Los muertos en silencio

Por: Javier Brandoli (texto e foto)

información título

contido información

Esbeida tiene 16 años y un bebé colgándole en los brazos. Me cuenta su vida para un reportaje que estoy haciendo para El Mundo de los niños de la calle en el DF. Lo narra con total naturalidad. Conta, resumiré, que quedó huérfana con siete años; fue pasando de mano en mano de sus familiares; esos mismos familiares la esclavizaron e intentaron prostituir; sufrió palizas y hambre; huyó de su última casa, la tercera, de una tía; comenzó a vivir en un puente bajo una lona de plástico junto a otros niños; se drogaba; consiguió en el puente la protección de una pareja; quedó embarazada y es madre con 16 anos.

¿Cómo vives? Y Esbeida me contó que a ella se le secaba la voz cuando iba a pedir dinero por las calles porque le daba mucha vergüenza pedir y que entonces era su novio el que charoleaba y que ahora, después de tener a su hijita, van los tres, el papá de 24 anos, la mamá de 16 y la bebé de dos meses cantando por el metro y pidiendo dinero. Y entonces me especifica que tienen un repertorio de tres canciones, dos de rock y una romántica, pero que no pueden cantar más de tres o cuatro horas porque se quedan sin voz. Y que su pareja trabaja a veces de jardinero y que ella quiere por fin ir a la escuela que le negaron.

No pueden cantar más de tres o cuatro horas porque se quedan sin voz

E entón, cuando ya ha terminado de contar cómo es su vida me aclara, para que no haya confusiones, que ella no faquirea como otros niños. Y resulta que faquirear es ir al metro, romper unos cristales y tumbarse encima como hacen los faquires para pedir dinero. Y resulta que Esbeida, arriba, tuvo algo de suerte porque una amiga suya del puente de 17 anos, embarazada de siete meses, ya no puede cantar ni faquirear porque una noche que estaba muy drogada se metió sin darse cuenta a la calle y un coche la pasó por encima, la dejó allí muerta y se dio a la fuga.

Esbeida trabaja cantando en el metro. Como otros niños lo hacen limpiando cristales en los semáforos y otros se dedican a cargar bolsas en los supermercados. En el DF, por exemplo, ese es un trabajo que realiza mucha gente. En Superama son chicos muy jóvenes los que lo realizan y en el City Market son señores mayores, ya jubilados, que se dedican a meter tus dos bolsas de galletas en una bolsa de plástico. Su único salario es la voluntad de los clientes.

En los años que viví en África diría que uno de los trabajos más comunes que observé era el de vigilante de coches. Era todo una masa de trabajadores no cualificados que rodeaba centros comerciales, restaurantes de moda y zonas de bares para ofrecer sus servicios de asesoramiento en colocación de coches en vía pública.

Ofrecer sus servicios de asesoramiento en colocación de coches en vía pública

Otro de los trabajos muy comunes en el DF es el de músicos ambulantes. Los hay de dos tipos, los que tocan sus propios instrumentos y, especialmente en el centro, los que hacen sonar un organillo. En el segundo grupo hay un ejemplo curioso que es el de un organillero que se coloca a la salida de un parking de un hipermercado llamado Liverpool. El toca sin que haya tiempo ni posibilidad de escuchar la melodía y un compañero suyo pasa una gorra.

Todos esos ejemplos son trabajadores no cualificados cuya única opción de subsistir es que la gente les dé un dinero por su labor. Porque si uno es Esbeida, me pongo yo como ejemplo, con casi toda seguridad trabajaría cantando por el metro, para desgracia del ser humano, o limpiando cristales en los semáforos. Ninguno de los trabajos que he mencionado antes realiza una labor productiva en un sentido económico. Las galletas me las puedo meter yo en la bolsa, no he pedido escuchar una canción que quizá ni me gusta y no necesito asesoramiento para aparcar en la calle.

¿Pero entonces que hacemos con tantos cientos de millones de personas como Esbeida? Nacen condenados. Queremos que no nos molesten, que no limpien nuestros cristales, que no nos exijan que les demos dinero por meter comida en bolsas, que no nos pongan en el brete de contemplar su miseria y hambre. Les pedimos que se encierren en sus barrios, en sus países y que mueran en silencio, sin perturbar el mundo de esa minoría que somos y sin que tampoco nos soliciten que compartamos algo de nuestras sobras, unos pesos o unos euros, con sus estúpidos trabajos no cualificados.

A la gente no le gusta morir en silencio, aunque sean analfabetos y pobres

Quizá no lo hagan por ellos, pero quizá pueda ofrecerles un pensamiento para que lo hagan por ustedes mismos. A la gente no le gusta morir en silencio, aunque sean analfabetos y pobres. E, a continuación, algúns, muy pocos por suerte y por justicia, deciden que mejor toman una pistola o un cuchillo y se dedican a realizar algo que han ido aprendiendo a hacer y sí les da un beneficio inmediato: roubar, matar, extorsionar… Opción jodida para todos y que todos atacamos con fuerza porque la violencia no la justifica ni el hambre. Estou de acordo. ¿Pero el hambre tolerable e impuesto no es también violento?

No podemos exigirles que se mueran en silencio, sin molestarnos. No piden, trabajan, en aquello que pueden o saben y merecen un salario. Me lo enseñó Esbeida.

  • acción

Escribir un comentario

Últimos tweets

RT @ Ricardocoarasa: Mi experiencia estos días en el Hong Kong lastrado por las protestas y los sucesivos enfrentamientos entre la Policía y…

Gerardo Granda Gerardo Granda