Pesadilla en Navidad: los estúpidos selfies

Por: Javier Brandoli
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-¿Recuerda cuándo ocurrió por primera vez?

-No, non sei. Fue poco a poco. La primera vez que me viene a la cabeza fue una joven. Se puso delante de mí, contorneó la cabeza, la dobló y empezó a hacerse unas fotos horribles en las que ella salía en primer plano y yo apenas tenía hueco en la instantánea. Las hacía con una cosa pequeña que yo nunca había visto, pero una estatua amiga que había participado meses antes en una exposición en Tokio nos lo dijo: “es un teléfono móvil”. No nos lo podíamos creer. Ya ni siquiera se hacían fotos con las cámaras de fotos, las hacían con teléfonos. Cundió el pánico entre todas las obras de arte. Fue horrible, horrible… (Guarda un corto silencio y tras un profundo suspiro se le enmudece el mármol). ¿No le importa dejarme un rato sola? Van a abrir las puertas y comenzará de nuevo la pesadillaVienen, vienen… Nuca se acaba.

Una especie de estupidez sobrevenida a toda la población

El inspector entendió que aquella estatua estaba desecha y decidió dejar de presionarla. Había que encontrar nuevos testigos, nuevas pistas que pudieran esclarecer el caso de “los selfies”. Una especie de estupidez sobrevenida a toda la población que estaba acabando con el ya debilitado mundo del turismo. Las quejas y denuncias eran constantes ya desde hace años pero en las últimas semanas se habían disparado. Todo el universo de los viajes corría el riesgo de desvanecerse bajo una plaga que no tenía fin. Ya no se viajaba, ya sólo interesaba hacerse selfies. El agente decidió ir a charlar con las viejas piedras de los templos de Angkor Wat, en Camboxa, donde parece que el fenómeno se había desatado.

-El horror, yo he visto el horror. He visto a personas caminar de espaldas mientras se hacen fotos en medio de los templos. No nos miran de frente, nos miran por la pantalla de su teléfono, atrás. Ya no les importamos nosotros, lo importante son ellos.

-Eso es imposible. ¿Cómo van a hacer eso si es físicamente imposible?

-No, ya no. Ahora hay unos palos donde colocan sus teléfonos y se hacen los selfies a distancia mientras caminan hacia atrás.

Un silencio recorrió la estancia. Las caras de piedra de Angkor Thom enmudecieron. El palo extensible de sujeción de los teléfonos móviles era un arma perfecta para los selfies, un arma de destrucción masiva de las fotos de calidad. El inspector escuchaba el relato de las legendarias y viejas caras de piedra cuando vio pasar a un coreano con su teléfono móvil que le dijo:

-¿Puede por favor apartarse un poco? Quiero hacerme una foto con el móvil.

Entonces comprobó que el chico extendió su palo con la mano derecha y levantó su mano izquierda mientras hacia la señal de victoria y se hacía una foto con las caras de piedra de fondo y la suya en primer plano. Era de tan mal gusto que le entró una arcada. Se mareó.

-“Es impresionante, es un artilugio perfecto para convertirse en un viajero idiota”, acertó a exclamar el agente mientras se retiraba cabizbajo.

Ya camino del avión, de vuelta a Europa, vio a jóvenes hacerse selfies en el tuk tuk, en un mercado local en el que paró a comprar agua y en la escalinata del propio aeroplano. El pánico le recorrió todo su cuerpo. “La fotografía y los viajes tal y como se conocían van a desaparecer”, pensó.

Hacía ya meses que no habían visto una instantánea de ellos que fuera aceptable

En un hotel de Roma, ordenando todo lo recopilado, el inspector repasó los testimonios de monumentos de todo el mundo en los que se hablaba de que nadie les hacía ya fotos a ellos solos, que ya no hay un segundo para el descanso porque siempre hay decenas de cámaras apuntándoles y que hacía ya meses que no habían visto una instantánea de ellos que fuera aceptable. “Siempre hay gente delante. Nosotros ya no somos importantes”, le denunciaban todas las grandes obras.

Entonces el inspector entendió las causas físicas de aquella debacle. Todo el mundo tiene teléfonos móviles pequeños y llevaderos, no como las caras y antiguas cámaras de fotos, con los que hacer sin coste miles de fotos. Encima se había inventado ese artilugio que se extiende y que les permitía a las personas hacerse ya fotos hasta solos. La maquinaría era perfecta pero, ¿Por que? Faltaban las razones, el impulso a todo ese espanto, esa estupidez sobrevenida a todos a la vez. Foi entón, mientras estaba en la cama, cuando ya adormecido vio en las noticias un reportaje que le puso sobre la pista.

-“En Australia, donde un islamista ha secuestrado a un grupo de personas en una cafetería, hay decenas de curiosos que van hasta la puerta a hacerse selfies”, escuchó. Lo escuchó de refilón y dio un salto de la cama para subir el volumen. Entonces aparecían en la pantalla fotos de personas que habían colgado las instantáneas en una cosa llamada Facebook mientras un tipo encerrado en un bar al fondo amenazaba con matar a decenas de personas.

Encontraron una cafetería cercana que ponía “Wifi gratis”

Cogió su chaqueta y salió a la calle a toda prisa. Se fue al Coliseo y allí encontró a un grupo de turistas que se hacían un selfie multitudinario con un centurión romano. Lo mismo ocurría en el Vaticano, frente a la Piedad, donde una pareja se hacía un selfie delante de la obra maestra de Miguel Ángel. Decidió seguirlos para ver que ocurría mientras ellos dejaban de prisa el templo. Los dos andaban con paso ágil hasta que encontraron una cafetería cercana que ponía “Wifi gratis”. Él fue a la barra a pedir un café y la contraseña. En cuanto tuvo lo segundo se lo dio a ella que rápidamente abrió esa cosa llamada Facebook y subió la foto en la que se veía a ellos dos en primer plano y detrás, en el lado de la derecha un pie de mármol y en la izquierda la cara de un hombre moribundo. Escribió debajo: “Por Piedad…, nos encanta Roma”. Luego prosiguió con un “seguimos contando nuestro viaje, ¿te vienes?". De su pesquisa entendió que tenían un blog de viajes.

El inspector, que lo vio todo, se fue de nuevo al hotel y empezó a indagar en esa cosa llamada Facebook. Abría páginas aleatorias de gente y los selfies aparecían por todas partes. Muy poca gente subía fotos de monumentos, o de bellos paisajes o de platos de comida. Siempre eran ellos en primer plano, sonrientes, feliz. Desmedido, excesivo, sin control. El problema era la cantidad, estaban por todos lados. Todo cuadraba, ya tenía todo sentido. La gilipollez se había adueñado inquebrantablemente de todo. La fotografía ni los viajes volverían a ser iguales. Los móviles, los palos extensibles y las redes sociales habían acabado con todo. “No hay solución, el ego más bobo se ha apoderado del hombre, no queda otra salida que huir”, redactó el inspector en su informe mientras estaba sentado frente a la Plaza de España de Roma. Se dio cuenta entonces que estaba siendo fotografiado. Un señor de mediana edad se hacía un selfie en el que él aparecería al fondo.

Y él veía caras sonrientes, cabezas que cargaban un gorro de Papa Noel

Empezó a correr. El frío y la gente no le dejaban avanzar deprisa. Era Navidad, había personas por todos lados. Y él veía caras sonrientes, cabezas que cargaban un gorro de Papa Noel y que se hacían selfies en cada rincón de las estrechas calles. Era horrible, una pesadilla de Navidad. Consiguió llegar a su hotel y cerrar la puerta de su habitación. Se sentó y comenzó a llorar. No lo soportaba. Decidió abandonar, tirar la toalla, dejarlo todo. Indagó y vio que había una empresa que ofrecía vuelos al espacio. Sacó todo su dinero y se compró un billete que le sacara de este mundo.

Un ano despois, también en Navidad, que era la época en la que los selfies más se disparaban según su estudio, consiguió tras estar encerrado doce meses en una clínica libre de selfies salir a orbitar, a poder por fin hacer él una foto de la Tierra donde no hubiera gente detrás haciendo un selfie. La nave comenzó a dar vueltas alrededor del plantea y el inspector decidió sacar su vieja cámara de diapositivas. Encuadró tras la ventanilla, enfocó y en ese momento vio lo imposible. Había delante de él un astronauta haciéndose un selfie en medio del espacio.

-“Hijos de Putaaaaaaaaaaaaa”, fue ya lo último que exclamó mientras se hacía compulsivamente selfies flotando en el universo, hasta el fin…

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