Yuanyang, el mundo escalonado

Por: Daniel Landa (Texto e fotos)
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El paisaje era una escalera de gigantes, rompían en verde las terrazas de arroz y las ancianas vestían sus colores de orgullo indígena. Estábamos en Yunnan, la menos china de las provincias de China. Soplaba un viento fresco, sentíamos la paz de aquellos pueblos.

Llegar a Yuanyang era salir del laberinto. Echo nos acompañaba todavía en una travesía que ella comenzó en Shanghái, hacía 2.600 km, nosotros mucho antes. El conductor para el tramo final de China se llamaba Chou, un tipo de carácter flemático, servicial y prudente en la carretera. Tuve la impresión de que el ritmo desasosegado que nos castigaba desde Beijing se había desvanecido.

Tuve la impresión de que el ritmo desasosegado que nos castigaba desde Beijing se había desvanecido.

Nos alojamos en un pueblecito donde las vacas se nos cruzaban en los caminos de tierra. Las casas eran de piedra, los cerdos dormitaban en las esquinas y los gallos molestaban al amanecer. El ventanal de mi habitación dejaba entrar el paisaje a bocajarro, sin cortinas, ni tamices. Sólo la lluvia moderaba el verde de las terrazas, que se extendían por el valle hasta perderse a los lejos, moi baixo, en cascadas.

Mais, descubrimos que la vida se alborotaba al otro lado del pueblo, el de los mercados y tiendecitas de pueblo. Las mujeres bai llevan ropas claras, alegres y las hopis visten de azul oscuro, con elegancia indígena. Hay muchos otros grupos que se mezclan en tradiciones, vestuarios y matices en los que uno se enreda al tratar de descifrar a qué grupo pertenece cada cual.

Bajo un techo de lata, los puestos de comida disparan el colorido de los vestidos y las frutas. Los niños sonríen a la cámara y los hombres descuartizan a los cerdos. A 1.700 metros, no hay invasiones de turistas, se convive con las gallinas y se come pasta de arroz, o el caldo de arroz, o el arroz frito, o el arroz hervido, o el licor de arroz

Hace poco más de una década, el gobierno chino decidió conceder al pueblo la gracia de aspirar a una vivienda propia

Pero hasta las aldeas remotas de Yuanyang se están contagiando de un concepto que intuyo inédito hace sólo unos años: el de la posesión de la tierra. La misma ansiedad con que se construye en las ciudades, tiene continuidad en la parte más rural de China. Hace poco más de una década, el gobierno chino decidió conceder al pueblo la gracia de aspirar a una vivienda propia. La reacción fue voraz. Seis mil millones de almas se entregaron al sueño de la propiedad privada. Las ciudades crecieron con un apetito mórbido, las constructoras desplegaron ejércitos de grúas, el ladrillo engulló el paisaje y los chinos empezaron a estrenar cuartos de baño, lavadoras e hipotecas. Ben, esa mentalidad se ha trasladado hasta los confines montañosos del país y los búfalos, que pastan en los campos sin entender nada, ven cómo los pueblos se inundan de piedras, madeira aserrada, arena y todo tipo de materiales. Los vecinos ayudan a construir las casitas de los campesinos. El trajín de los camiones descargando sueños de cemento contrastaba con la serenidad de los paisajes a los que los aldeanos empiezan a dar la espalda. Construyen sin parar, a todas horas, con una zozobra que me pareció casi irreverente en aquel entorno.

Construyen sin parar, a todas horas, con una zozobra que me pareció casi irreverente en aquel entorno

Tal vez lo más irónico de todo reside en que los inquilinos no llegan a poseer la vivienda. El sueño tiene fecha de caducidad, pues pasados 70 anos, el gobierno de la República Popular China se quedará con la casa y el gesto contrariado de los nietos. Se trata tan sólo de un alquiler, pero los chinos no quieren saber nada del futuro si hoy pueden jugar a la Play Station en el salón de “su” casa.

Por eso nosotros preferíamos alejarnos de los pueblos crecientes camino a los pueblecitos más pequeños, donde las casas son de piedra añeja y los granjeros no tienen ya ganas de ponerse a levantar muros. Allí nos sentíamos a salvo de la taquicardia del resto de China.

Y así pasamos las tardes, tomando café, mirando a los escalones del paisaje, peinado de arroz, bajo la lluvia, varado en el tiempo, sen présa.

 

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