La rara ruta de San Diego a Palm Springs

Po: Javier Brandoli (tekst i fotografije)
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En una galaxia muy, muy lejana: San Diego

Yo esperaba en el coche en la puerta de un hotel del centro. De pronto miro a mi izquierda y veo salir a un tipo de melena rubia trenzada, vestido con leotardos, capa y un martillo. Pored, con un look menos conseguido, va otro tipo con leotardos verdes, camiseta verde dos tallas por debajo de su estómago y gafas de sol tecno-pop de espejos.

El primero intuyo que es Thor o un bombero islandés, el segundo es otro personaje de comic que se llama Linterna Verde pese a que a mí me parecía más Peter Pan versión millennial. Se marcharon tranquilamente hablando calle abajo. "Idi, va estar rarito San Diego”, Ja. Así empezaba nuestra ruta por California y otras partes de Estados Unidos.

Mi precisión vital hizo que Francesca saliera con gesto más extraño que el colega Thor. Mi reserva de hotel era numéricamente casi perfecta: coincidía el día y la hora y fallaba algo el mes, había reservado para octubre y estábamos en agosto. El hecho de que sólo fallara el 10% de la reserva no le pareció suficiente al recepcionista de un alojamiento que espera ansioso todo el año aquel fin de semana: el Comic-Con de San Diego, la fiesta internacional de comics más famosa del planeta y de la que nosotros no sabíamos nada hasta que un tipo vestido de Darth Vader ocupó nuestro no cuarto.

Era un cuarto sucio, sin luz natural y en el que encontramos cucarachas

Tomamos el coche para buscar un lugar donde dormir. En los dos primeros moteles de carretera que encontramos nos pidieron 260 i 410 dólares por noche respectivamente. Nos pareció caro salvo que incluyera paseo en el Halcón Milenario y acabamos encontrando el más cochambroso de los moteles donde nos hicieron un precio especial de 180 Američkih dolara. Era un cuarto sucio, sin luz natural y en el que encontramos cucarachas.

Cumplido con el trámite del robo consentido salimos a la ciudad. I to ne, no era una ciudad, era un mundo paralelo en el que te cruzabas en los pasos de cebra con una mujer de 60 años vestida de Batman o una adorable adolescente vestida de adorable adolescente versión nipona. Fuimos a conocer el Balboa Park, agradable y bonito conjunto de museos, y el Old Town, convertida en enorme cantina mexicana de los inicios de esa ciudad en los tiempos de los españoles.

Kao, comenzando algo que tomó dimensiones desproporcionadas en Los Angeles y San Francisco, comenzaban a aparecer en el viaje los regueros de vagabundos que deambulan por las calles de Estados Unidos. Especialmente impresionante fue comprobar el enorme campamento de ellos que existe en la ciudad y cuyo requisito es ser un veterano de guerra. Tirados por el suelo, algunos enfermos y viviendo en tiendas de campaña en un secarral. El tío Sam no parece tratar del todo bien a sus héroes.

Tocan country rock por las noches con el fin de que la gente baile tras cenar sus hamburguesas y sea capaz de volverse a abrochar el cinturón de seguridad de los coches

De San Diego nos fuimos por la mañana con nuestro batmovil al Joshua Tree National Park. 300 kilómetros para ver la sucesión infinita del mismo árbol que es exactamente el mismo que hay en las cunetas de la carretera del kilómetro 1. No nos terminó de convencer la historia al árbol 3200 y nos fuimos a comer a un poblado abandonado, escenario de películas del Far West, donde tocan country rock por las noches con el fin de que la gente baile tras cenar sus hamburguesas y sea capaz de volverse a abrochar el cinturón de seguridad de los coches.

Decidimos entonces irnos a Palm Springs, aquel lugar donde Elvis Presley se compró una casa lo que lo convierte en sitio histórico arqueológico en la corta historia de Estados Unidos. La ciudad es un jardín en medio de un enorme desierto seco en el que florecen campos de golf, altas palmeras y casas preciosas donde el césped se corta con las tijeras de las uñas. Sus avenidas son largas, perfectamente cuadriculadas y una leyenda asegura que se vio a una persona una vez andar por ellas antes de que cayera la noche.

Por casualidad nos fijamos en un sitio que parecía bonito, el Desert Riviera Hotel. Entramos y una joven simpatiquísima nos dijo que era un lugar muy especial donde todos hablaban con todos y había de hecho hoy una fiesta comunitaria. El sitio tenía un jardín con una piscina junto a una barbacoa grande e impoluta y habitaciones blancas y perfectas.

“¿Ahora entiendes porque llevamos 12 años seguidos viniendo a este lugar a pasar las vacaciones?"

Nos quedamos y metimos en un agua donde te podías hacer un té. Había una pareja de unos 45 años de franceses que se presenta. Nos preguntan cuánto tiempo nos quedamos y le decimos que “una noche, es una pena porque el sitio es bonito”, respondo por decirle algo. Entonces él, con la mirada aprobadora de ella que movía la barbilla de arriba abajo como permitiendo que me dijeran el refugio del Santo Grial, mi odgovor: “¿Ahora entiendes porque llevamos desde 2007 viniendo a este lugar a pasar las vacaciones?".

Y yo, en ese mismo instante, mirando la piscina simpática, la barbacoa gigante y las bicis tándem que alquilaban, dudé si había cámaras ocultas o la pareja eran dos extraterrestres escapados de las bases ocultas que dicen que el Gobierno americano tiene en aquel desierto. Decidí sonreír y no decir nada aunque en mi cabeza no paraba de hacer listas con decenas de lugares. I to ne, no entendí que llevaran 9 años cruzando el Atlántico para ir a bañarse a esa piscina salvo que sea una promesa a la Virgen de Lourdes.

A la hora llegó la fabulosa fiesta nocturna que nos anunciaron. Comenzó a las cinco y media de la tarde con una temperatura de 45 stupnjeva. Empezaron a llegar vecinos, encendieron la barbacoa y además aparecieron los dueños con 10 cajas de pizza. Él era de tantas partes del mundo (jordano, sirio, griego, americano) que decidimos que era el simpático señor calvo y ella era una colombiana que fingía no hablar bien el español. Todos eran encantadores, la francesa no paraba de tomar fotos de todos y todo y la cordialidad se imponía especialmente cuando había peleas por acercar la cerveza o la limonada. La fiesta nocturna concluyó a las 19:30, cuando la temperatura era de 40 grados y el sol no te dejaba aún contar en el plato cuantas alitas de pollo habías comido.

La fiesta nocturna concluyó a las 19:30, cuando la temperatura era de 40 grados y el sol no te dejaba aún contar en el plato cuantas alitas de pollo habías comido

Decidimos entonces irnos a la ciudad, dejar la fiesta, lo que provocó algún gesto de contrariedad de los franceses que entraron en colapso de pensar que alguien quisiera salir de aquellos muros por los que ellos se cruzan medio globo desde hace nueve años. Nos dijeron que había un bus turístico gratuito que pasaba cada 15 minuta. Dejamos el coche y nos fuimos a las que pensamos eran las avenidas llenas de vida y bares.

Al dejar la casa comentábamos Francesca y yo que aquel lugar era Pleasantville, aquella película en el que había una ciudad perfecta en la que todo el mundo era perfecto. Caminábamos por calles y casas hechas con tiralíneas y encontramos una parada justo cuando llegaba el autobús. Iznenada, Pogoditi, todo cambió y Pleasantville se difuminó con un puñetazo de cruel realidad.

No era el bus turístico, era un bus normal. Pagamos un dólar y miramos la escena de dentro con incredulidad. Había siete personas, vagabundos y drogadictos, que parecían siete zombis. Una pareja de chicos negros, con aspecto de drogados, se metían mano en la parte final, lo que nos confirmó que al menos estaban vivos, mientras a nuestro lado había un hombre blanco un gorro de lana y un carrito con sus pertenencias y dos mujeres mayores que hablaban solas. Cuando llegamos a nuestra parada, al levantarnos, vimos que había una pareja, ella estaba tumbada sobre los piernas de él temblándole algo la cara. El cuerpo lo tenían lleno de marcas de pinchazos de jeringuillas y costras. En su piel parecía evidente que tenía Sida. Ella literalmente parecía que se estaba muriendo.

Nije bilo, las calles estaban vacías, salvo por una tropa de fantasmas que aparecía de pronto en un semáforo

Bajamos junto al hombre del gorro de lana y una de las dos mujeres. Él fue en dirección contraria con su carrito y ella se quedó bajo una farola donde vimos que se le acercaba un hombre. Comenzamos a andar por las dos grandes avenidas. Nije bilo, las calles estaban vacías, salvo por una tropa de fantasmas que aparecía de pronto en un semáforo. Todos vagabundos, muertos vivos, que deambulaban sin rumbo, muchos hablando solos. Yo creo que vi pasar a Elvis, o al menos a su esqueleto, que tenía un tupé sujeto con pinzas de la ropa.

La noche era cerrada y caliente. Tras ver que la gran ciudad se había convertido en un cementerio oscuro paramos en un bar a tomar algo. Al llegar la chica nos dice si queremos una mesa junto al escenario y nos habla de un show. Le decimos que no, nos vamos a la barra y mientras tomamos dos margaritas infames, aparece un drag queen obesa en el escenario que anuncia la noche de las drag queen. En ese momento hay pocas mesas ocupadas y junto al escenario una mujer con pinta de camionero y un hombre con pinta de camión.

Comienza el show. Las drag hacen un playback, en ocasiones malo y en ocasiones pésimo, y van pasando por las mesas. La gente, especialmente la camionera y el camión, sacan dólares que les dan o les meten en su falso escote. Entra una despedida de soltera y un cumpleaños. El mundo parece haber enloquecido en Palm Springs y nosotros ser parte de un experimento científico que mide neuronas, testosterona y sudor. Varios dólares y escotes después nos vamos casi de puntillas porque la drag jefe ha amenazado a los que se retiren con baile privado. Sentí menos miedo cuando fui perseguido por elefantes en África.

Tomamos esta vez el bus turístico que cruza la ciudad. Regresamos al lodge. La pareja de franceses está en la piscina. No nos saluda y nos mira con mala cara cuando decidimos darnos un baño en sus aguas antes de irnos a dormir. “¿Crees que sería bueno si les enseñamos una foto de Tulum?", debato con Francesca…. Parece arriesgado y decido no decirles nada del mundo exterior.

  • Udio

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