Etiopía: adiós a un hombre bueno

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Etiopía fue de alguna manera una vuelta a la libertad. Probablemente de una manera superficial, pero tras mes y medio en países musulmanes donde el alcohol se prohíbe o se bebe en clubs de pago, las mujeres tapan sus rostros y los horarios los marcan los rezos (nada que criticar), nos encontramos de nuevo con nuestras vidas, nuestras formas.

Nos fuimos a Gondar y allí tras una avería en el coche conocimos a Nani Man. Para resumirle podría decir que el crío es un bobo, otro de esos habitantes de la aldea global que cree que tras cada turista hay un saco de dinero que rasgar. Nos arregló el coche, o lo cobró que él no hizo nada, y luego nos consiguió un hotel y nos ofreció salir con nosotros por la noche.

Cree que tras cada turista hay un saco de dinero que rasgar

Y lo hizo, aunque Leandro y yo confiábamos poco en él, nos llevó a bares que yo no imaginaba en una población rural etíope. Podría estar aquella barra en algún club de postín europeo. Pero, estaba en Gondar, en medio de una apreciable miseria y en medio de una ciudad de otro tiempo donde la vida no se vive, se supera. Y allí estaba también Nani, pidiendo copas y cogiendo recibos que él pagaba con nuestro dinero.

Y del moderno bar de Gondar nos fuimos a un bar sorprendente. Era un pequeño local en una calle llena de locales de copas. Allí había un grupo que tocaba instrumentos extraños y una voz extraña de mujer y un baile extraño y compulsivo que se hace con los hombros hasta perder el sentido. Aquello era real, nosotros éramos los únicos no etíopes en un mundo donde se danzaba con olor a incienso y suelo de paja. Y allí fue también donde nos hartamos de Nani el bobo que nos quiso cobrar las consumiciones al triple de su precio. Le intentamos explicar que siempre entendimos todo y que ese era mal camino y que… Y él miraba pensando “he perdido la comisión del taxi”.

Un país que no debió de ser nunca conquistado por los extranjeros por pura pereza

De Gondar fuimos a la Lalibela. Por una carretera de montaña que se alzaba sobre las nubes descubrimos un país que no debió de ser nunca conquistado por los extranjeros por pura pereza. Debían llegar allí, mirar esas montañas eternas de más de 3000 metros y decidir “mejor nos volvemos a casa”, Las aldeas eran lindas, borrar, con un cierto orden. En Etiopía la pobreza es en individual porque el país tiene unas aceptables infraestructuras que crecen y crecen con el Made in China. De alguna manera el estado está muy por encima dela pobreza con la que viven sus habitantes, especialmente en el sur.

En la Lalibela visitamos las iglesias excavadas en la roca. El obligatorio guía se dedicaba a enseñar aquellos tesoros con desgana. Su único propósito era que pagáramos por todo lo que estaba oculto detrás de una cortina. Lo mandé al carajo y él me dijo que se iba al baño para no volver. La visita la hice junto a un brasileño que viajaba solo, llevaba tres días, y algo aburrido y temeroso me explicaba que había decidido volver a Brasil. “Pensé que Etiopía era otra cosa”, me dijo y yo me quedé con la duda de cuál era la cosa que él había pensado.

Su padre le decía que la única coreografía posible era llevar los postres a la pata coja

Pero en Lalibela el protagonismo fue de un atardecer lejano y eterno que parecía que nunca iba a concluir y de una simpática noche con las camareras y camareros del hotel que nos contaban sus sueños. Ellas querían casarse con matices, una quería que la boda fuera lejos para poder viajar, y el chico quería ser bailarín pero su padre le decía que la única coreografía posible era llevar los postres a la pata coja. “El baile no da dinero”, le señalaba su progenitor”, lo que me recordó aquella historia de nuestro amigo pintor Abdo en Egipto.

Y finalmente llegó el fin de esta primera etapa del viaje en Addis Abeba (volábamos a Maputo para hacer nuestro comprometido safari con turistas por Zimbabue y Botsuana). En Addis pasamos dos divertidas noches en la que conocimos a Elias, el dueño del hotel que lleva su nombre, que dignificaba la palabra honestidad. Addis es una ciudad pujante y moderna en la que siempre me siento a gusto.

Pero aquellos días fueron más final que nunca porque allí nos despedíamos de Leandro, que se volvía a Portugal quizá para no volver. Y decir adiós a Leandro fue despedirse de una sonrisa eterna, de los silencios oportunos, de la falta de ego, del amigo y del compañero. De Leandro he aprendido mucho pero quizá la lección más importante de este gordinflón amigo de 63 años es la contundencia con la que se puede hablar en silencio. No hemos tenido en dos meses de ruta una sola discusión entre los tres. Como diría él, viajar contigo “son favores que nunca más me pagas”. Adiós amigo, fue un placer viajar junto a un hombre tan bueno.

 

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Comentarios (1)

  • Ann

    |

    Favores que nunca me pagas…… Gústame.
    Y tu texto amplía hasta el infinito mis ganas de Etiopía. Ya me las había agrandado muchísimo Ricardo Coarasa antes.

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