El fin del decepcionante y bello Egipto

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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En Luxor Egipto se enseña sin polvo y plástico. Como sacada de uno de los numerosos documentales que todos hemos visto de la primera gran civilización de la historia, sus tumbas se adentran en el estómago de la tierra y sus templos crecen con columnas tan altas que no dejan respirar al cielo. El templo de Karnak es tan majestuoso que lo miras con miedo. Nós, ante tanta inseguridad que reina en el país que lo blinda de turistas, tuvimos la suerte de contemplarlo casi en privado y entonces sus piedras te hablan con tristeza de aquellos otros tiempos donde no había nada que no fuera una sombra en su suelo.

A continuación,, aquella tarde salimos con una faluca a navegar el Nilo. En aquella barca desde la que vimos apagarse el día nos contaba Mustar que ahora no hay comida en su mesa. “Ya no hay turistas, ya no viene nadie. Hay meses en los que no he hecho una salida cuando antes llegaba a hacer once en un día. Pero Alá es grande y espero que eso cambie. Si hay pan como pan y si no hay nada no como nada”. Y mientras hablaba el buen hombre nosotros contemplábamos el infinito cementerio de cruceros en el que se ha convertido aquel lugar: parados, inservibles, en fila, sin nadie al que llevar.

Con Mubarak nos enseñaron a no cuidar el Nilo, en la escuela se olvidaron del río

A continuación,, aquella noche, en el embarcadero del Hotel Sheraton, cuya habitación doble costaba 30 EUR, me encontré a Kamil mientras hacía unas fotos al iluminado en la otra orilla Valle de los Reyes. Y con Kamil comencé a hablar con calma mientras el limpiaba su inservible barco y cuando le dije que su río no se merece el trato que le dan me explicó que “con Mubarak nos enseñaron a no cuidar el Nilo, en la escuela se olvidaron del río. Todo daba igual. Hace años denuncié a uno de esos grandes cruceros que estaba cambiando el aceite en las aguas. Tenía unas fotos que sacaron unos turistas noruegos. El jefe de la Policía fue al barco, le invitaron a cenar y al día siguiente estaba yo en Comisaría, donde pasé una noche, y tuve que quitar la denuncia para no entrar en prisión. Mais, tiene usted razón, es una vergüenza como cuidamos el Nilo”. Luego Kamil me explicó que ha habido meses en los que no ha pasado un turista por este inmenso hotel y me decía que la culpa era “de los medios de comunicación e internet que sólo cuentan cosas malas”.

Dejamos Luxor y nos fuimos por una carretera que cortaba el desierto hasta Asuán. Allí nos alojamos en el Philea Hotel, pequeño y simple, donde nos atendieron con cierto afecto (algo inusual y que no hemos recibido en esta tierra, donde por lo general hemos encontrado poca ayuda no interesada y mucha voracidad. No tuvimos suerte en tres semanas). En Asuán estuvimos cuatro días preparando los papeles para coger el Ferry a Sudán.

En Arabia Saudí Hitler y los alemanes son lo máximo

Allí conocemos a Edward, un canadiense que trabajaba de profesor en Arabia Saudí y que nos detalló una delirante historia de cómo dejó a su prometida saudita, compañera de escuela, tras descubrir que “era una fanática de Hitler. Al principio pensé que era broma, pero luego vi que en su casa tenía un estante lleno de sus libros. En Arabia Saudí Hitler y los alemanes son lo máximo”. A continuación,, mirando por la ventana veía pasar una mujer con el velo tapando todo su rostro y nos decía “así van todas en el país en el que vivo”, y lo expresaba con la misma tristeza con la que lo contemplábamos nosotros. En cada cuerpo tapado de cada mujer no podíamos evitar una mirada nuestra de angustia, de desprecio ante tan arbitraria norma.

Pero es que Egipto es un lugar donde se prohíbe la libertad. Por eso no pudimos ir con nuestro coche a Abu Simbel. Allí estábamos a las once de la mañana como nos habían dicho dispuestos a ir con la escolta militar. Mais, siempre un pero, resulta que no habíamos rellenado no sé qué hoja y en este lugar no existe hueco para comprender los lamentos de unos extranjeros. Y luego Jazmine, una joven encantadora que conocimos, nos contaba al ver pasar los camiones llenos de militares que “esos hombres crean muchas lágrimas. Ahora van para las zonas rurales y matarán gente y se llevarán a muchos presos”. En Asúan es en el único lugar donde escuchamos a varias personas defender la labor de los ahora prohibidos Hermanos Musulmanes.

Ahora van para las zonas rurales y matarán gente y se llevarán a muchos presos

Y tuvimos tiempo, mucho tiempo, para contemplar las tumbas de los nobles, para perdernos cada noche en su bazar en el que se encendía la ciudad, que en el desierto la vida comienza cuando cae el sol, e, especialmente, para ver el templo de Philea. Lo vimos en una profunda oscuridad, éramos nueve personas, y su espectáculo de luces y sonido nos emocionó. La osa mayor brillaba nítida sobre nuestras cabezas y nosotros escuchábamos la historia de un país y unas piedras que debieron ser rescatadas del fondo de las aguas cuando se hizo la gran presa.

Casi fue una metáfora perfecta de este lugar, el país más complicado que nunca hemos viajado. Para los tres Egipto ha sido una decepción. Un sitio difícil, donde no encontramos a casi nadie que nos ayudara sin dinero de por medio, sin un interés. Nos íbamos con la sensación de ver una bella tierra a trozos que merece darse un nuevo comienzo, que no merece hoy su herencia. No puedo decir que no hayamos sido felices aquí, porque hemos pasado grandes momentos pese a tanta miseria y miserable en nuestro entorno. Esa mañana en el embarcadero del barco que nos llevaría a Sudán pensábamos en todo eso mientras veíamos peleas y golpes por carros que cargar, por dinero que ganar, por más vida que perder.

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