Concord: leyendo a Thoreau con los pies

Por: Diego Cobo (texto e fotos)
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No sé la primera vez que estuve allí, pero sí la última. Y la última -por más reciente, por más real- fue la más especial, pues era la cúspide de una larga y alegre digestión. Habían sido muchas noches paseando por Concord sin pisarlo; mucha las horas de contemplación desde una laguna que lo mismo servía de espejo que de refresco al atardecer a ese hombre de principios incólumes llamado Henry David Thoreau.

Y por fin, en una noche gélida de noviembre, entré por la carretera que llega desde Boston. “Ésa es la casa de Emerson”, me dijo Carolina, quien me acogía en su casa de Concord. Empezaba a comprender que el autor que más me ha arañado; que más me ha cambiado, nutrido, desvestido, separado de la tierra (“mi vivienda en las nubes es tranquila”, escribiu) y vuelto a vestir hablaba de cosas que yo, agora, tenía delante de los ojos. Aquello que había leído con los poros era verdad.

Habían sido muchas noches paseando por Concord sin pisarlo; mucha las horas de contemplación desde una laguna

Uno a veces no elige los lugares, sino que los lugares lo eligen a él. Era octubre, ya tenía enfilados todos los reportajes de mi anterior viaje y tocaba mover el culo para escribir. Y sin saber por qué, acabé con un boleto de avión a Boston -porque en Concord, claro, no hay aeropuerto-. Fin, pasé en este tranquilo pueblo de Massachusetts cerca de una semana.

Hace tiempo que quería escribir sobre este encuentro, pero el perfeccionismo me ha frenado. Agora, a golpe de impulsos, como si escribiera con los dedos electrificados, dejo atrás cualquier asomo de tener que dar cuentas de Thoreau y cuento cómo me sentí: quien quiera asumir sus palabras que acuda a su diario, a su Walden, a sus ensayos o incluso a sus poemas silvestres.

A golpe de impulsos, como si escribiera con los dedos electrificados, dejo atrás cualquier asomo de tener que dar cuentas de Thoreau

Recentemente, en una entrevista en la radio, el presentador me preguntó qué significaba Thoreau para mí. Me pilló a contrapié. Las pasiones no se explican, se sienten. Respondí alguna cursilería, como improvisando. Había cogido mis bártulos, había cruzado el charco, estaba en tierra de mi héroe, ¿y aún tenía que explicar qué significaba para mí?

Mi primera parada fue el templo de Walden, una laguna a la que le di un par de vueltas. Foi a 11 de noviembre -lo recuerdo- y el padre de Carolina cantaba por la mañana la temperatura. Esa mañana era fresca, aunque no helada. Llevaba conmigo una antología de los diarios de Thoreau, y acudí a al 11 de noviembre -no recuerdo el año- para ver cómo describía él esa jornada de hace más de siglo y medio. Mi misión, más que escribir, más que dar fe de mis pasos por la orilla arenosa de Walden Pond, más que dejar registro de los árboles desvistiéndose, en un otoño color del fuego, máis do que calquera outra cousa, era repasar lo que llevaba años leyendo, pero con los pies.

Llevaba conmigo una antología de sus diarios y acudí a la laguna para ver cómo la describió hace más de siglo y medio

En Concord se recuerda a esa pequeña nómina de literatos que coincidió en espacio y tiempo, encabezados por Ralph Waldo Emerson. O simplemente Waldo. Unha mañá, husmeando en la casa del padre del trascendentalismo -una filosofía que bebe de los idealistas alemanes y apuesta por “una relación original con el universo”, según dijo alguna vez él-, se acercó a mí el cuidador de la casa, puesto que sólo abre en fechas turísticas. Le conté qué narices hacía yo en Concord y, claro, me abrió la casa y me hizo una visita guiada. El universo me guiñó un ojo.

La casa, blanca, grande e impecable, está al lado del museo de Concord, donde me negué a comprar una plaquita de madera que pusiera “Walden” porque no estaban fabricadas en el pueblo. A cambio, pasé una agradable media mañana centrado en las salas dedicadas a estos dos hombres, uno discípulo del otro y yo discípulo de ambos.

La vivienda en la que nació está más alejada, al otro lado del pueblo, y hoy es sede de una empresa de productos ecológicos

La vivienda en la que nació Thoreau está más alejada, al otro lado del pueblo, y hoy es sede de una empresa de productos ecológicos y de una asociación dedicada a este hombre raro y subversivo, “feo como un pecado” (así le describió un biógrafo) que nunca se bajó de su refugio del cielo. Tenerlo como ejemplo de muchas cosas tiene sus consecuencias positivas, pero también negativas: uno se da cuenta -o al menos repara en ello- de qué es la vida al margen de todo lo que nos despista y aprieta; pero también nos lleva de la mano a una dimensión de la que cuesta apearse y tocar el mundo real.

El lugar que mejor conserva su memoria y su obra es The Walden Woods Project, ubicado en una pequeña loma clavada en mitad del bosque y el silencio. Non, me dijo el responsable, acuden con asiduidad estudiosos de filósofos, doctorandos e investigadores y apasionados de un hombre cuyo laboratorio se movió entre la vida y sus diarios (máis 7.000 páginas). En la biblioteca de aquel centro había decenas de volúmenes, e incluso sus diarios completos en varias versiones -algo imposible de encontrar a precios razonables-, primeras ediciones y libros adyacentes de ese movimiento filosófico que unió a algunas de las mentes más brillantes de Massachusetts.

En Concord hay una calle llamada Thoreau, un colegio llamado Thoreau y un mito llamado Thoreau

En Concord hay una calle llamada Thoreau, un colegio llamado Thoreau y un mito llamado Thoreau. Su tumba se encuentra en la parte de escritores de un cementerio inmenso. Allí está una piedra rodeada de lápices y bolígrafos, de no más de 30 centímetros de alto, que en invierno cubre la nieve, y unas letras talladas dibujan “HENRY”. Nada. Su vida fue el ejemplo de una sencillez pegada a lo rudimentario, a lo básico, al detalle. Al espacio entre las palabras en que rara vez nos detenemos. “All good things are wild and free”.

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