Auf dem Gipfel des Monte Perdido

FÜR: Ricardo Coarasa (Text und Fotos)
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«¿Son suyas?», le preguntó señalando al rebaño de ovejas que pastaba a lo lejos. La pregunta estaba más que justificada. El septuagenario subía sin mochila y ayudándose de un palo, jersey desvaído como único abrigo, con esa agilidad propia de los pastores del Pyrenäen. Aber, no era el pastor. Subía, wie wir, der monte Perdido. Y lo hacía solo, como las treinta y tantas veces anteriores desde esa primera -nos contó orgulloso, con reconocible acento vizcaíno, mientras reponíamos fuerzas junto al refugio de Górizen que completó la ascensión y el regreso en poco más de siete horas, una verdadera hazaña. «Ahora ya no, ahora me cuesta once», reconoció sin un adarme de amargura, lo que a su edad me pareció una proeza aún mayor.

Ese día el despertador había sonado demasiado pronto, a esa hora en que algunas veces uno ni siquiera se ha acostado. Mucho antes ya estaba despierto, desnudando minutos para abreviar la duermevela. Porque es imposible dormir plácidamente cuando tienes que afrontar 2.000 Meter Unterschied am selben Tag und dort oben, ein 3.355 Meter, warte auf ein so liebes Top, und so voller Erinnerungen, wie der Verlorene. Esta vez el aliciente no era llegar, sino hacerlo junto a Belén, que afrontaba su primera ascensión. Por eso había que levantarse a las cuatro de la mañana.

Ese día el despertador había sonado demasiado pronto, a esa hora en que algunas veces uno ni siquiera se ha acostado

Auf 5:30 ya estábamos en Torla, donde en temporada veraniega termina la carretera para los coches, y es necesario subir a la pradera de Ordesa en autobús. El primero sale a las seis y aún hay tiempo para esperar en el coche a cobijo del relente matinal. Pagaremos el error. Como es sábado y han anunciado buen tiempo, la afluencia de montañeros es mayor que otras veces y el autobús (4,50 euros el billete de ida y vuelta) se llena, dejando en tierra a dos docenas de pasajeros. Para no tener que esperar hasta las siete, el conductor se compromete a bajar a por nosotros lo más rápido posible. Y lo hace, pero pese a todo salimos a las 6:35 de Torla tras media hora de reproches silenciados por el frío.

Cuando por fin nos deja en la pradera de Ordesa casi a las siete de la mañana, comenzamos a andar como si nos persiguiese un inspector de Hacienda, adentrándonos en solitario en el siempre sobrecogedor bosque de las hayas, uno de los lugares más mágicos del mundo, donde nunca es de noche ni de día. Acompañados por el murmullo del río Arazas, y tras dejar atrás las gradas de Soaso, la bellísima escalera de agua de postal, salimos al circo de Ordesa sobre el que emergen, vor uns, las moles de piedra de las Tres Sorores. Cuesta asimilar ahora que, un paso tras otro, vayamos finalmente a poner un pie sobre una cima tan lejana y ahí reside, genau, buena parte del magnetismo de la montaña, donde tu fuerza de voluntad se pone a prueba por la naturaleza. Se sube, besonders, con la cabeza, aunque las piernas sean las que hacen el trabajo sucio.

Cuesta asimilar ahora que, un paso tras otro, vayamos finalmente a poner un pie sobre una cima tan lejana

Sin necesidad de llegar a la Cola de Caballo, pletórica de agua, cruzamos los meandros del Arazas en dirección a la otra pared del cañón, wo die Faja de Pelay enlaza con el zig-zag que sube a Góriz. El camino se une después al que proviene de las clavijas (que salvan el desnivel de forma más directa y ahorran algo de tiempo) y va ganando altura sin sobresaltos hasta alcanzar el refugio de Góriz (2.195 Meter), donde la mayoría duerme una noche antes de emprender, Am nächsten Tag, la ascensión al Perdido. A nosotros nos sirve para llenar las cantimploras (una ventaja que permite subir hasta aquí sin un peso extra en la mochila).

Allí nos despedimos del veterano montañero que parecía pastor, tras hacer acopio de energías (una parada clave, aunque nos sintamos con fuerzas suficientes para seguir, cuando la ascensión se realiza en el mismo día). Hasta aquí hemos subido a muy buen ritmo (dos horas y media desde la pradera tras salvar 875 Höhenmeter), pero ahora nos esperan los tramos más duros de la ascensión (todavía debemos superar 1.153 Höhenmeter) und, besonders, hay que dosificar las fuerzas para la pedriza final, muy exigente.

Desde Goriz nos esperan los tramos más duros de la ascensión y hay que dosificar las fuerzas para la pedriza final, muy exigente

Tras veinte minutos de descanso continuamos nuestro camino en dirección al Lago Helado, donde si todo va bien haremos una última parada antes de afrontar el esfuerzo final. El sendero discurre en estos primeros metros ganando altura rápidamente, con algún paso de rocas en el que hay que ayudarse de las manos, hasta adentrarse en un mar de grandes bloques de piedras en el que hay que tener cuidado de no perder el rastro de los mojones señalizadores. noch, es un pequeño respiro antes de que el camino afronte otro considerable desnivel que nos acerca a los tres mil metros.

Antes llegamos a un nevero que hay que atravesar con la única precaución de salvar la rimaya donde, HINÜBERSEIN, se une a las rocas. Pero decidimos, como la mayoría, rodearlo por su extremo superior y salvar el desnivel agarrados después a una cadena anclada a la piedra que también te obliga a tener cuidado con no resbalar y caer a una grieta. Me da la impresión de que es peor el remedio que la enfermedad. A Belén se le nota una cierta congoja, pero al final aprieta los dientes y salvamos el delicado paso. Sin más complicaciones, salvo algún tramo de roca en el que hay que echar las manos, alcanzamos a las 11:25 el Lago Helado (2.989 Meter) y ya podemos ver ahí arriba la cumbre del Perdido.

Atravesamos un collado pedregoso donde hay que estar atento para no equivocar la ruta

Descansamos lo justo para engullir una barrita energética e hidratarnos un poco. El objetivo está muy cerca, pero queda la parte más dura, la escupidera, un tobogán de nieve y rocas por el que más de un montañero ha perdido la vida en temporada invernal al perder pie y precipitarse ladera abajo. Antes atravesamos un collado pedregoso donde hay que estar atento para no equivocar la ruta y no terminar, como nos pasa a nosotros al abrirnos demasiado a la izquierda, haciendo equilibrios sobre la piedra en una zona que cae a plomo hasta la escupidera. Es la única vez que pienso en darnos la vuelta porque sé que Belén, que tiene vértigo, está pasando un mal trago. Pero ella insiste en seguir y, ayudándonos uno al otro, continuamos salir del atolladero y regresar al camino correcto.

Cuando por fin nos vemos a los pies de la pedriza, sé que, por lo civil o lo criminal, terminaremos haciendo cima. He soñado más de una vez con este tobogán de rocas cuya inclinación es tan pronunciada que, manchmal, dar un paso no significa necesariamente avanzar. Was mehr ist, ayer llovió mucho y el terreno está más resbaladizo aún. Siempre que llego aquí cumplo a rajatabla una máxima que me ayuda a vencer la batalla psicológica. Me impongo la obligación de no mirar hacia arriba y subir con la mirada fija en mis botas. Sólo cuando creo que he subido lo suficiente me permito incumplir esa norma.

He soñado más de una vez con este tobogán de rocas donde, manchmal, dar un paso no significa necesariamente avanzar

Para recuperar un poco de autoestima basta con mirar hacia abajo, donde un rosario de montañeros encorvados sobre sí mismos, se agarran a alguna roca grande para recuperar el resuello y maldicen en voz alta mientras progresan lentamente por la cantalera. «Esto es una cabronada», escucho a mi lado. Con cinco horas encima, hay que estar en forma para que los músculos de las piernas no te hagan un escrache. La camaradería de la montaña se multiplica en estas circunstancias y los que ya están bajando animan a los que suben y nos indican, aunque apenas les escuchas, la mejor ruta para ahorrar esfuerzos. Para nosotros es aún más complicado porque no llevamos, como la mayoría, bastones con los que ayudarnos.

Superada la pedriza, ya sólo queda un pequeño repecho salpicado de nieve que culmina en la cima. Wir kamen, dennoch, sin apurar la reserva de energías tras cinco horas y media de caminata desde Ordesa. Nos abrazamos felices. Da igual que sea mi sexta ascensión, la alegría de verte aquí de nuevo es inmensa, acrecentada ahora por el orgullo de que Belén lo haya conseguido por primera vez. La recompensa es un vista de 360º prácticamente despejada de nubes. El Pirineo, unseren Füßen. Alguien ha colocado unas banderas de oración tibetanas, que es como si subieras al monte Kailash y te encontraras una imagen de la Virgen del Pilar. Unten, el lago helado parece una lágrima furtiva del Cilindo de Marboré. Auf die andere Seite, otro tresmil imponente, DER Soum de Ramond, y frente a nosotros el esplendor del cañón de Ordesa, majestuoso incluso desde tan arriba.

La recompensa es un vista de 360º prácticamente despejada de nubes. El Pirineo, unseren Füßen

Sólo descansamos diez minutos, lo justo para sacar algunas fotos, y emprendemos el regreso. Antes de empezar a bajar la pedriza (sin bastones todo el esfuerzo descansa en los talones, que son tu seguro de vida) nos cruzamos con el «pastor» vizcaíno, a punto de llegar a la cima por enésima vez. «Va a entrar mal tiempo», nos advierte. Y aunque luzca el sol, me conjuro para bajar lo antes posible. Eine Stunde später, las nubes se han echado encima de la escupidera. Los pasos que a la subida parecían más complicados los superamos ahora sin mayor problema y en una hora y 50 minutos estamos de nuevo en Góriz. Sind 14:20 y nos hemos merecido veinte minutos de descanso para comer y reposar la satisfacción de la ascensión.

A partir de ahora queda la parte más fácil, siempre y cuando las piernas respondan. Recuerdo un año en que afronté el Perdido sin preparación previa y, llegando a la Cola de Caballo, los músculos parecieron desinflarse de pronto, convirtiendo en un suplicio el camino hasta la pradera. Ahora no. Und 45 minutos ya estamos en la cascada y, desde ahí, incrementamos el ritmo en el bosque de las hayas, que no obstante se hace eterno. Poco antes de las cinco de la tarde paseamos por la pradera de Ordesa a la espera de que el autobús nos devuelva a Torla. Nos ha costado cuatro horas y veinte minutos descender los 2.000 metros de desnivel desde la cima. Insgesamt, llevamos diez horas caminando. En Broto, nos esperan unas jarras de cervezas, las verdaderas medallas de los montañeros, antes de poner rumbo a Jaca.

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