El reino de los muertos

Por: Daniel Landa

Este vídeo forma parte del documental: “Palencia Singapur, el viaje de los tres océanos.” (1999)

Eles, mortos, fueron los primeros en llegar. En una calle junto al río Ganges, en la ciudad de Varanasi, decenas de cadáveres aguardaban la llegada de los vivos. Los cuerpos estaban cubiertos con túnicas de colores y engalanados con flores. No había amanecido aún. Ellos no tenían prisa. En la ciudad sagrada no existe el tiempo, es el limbo en la Tierra, un lugar entre dos mundos que se mueve con el decoro de un funeral y se decora con los colores de una fiesta.

Nadie levanta la voz, allí se habla hacia dentro, que es la única forma de hablar con los dioses. Con el resplandor del alba, las mujeres cantaban en susurros mientras llenaban de pétalos las cestas que acompañarían más tarde el primer viaje de los fallecidos.

Nadie levanta la voz, allí se habla hacia dentro, que es la única forma de hablar con los dioses.

Nosotros llegamos con cara de no molestar y el corazón desconcertado por el desorden mágico de aquel lugar. Y entonces llegó la luz, una luz india, implacable, que iluminó los templos. Las orillas del Ganges se convirtieron en un santuario y los fieles, los familiares, los turistas y los muertos se pusieron a hablar el mismo idioma, silenciosa.

Dicen los arqueólogos que la ciudad se levantó hace 4.000 años para honrar a Suriá, el dios del Sol y lo cierto es que nada ha cambiado en la ciudad sin tiempo. Las barcas salen de un puerto indescriptible que mezcla cámaras de fotos con el llanto de los parientes. Vi flotar el cuerpo de animales muertos, sobre las mismas aguas en las que se bañaban los ancianos buscando la purificación. Otros se lavaban los dientes y las mujeres se sumergían como espectros, haciendo ondear la tela de sus saris sobre las divinas aguas. Sólo los niños rompían con sus saltos al río la solemnidad del momento.

Vi flotar el cuerpo de animales muertos, sobre las mismas aguas en las que se bañaban los ancianos buscando la purificación.

Pero de entre todas las escenas místicas, el crepitar de las hogueras era lo que causaba mayor conmoción. Desde una distancia respetuosa vimos arder los troncos, con sus cuerpos. Ardían las telas de amarillas y rojas para calcinar a los difuntos. Entonces la muerte se me antojó más muerte.

El humo dispersando espíritus completó la estampa. Los vivos velaban las hogueras con últimos adioses. Despois, los restos naufragaban en el río acompasados por una flota de cestas con flores y velas encendidas. Y me di cuenta de que el Ganges era un río eterno, de que todo aquello tenía algún sentido pues era realmente un limbo, un lugar de transición.

Mi visita al Ganges tuvo lugar hace ya unos cuantos años, pero ésta es una historia de hoy, y de siempre y así será mientras salga el dios Sol y el Ganges siga fluyendo por los campos de la India.

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