El Chocó: barril de pólvora colombiana do Pacífico

Por: Pepa Ubeda (texto e fotos)
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E 2018 visité el departamento del Chocó, en el Pacífico, una de las regiones con mayor biodiversidad y número de reservas indígenas de Colombia. Fui invitada por Uli y Úrsula, dos amigos alemanes que llevan 40 años trabajando para una organización de Derechos Humanos.
Lo primero que recuerdo es la levedad de sus «tintos» —nombre del café en Colombia— y lo primero que me sorprendió, las fórmulas de salutación de la gente —«a sus órdenes», «vuesa merced», «regáleme cambio»— y su ceremonioso trato, fruto del clasismo y racismo colombianos.
Durante mi estancia visité con trabajadores de la organización distintos enclaves indígenas y afros y constaté la cruel situación en que viven tras haber sido expulsados de sus tierras por sectores armados. Me dejé para el final Quibdó, capital.
Como en tantas ciudades iberoamericanas, su estructura urbana está al servicio del vehículo privado, ya que míster Ford consiguió imponer sus coches en el continente a principios del siglo XX frente a una planificación basada en el transporte público europeo.

A 200 metros un canalón vomitaba a cielo abierto y durante 24 horas al río Atrato agua y mercurio con los que se trata el oro

Mi primera visita fue a la sede diocesana —«el convento»—, elegante y sencillo edificio neogótico modernista de los años 30 del pasado siglo construido por un arquitecto catalán. Desde su balcón principal pude contemplar un estilizado meandro del Atrato, río de «deambular somnoliento» por la lentitud con que se deslizan sus aguas, más caudaloso que el Amazonas pero más corto, que desemboca en el amplio golfo de Darién. Debido a su color emponzoñado —entre chocolate y verde oliva—, consecuencia de la elevada contaminación de los vertidos—, las cajas abandonadas en sus riberas y el putrefacto olor que despide, ha perdido su primigenia belleza. De feito, un 200 metros de mí un canalón vomitaba a cielo abierto y durante 24 horas agua y mercurio con los que se trata el oro.
Mi segunda parada fue en la Alameda, la única calle peatonal de la ciudad. Si bien su diseño atrajo muchas protestas, hoy todos se felicitan de su existencia, porque es el único enclave donde se puede pasear sin miedo a ser despachado al otro mundo por los agresivos vehículos que tiranizan Quibdó.

Debido a su color emponzoñado, consecuencia de la elevada contaminación de los vertidos, el río ha perdido su primigenia belleza

Hasta el mediodía se impusieron el calor bascoso y húmedo acompañado de un enojoso «sirimiri». Aos doce anos, la lluvia arreció tanto que tuvimos que tomar un autobús para recorrer otros barrios del centro.
En cuanto paró el chaparrón, nos dirigimos al mercado local, tan lleno de vida como otros en Centroamérica. Unos años antes se había potenciado el comercio comunitario controlado por hombres, pero como no funcionó la Oficina de Fondos Comunitarios delegó la tesorería y las redes de compraventa en las mujeres y no tardó en echar a andar.
Después de comer en el restaurante más popular de Quibdó, volvimos a casa, donde entrevisté a varias integrantes de «Artesanías Choibá», asociación fundada por mi anfitriona —Ursula Holzapfel— para empoderar a mujeres víctimas de todo tipo de violencias. Se sostiene gracias a la venta de sus industriosas creaciones artesanales.
Mis amigos prepararon para la cena de despedida un plato de los manglares —«piangua»— basado en moluscos locales. Su elaboración es meticulosa y larga: se limpian concienzudamente para eliminar la sal y luego hierven cuatro horas debido a su dureza. Una vez listos, se sirven acompañados de una salsa local y ensalada, pasta o arroz.

La poligamia está muy arraigada entre las clases más humildes, hecho desconcertante en una capa social tan carente de bienes terrenales

Además de mis anfitriones, cenaron con nosotros Michaela F. —una alemana de la organización—, Albeiro M., su marido —un abogado afro que acompaña y asesora a las organizaciones etnicoterritoriales afroindígenas en temas de defensa del territorio, minería, madera, medio ambiente y contaminación— y su bebé, Elina. Ambos son activos e inteligentes. Según Uli, es difícil encontrar hombres tan conscientes, autónomos, valientes y honestos como Albeiro.
El primer tema de conversación aludió a la «cultura sexual» del Chocó. La poligamia está muy arraigada entre las clases más humildes, hecho desconcertante en una capa social tan carente de bienes terrenales. Mais, mis amigos me aclararon que cada mujer del «harén» mantiene su propia casa y la parte proporcional de «marido» que le corresponde. Son escasas las parejas que llegan al matrimonio y, cuando lo hacen, es en secreto, pues el «deporte favorito» de las mujeres es tentar al consorte masculino. La homosexualidad es tabú, como en tantos países latinoamericanos, aunque a los «locos» —tal como los llaman— les permiten celebrar sus desfiles anuales.
Hablaron además de la distribución étnica, que da un porcentaje elevado de afros, y de su religiosidad, centrada en interesante rituales africanos, donde el papel del sacerdote es el de mero intermediario.
Aínda, el tema que más les preocupaba era el «microtráfico» de droga, que había aumentado rápidamente entre los niños porque se vendían sustancias adictivas junto a golosinas a la puerta de las escuelas. La Policía es la principal abastecedora de marihuana, denuncian sin pestañear. Con todo, el problema más grave es la mezcla de droga con «basura» —crac y otros componentes muy nocivos—, ya que potencian la adicción.
La despedida resultó triste y prometí volver algún día.

La guerrilla, paramilitares y bandas armadas imponen su control social, político, territorial y económico a las poblaciones indígenas

Mais, sus preocupantes noticias acerca del Chocó han llegado antes que mi regreso a la región. En una carta reciente al presidente del Gobierno, Iván Duque, le recuerdan que las organizaciones étnico-territoriales del departamento informaron en 2004 —aunque de poco sirvió— al entonces presidente Álvaro Uribe de la crisis de legitimidad en la región del Atrato. Le notifican también la grave crisis humanitaria y la sistemática violación a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario contra las comunidades afros e indígenas perpetrada por actores armados legales e ilegales. Otros denunciantes han sido el defensor del Pueblo, o Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, las organizaciones afros e indígenas, y la diócesis de Quibdó.
Tras la salida de las FARC-EP del territorio gracias al Acuerdo de Paz, o ELN ha copado dicho espacio, se ha fortalecido militarmente y ha incrementado sus agresiones a la población civil. Mais, el gobierno ni ha combatido al ELN ni al paramilitarismo ni a las bandas criminales, que han incrementado su acción en los territorios étnicos.

Desgraciadamente, la profunda violencia anterior a la firma de los Acuerdos de Paz ha vuelto a la costa del Pacífico colombiano

El objetivo de esta vulneración de los derechos de los pueblos étnicos del Bajo y Medio Atrato es apoderarse de sus territorios para llevar a cabo grandes proyectos económicos: explotación de recursos naturales, mineros, energéticos y monocultivos de la zona. Tamén, ha aumentado el cultivo ilícito de la coca y se presiona a la comunidad para que siembre marihuana, por lo que reclutan a menores de edad; confinan y desplazan a poblaciones étnicas; asesinan, amenazan y señalan a líderes, lideresas y autoridades étnicas; e instalan minas antipersonales en los territorios étnicos.

Los actores armados —guerrillas, paramilitares y bandas armadas sobre todo— imponen su control social, político, territorial y económico a las poblaciones indígenas, anulan los reglamentos internos, la autonomía y los sistemas de gobierno de dichas comunidades y exhiben su poderío con armas y centenares de combatientes bajo la mirada impávida de la Fuerza Pública.
Desgraciadamente, la profunda violencia —desplazamientos masivos, confinamientos, masacres, torturas, desapariciones, reclutamientos, violaciones…— anterior a la firma de los Acuerdos de Paz ha vuelto a la costa del Pacífico colombiano, una de las más hermosas de la América Central.

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