Perdón de Angkor Wat

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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A los templos de Angkor Wat se les perdona todo porque a lo sublime se acude sin rechistar, sin destacar y, como en las cenas de las familias bien donde la sopera tiene dibujos de pájaros, uno se marcha sin hacer mucho ruido y muerto de hambre. Angkor te deja siempre con hambre.

Porque Angkor es un pecado de existencia, un capricho que debió mantenerse tapado por el bosque para que en mis sueños me hubiera podido permitir el lujo de imaginar que fui yo el que los redescubría.

Me importa un bledo si es cierto o no que tropezó con los templos mientras cazaba mariposas

Porque yo querría ser Henri Mouhot, y me importa un bledo si es cierto o no que tropezó con los templos mientras cazaba mariposas allá por el siglo XIX. Incluso me da igual si fue el primero, el tercero o de aquellos privilegiados que se los encontraron cubiertos de raices y hojas el del pelotón de cola. Porque parece que fue un capuchino portugués, Antonio da Madalena, el que a finales del siglo XVI fuera el primer occidental en contemplar semejante belleza.

Pero a los lusos, descubridores de muchas cosas, la historia les ha arrinconado con terquedad bajo el sumarísimo delito de no haber sido ellos, pequeños pero audaces, los que escribieron los libros de historia. Eso corresponde por derribo a ingleses y franceses, hacedores de un ayer del que salen siempre con la gloria, en muchos casos merecida y en otros robada de los demás.

Pero volvamos a Angkor, a mis ganas y entusiasmo de haber llegado hace dos siglos, y a la inmensa fuerza de un espacio al que se le perdonan, sin esfuerzo, sus enormes pecados. No pondré muchas palabras al espacio religioso más grande del planeta, no lo necesita. No se explica lo evidente. Angkor es una maravilla que se empezó hace once siglos y que no puede pertenecer a nada que sea terrenal o lógico.

Una maravilla que se empezó hace once siglos y que no puede pertenecer a nada que sea terrenal

Y entonces uno olvida los miles de turistas que te rodean, los autobuses llenos de japoneses y las interminables colas de tuk tuk numerados que llevan a coreanos en parejas a perderse por ese laberinto de la imaginación hecho de roca y árboles.

E entón, cuando uno sale de aquella inmensidad religiosa y regresa a Siem Riep, la ciudad que lo castiga, te entretienes recontando con los dedos las cosas que al contemplarlas parecían imposibles. Y entonces el ruido de la calle, ya en la noche, demuestra que las masas no se merecen el cielo y que por eso, dicen en estos templos, es tan complicado llegar a él y lo colocaron tan arriba.

Porque uno asiste impávido al concierto de un grupo vestido de roqueros, con tachuelas, cresta y chupas de cuero, que toca en un bar a Celine Dion. Y en la calle, seguinte, hay miles de personas bajo un cielo de color neón en el que la música y las ofertas de venta lo alteran todo sin dejar un espacio a la supervivencia.

Un grupo vestido de roqueros, con tachuelas, cresta y chupas de cuero, que toca en un bar a la “irreverente” Celine Dion

Pero da igual, da igual que a la mañana siguiente vuelvan las colas a los templos, que el negocio sea tan evidente o que las aves no respeten los designios del viento y huyan de los humedales como hicieron antes lo cocodrilos. Todo se perdona en un lugar que pertenece a esa mítico club del planeta donde son socios honorarios los espacios que uno no se puede morir sin dejar de ver. Son muchos, pero no son tantos.

¿Y si quieren les cuento luego esas historias de viajeros, del chico joven que nos llevó en el tuk tuk, de nuestro viaje desde Bangkok a Camboya en autobús, del timo de los masajes a tres euros o del maravilloso hotel pequeño y barato en el que nos alojamos por mediación de un amigo de un amigo que trabaja en esto del turismo con honestidad y experiencia y que se llama Alex Póo, de Viajes Tuareg?

Pero eso, me parece, deben descubrirlo por ustedes mismos porque lo único que yo pretendía contarles hoy es que vayan a Angkor, que no se olviden de no traicionarse y dejarse marchar de esta vida sin haber visto un lugar tan maravilloso plagado de veniales pecados. ¡Qué cabrón el Antonio da Madalena, cuánto hubiera dado yo por ser él!

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Comentarios (1)

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    Yo no me pienso morir sin verlosNi Petra, ni Machu Pichu, ni las pirámides de Egipto…..

    Pero de Angkor tengo una pintura chulísima que me trajo un amigo envuelta en bambú

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