de la ceremonia pero vi después las fotos. Ella es la novia más bonita que por allí pasó y él tiene en todas las instantáneas una sonrisa demoledora y una pajarita que le sujeta el cuello. Ella es italiana, el colombiano y ambos viven en Egipto. Era una boda perfecta para Nueva York.

En la parte de adelante había cuatro ancianas. Iban arregladas con mimo. Algunas llevaban un pequeño sombrero en su cabeza, alguna cubría sus dedos con unos guantes ligeros y todas tenían una mirada tierna, unos zapatos de tacón bajo y un vestido de estampados discretos. Supongo que llevaban viniendo a su misa de once del domingo tantos años que habrían olvidado en sus calendarios vitales que se pudiera hacer aquel día y a aquella hora otras cosas. Estaban sentadas delante, cerca del coro. Había poca gente en la iglesia de Harlem, algúns 20 personas de las que la mitad éramos extranjeros que habíamos ido a escuchar una misa de góspel. Apareció el coro. Otras cuatro mujeres, una de ellas era blanca. Comenzaron a cantar y vi como el cuerpo de alambre y corcho de aquellas ancianas comenzaba a sortear dudas. Me parecía que sus cabezas y hombros se deslizaban despacio al ritmo de la música como si nada pudiera impedir que su cita en aquel lugar y a aquella hora fuera eterna, como sus palmas, como sus lentos movimientos.

Habrían olvidado en sus calendarios vitales que se pudiera hacer aquel día y a aquella hora otras cosas

El metro se desvío sin que nos diéramos cuenta. De pronto avanzábamos por el Bronx. Miraba por la ventanilla las calles del barrio. Me recordaba a la sensación de aquellas primeras veces en las que anduve por Soweto con la emoción de ver aparecer alacranes. En el vagón había una chica joven, latina, medio durmiéndose, y dos chicos negros, gran, cargados de tatuajes. A lo lejos había otros dos amigos de origen también latino charlando. Sus calles me parecieron estrechas y bajas. Y de pronto cerré por un momento los ojos y me limité a escuchar el sonido del tren. Entendí que el Bronx era para mí un sonido, un humo y un grafiti por el que ya había deambulado muchas veces antes de ir.

En las farolas de NY hay fotos de hombres que buscan mujeres. Lo expresan con un cierto descaro. Las fotos de algunos de esos hombres eran especialmente cómicas. Todas tenían papeles ya recortados donde estaban sus teléfonos. Recuerdo también mucha gente hablando sola, gente que comenzaba a gritar en medio de la calle o que avanzaba con sus bicicletas gritándole a la ciudad. Vi a un hombre llevar un loro en la cabeza caminando tranquilamente por toda la 5 avenida, a otro pedalear vestido de rosa una bici llena de flores mientras cantaba y a un chico joven ir con su pelota de baloncesto sorteando transeúntes que para él eran rivales. Me pareció que había más locura en Nueva York, en ocasiones me parecieron alaridos de soledad, que en otros lugares, como me pareció más indecente allí su suciedad y su enorme pobreza abandonada en las aceras. Se intuye la crueldad de una ciudad en la que no hay tiempo para retirar los cadáveres.

En ocasiones me parecieron alaridos de soledad

El atardecer parecía quedar más lejos. Desde el Empire State el mundo es siempre pequeño. Nos divertíamos haciendo fotos con el encender de las luces de los primeros coches que van dejando líneas rojizas por la ciudad. El sol se fue hacia abajo, como si desde allí arriba se hundiera en los pies y todo Nueva York parecía un frondoso bosque de cemento. Entonces uno entiende que en Nueva York nunca atardece, que el sol sólo se disfraza para huir. Esa es nuestra última imagen de NY, en el taxi, desde Queens, Airport Road. Se veía el skyline de la ciudad y el sol calzándose un zurrón rojizo por si hiciera frío en la larga noche que le quedaba despierto. Nunca vi una ciudad con tanta vida constante en la que perderse.

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