Estado zen extremo en pleno Tokio invernal

Por: Laura Berdejo (Texto e fotos)
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¿Qué es Tokio? Tokio es la capital de Japón, dice uno si le preguntan en un momento, desprevenido por la calle, un día cualquiera. “Es una ciudad grande”, sigue mecánicamente, “vive un montón de gente, hay masas de japoneses cruzando pasos de cebra, tomando sopas en las esquinas, vistiéndose de lolitas y de colegiales, e, boa, un montón de ruidos, bocinas, chora, sirenas, centros comercialesun caos”, xuízo. Para non. Resulta que no. Tokio es más parecido al fondo del mar, donde un montón de peces van en la misma dirección sin rozarse, que al estereotipo cinematográfico de megalópolis del año dos mil.

Tokio es más parecido al fondo del mar, donde un montón de peces van en la misma dirección sin rozarse

Los “tokiotas” (eso dice Wikipèdia, la RAE no recoge el gentilicio) son más de 36 millones y viven articulados en 23 barrios que ocupan unos 621 Km2. Según las estimaciones de Citypopulation y de la ONU, se trata nada menos que la aglomeración urbana más poblada del mundo seguida por Nueva York y por México DF. A la luz de este ranking uno imaginaría casi con espanto que los decibelios tokiotas sobrepasan el oído humano, que los japoneses pululan a base de empujones y que la anarquía, los tirones de bolso y el atropellamiento reinan en la city. Es cierto que la percepción depende del momento del viajero, de los días y barrios que frecuente, de su espíritu vital, Compañía, de su mundo, de lo que sueña, lo que teme, lo que ama… pero más allá de eso, lo que quiero decir es… que la tranquilidad y la paz de Tokio sorprenden, igual que a otros sorprende que la gente no juegue a fútbol por las calles de Brasil.

 

Llegué cargada de abrigos y mapas, convencida de que me perdería varias veces y de que mis guías, un grupo de amigos heterogéneo y variado, acabarían por decidir disgregarse hasta las caídas de las noches como, de feito, sucedió. Y lo que era un viaje sin orden, sin planificación exterior y sin organización de ninguna clase se convirtió como por arte de magia en un periplo armónico, sin duda gracias al orden secreto que subyace bajo las autopistas y los campos y callejuelas de Japón.

Rastros simétricos y renacimiento glacial

Memoria, por exemplo, que el día que me disponía a visitar el jardín de Shinjuku Gyoen alguien me dijo que había “una especie de rastro en los alrededores”. “Es como un mercadillo semanal, la gente trae sus productos y los vende, hay cosas de segunda mano”, me explicaron, así que me puse en pie de guerra dispuesta a pelearme con ancianos, jóvenes y niños por conseguir la taza de té más módica o el kimono ideal y ¡Oh! ¡Sorpresa!, ¡Qué orden el de aquel mercadillo! ¡Qué simetría la de los remolques de hotdogs callejeros, las hileras de bolsos vintage! qué buen estado el de la ropa de segunda mano… pero si parecía recién salida de la fábrica. Quedé tan impresionada que sólo pude comprar un par de guantes de piel que aún guardo delicadamente como si me los hubiera vendido el mismísimo Kenzo y algunos papeles de colores que me da un poco de pena utilizar y que van viajando conmigo de una casa a otra sin saber muy bien hasta cuándo durarán.

Una exposición de figuras esculpidas por el Miguel Ángel de los hielos decoraba la avenida principal

Sé que del rastro crucé al parque confiando ver algún hierbajo descompuesto, pero ahí me recibió la simetría otra vez: una exposición de figuras esculpidas por el Miguel Ángel de los hielos decoraba la avenida principal por la que unos pocos japoneses y turistas silenciosos paseaban diciendo de vez en cuando “¡Oh!” “¡Ah!” ante tamaña belleza glacial. Dragones, princesas, samuráis y caballos con alas de hielo escoltaban a los visitantes a su paso por las calles del parque, estéticamente acompañados de unos carteles con acuarelas fabulosas en los que se indicaba el significado de la escultura, la intención del autor.

Unos días después, en otro parque, pude entender que la calma de los transeúntes alrededor de las esculturas de hielo no era ocasional, que la solemnidad del paseo discreto y silencioso no se debía tanto a la proximidad de la obra bella como a la naturaleza del tokiota otra vez. Al este de la ciudad, en lo que viene a ser uno de tantos bordelines entre la high-tech y el tradicionalismo más rural está el templo de Sensô-ji en cuyos alrededores hay infinidad de puestos donde proliferan los maestros galleteros. De nuevo una energía afable, una alegría manifiesta pero en ralentí, una onda suave de colores enfatizados por algún rayo de sol prófugo en un fondo de murmullo silencioso. Huele a incienso al fondo, los vendedores se afanan en hacer los envoltorios más cuidados, hay perros, niños y jóvenes que corretean pero no hay ruido excesivo, ni cortes abruptos en nada, ni desplantes ni nada más que tranquilidad y frío.

Colores y moda y cigarrillos de bar

Dicen que detrás de esta afabilidad urbana y este carácter de pececillos sigilosos se esconden represiones milenarias que los propios pececillos dejan aflorar esporádicamente al salir de sus trabajos mecánicos en karaokes tristes y solitarios de ciudad. Se pode. Es posible que más allá de la apariencia zen subyazcan varios inframundos individuales de los que uno no sabe ni que se pueden desarticular. Y quizás por eso en materia de libertades parece que la ciudad se abre a ciertos espacios de relajo y de soltura que constituyen una sorpresa más.

Me ha gustado Tokio, me ha gustado su atmósfera emancipada y su tranquilidad vital

En los cafés se puede fumar, por exemplo, y no es extraño ver a clientes que dejan su bolso abierto o su mac book air última generación encima de la mesa mientras van al baño o a pedir un té. Los ciudadanos de diferentes edades van vestidos de colores, osados, lo cual da cuenta de una liviandad que no existe en muchas ciudades europeas, y uno puede hasta disfrazarse para montar un espectáculo en plena calle o vender productos de hogar. Las tiendas de moda sacan tenderetes de lo más pintoresco, de collares luminosos, de pintauñas con purpurina o de calzoncillos de colores y hasta los abrigos de los perros sobrepasan la línea de la mesura ornamental.

Me ha gustado Tokio, me ha gustado su atmósfera emancipada y su tranquilidad vital, me recuerda más a Londres que a Yakarta o Pekín. Quizás los tokiotas solitarios necesiten tomar varios sakes en los karaokes al salir de trabajar pero lo que la ciudad inspira son sobre todo ganas de ser más auténtico y tranquilo y de marchar por la vida al ritmo del fondo del mar.

 

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Comentarios (6)

  • Javier Brandoli

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    Tras leer esto, más ganas de ir a Tokyo de las muchas que ya tengo. Grazas Laura!

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  • chals92

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    Demontando estereotipos… Eu amo! 🙂

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  • Ricardo

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    ¡Bienhallada Laura! Me ha encantado y si en el fondo del mar venden cerveza, como en Fondo de Bikini, estoy seguro de que me dejaré caer por Tokio más pronto que tarde. Bs

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  • Cristina y Mathurin

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    Qué imagen maravillosa, querida Laura: aquí te leemos estos dos pececillos que también quisieran nadar en sake.

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  • Israel

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    Eu realmente gusta da historia!!. Parabéns.

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  • El

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    Como siempre me has transportado a otro mundo, el tuyo, para ver la realidad con tus ojos. No dejes de escribir nunca, por favor.

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