Zaragoza, de puerta a puerta

Por: Ricardo Coarasa (texto e fotos)
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Zaragoza es una ciudad ensombrecida por los tópicos. Por los tópicos y por un icono, la basílica del Pilar, que históricamente ha postergado, a ojos del visitante, al resto de la urbe. Zaragoza es, para demasiados, el Pilar y el Ebro. El Tubo y las Fiestas del Pilar. Y poco más. Muy alejada de esa impresión precipitada e injusta, la Salduie sedetana, la antigua Caesaraugusta romana, la Cesaraugusta visigoda, la Saraqusta musulmana, la Saragoça cristiana, la moderna Zaragoza, ao final, acumula una historia milenaria que, á mantenta, ni los poderes públicos ni los propios zaragozanos han preservado durante siglos como se merece. Por eso no hay mejor forma para destripar prejuicios y espantar clichés que acercarse a ella a través de su pasado y recorrer sus calles con la mirada atenta a sus vestigios y a los lugares que marcaron su devenir.

Vamos a buscar a Zaragoza en sus antiguas murallas y, especialmente, en sus puertas, cada una con su memoria de epidemias, asedios, execucións, contrabandos, mercadeo e intrahistoria ciudadana. Se enfrentaron a asaltos de pueblos germánicos, visigodos, francos, Musulmáns, cristianos y franceses, pero el acta de defunción de los antiguos accesos a la ciudad se firmó en los albores del sexenio revolucionario, tras la revolución de La Gloriosa de 1868, cuando el ayuntamiento de turno acordó su derribo. Sólo se salvaron tres y hoy en día únicamente una continúa en pie. Por ella comenzamos nuestro recorrido.

Su acta de defunción se firmó tras la revolución de 1868. Sólo sobrevivieron tres

A un paso de la plaza Paraíso, a caballo entre el paseo María Agustín y el de Pamplona, o Puerta del Carmen es el último vestigio de las doce puertas principales que en algún momento jalonaron las murallas de Zaragoza (tanto la romana original, de aproximadamente tres kilómetros de longitud y levantada en el siglo III, como la posterior de ladrillo, mucho más amplia y construida para abarcar a los nuevos barrios surgidos extramuros de la primera).
Situada al suroeste de la urbe, hoy observa impasible el tráfico de vehículos a su alrededor, lejanos esos tiempos en los que de sus muros colgaban los cadáveres de los condenados a muerte. Pechar, en el mismo paseo de Pamplona, é o museo de arte contemporáneo Pablo Serrano, un edificio inconfundible, que bien merece una visita (la entrada es gratuita y cierra los lunes) si de verdad queremos empezar a desterrar los tópicos sobre la capital de Aragón.

Continuando por el paseo Pamplona hasta la Plaza Aragón, comienzo del paseo de Independencia, la arteria más concurrida de Cidade, sobresale enseguida a mano derecha la basílica de Santa Engracia. En sus alrededores se situó la puerta del mismo nombre (que llegó a tener tres emplazamientos distintos) y una de las más longevas, pues siguió erguida hasta 1904, cuando fue demolida para dar paso al tranvía. Máis dun século despois, el tranvía (recuperado hace unos años por el alcalde Belloch no sin polémica) vuelve a circular por el lugar donde Zaragoza, de incorregible alma callejera, es más callejera que en ningún otro sitio.

De incorregible alma callejera, Zaragoza es en su paseo de Independencia más callejera que en ningún otro sitio

No dejéis de visitar el cercano Patio de la Infanta, un rehabilitado zaguán de una casa solariega del siglo XVI que hoy forma parte de la Sala de Exposiciones Ibercaja (San Ignacio de Loyola, 16, frente al Corte Inglés).

Al final del paseo de Independencia nos damos de bruces con la plaza de España y el centro comercial Puerta Cinegia, que hace honor a la puerta sur de la ciudad, que llevaba ese mismo nombre y cuyos sillares, emparedados entre modernos edificios, aún resisten en un lateral de la estrecha calle de los Mártires, a unos metros del restaurante más antiguo de España, Casa LAC, un templo de las verduras en pie desde 1825. Mesmo xunto, ya en la calle Cuatro de agosto, un clásico entre los clásicos, el cabaret (ibérico) El Plata, quintaesencia del espíritu lúdico y desinhibido de El Tubo.

Al lado de la antigua Puerta Cinegia se encuentra el cabaret El Plata, quintaesencia del espíritu lúdico de El Tubo

Lo mejor es dejarse llevar y perderse por el dédalo de callejuelas guiándose por el olfato y desgustando las tapas a capricho, pero por si acaso ahí van unas recomendaciones: Bodegas Almau e Taberna Doña Casta (ambas en la calle Estébanes, pulmón del tapeo de la zona) e La Cueva de Aragón (no salga sin probar sus celebreschampis”) e Barcelona, ​​en Altair Elena Pascualillo (en la cercana calle Libertad).

Ahora toca volver sobre nuestros pasos, paseo de Independencia arriba, para girar a mano izquierda por la peatonal San Miguel. En una de las calles perpendiculares, Santa Catalina, hay que perder unos minutos en un bar de toda la vida, o Erzo, con una atestada barra de tapas y montaditos.

En una bocacalle de San Miguel hay que perder unos minutos en la atestada barra de tapas y montaditos del Erzo

Avanzando por la comercial calle San Miguel vamos a parar a la iglesia del mismo nombre, junto a la cual se levantaría en 1856, en el muro de ladrillo, la puerta más moderna, do Duque de la Victoria, inaugurada por el general Espartero. Y también la más efímera, pues sólo cuatro años después fue demolida. Su sustituta, levantada en 1861, tuvo una vida más larga y resistió hasta 1919, cuando el tráfico impuso su ruidosa ley. La campana del templo dobló durante años desde la puesta de sol hasta medianoche para guiar a los zaragozanos en la oscuridad, ganándose el sobrenombre dela campana de los pasos perdidos”, como se encargan de recordar Raquel Cuartero y Chusé Bolea en su magníficoAntiguas puertas de Zaragoza”.

A espaldas de la iglesia, en un medianil, un gran mural obra del pintor Alfonso Forcellino recuerda la desaparecida puerta junto a un cartel que resume su historia y aboga por una reflexión, siempre necesaria, “sobre la conservación de nuestro patrimonio urbano”.

La antigua Puerta del Duque de la Victoria está pintada en un muro a espaldas de la iglesia de San Miguel

Siguiendo por la calle Asalto, en el cruce con la calle Heroísmo se situaba la antigua Puerta Cremada del muro exterior, entrada a la ciudad desde el sureste, por la que salían los reos condenados por la Inquisición camino de la hoguera. El parque situado enfrente, los Jardines del Corral de la Leña, guarda aún memoria de ese pasado, pues las inmediaciones eran pródigas en carboneras.

Este tramo del recorrido se camina junto a jirones de la muralla medieval de ladrillo (algunos incorporados a modernos edificios de viviendas). Tras arduos combates, por aquí entraron los franceses a la ciudad en enero de 1809. De ahí que este enclave forme parte de la más transitada ruta de los Sitios.

Por la desaparecida Puerta Cremada, junto al río Huerva, salían los reos condenados a la hoguera por la Inquisición

Continuando por esta avenida al encuentro del Ebro, frente a la plaza de las Tenerías estaba la Porta do Sol, nexo de unión de la murallas de ladrillo y de piedra (aínda máis abaixo, frente a un nuevo tramo de muralla a espaldas del convento del Santo Sepulcro, la glorieta de la puerta del Sol rememora su existencia). Remontando hacia el sur la calle del Coso llegamos a la antigua ubicación de la Puerta de Valencia, hoy plaza de la Magdalena.

A orillas del Ebro continuamos nuestra caminata por el paseo Echegaray y Caballero dejando atrás el Puente de Hierro. El siguiente, el de piedra, cruza de una orilla a otra frente al lugar donde se encontraba la Puerta del Ángel, la entrada principal de la ciudad, al final de la actual calle de Jaime I y a la vera del Palacio Arzobispal. Aquí solían colgar durante años las cabezas de los reos ejecutados para escarmiento público.

Caminando unos metros por el puente de piedra en dirección a la otra orilla se disfruta de las mejores vistas de la basílica del Pilar

Alejándonos unos metros por el puente en dirección a la otra orilla se disfruta de las mejores vistas de la basílica del Pilar. Antes de seguir, nos podemos desviar unos metros por la acera izquierda de Jaime I para, tras doblar por la estrecha callejuela de José de la Hera, llegar a la plaza Santa Marta, animado lugar de encuentro nocturno lleno de bares y restaurantes. El Dominó y sus montaditos de jamón batido y El Lince y susguardias civiles” (panecillos de arenque, pimiento, tomate y pepinillo) son dos paradas obligatorias.

Antes de seguir adelante río arriba, no podemos dejar de acercarnos a la Basílica del Pilar, y a la cercana (y no tan conocida, pero bellísima) catedral de la Seo, mancillada desde la última reforma de la gran plaza por un enorme cubo que le resta prestancia. Bien por la ribera del Ebro, bien atravesando la plaza (una buena excusa para asomarnos a la peatonal y siempre concurrida calle Alfonso I, la más popular de la ciudad) se llega a otra plaza, la de César Augusto, onde, frente al puente de piedra, se levantaba la Puerta de San Ildefonso, por la que entró Alfonso o Batallador en 1118 tras la conquista de la ciudad a los musulmanes. En el Torreón de la Zuda, todavía en pie, se firmaron las capitulaciones.

A espaldas de la calle Jaime I hay que desviarse hasta la plaza Santa Marta, animado lugar de tapeo nocturno

En esa misma plaza, junto a una estatua del emperador Augusto y restos de la muralla romana está el Mercado Central, en el que conviene dedicar unos minutos a deambular de puesto en puesto. A poucos metros, en el cruce de la calle Manifestación con la avenida de César Augusto, estaba la Puerta de Toledo, epicentro del comercio de la ciudad durante siglos. Un mural la recuerda en la cercana calle Salduba.

Nos dirigimos ahora a la vera del Ebro hasta la plaza Europa, donde otro puerta desaparecida, de Sancho, está pintada en el lateral de un edificio de viviendas (al final de la calle Santa Lucía). Sólo nos queda remontar el paseo María Agustín hasta el Palacio de la Aljafería, hoy sede de las Cortes de Aragón, antiguo palacio musulmán y residencia de los reyes aragoneses tras la reconquista cristiana de la ciudad.

En lo alto de la iglesia del Portillo, la silueta de una puerta recuerda a la que durante siglos se levantó junto al templo

A Puerta del Portillo, junto a la iglesia del mismo nombre, era el acceso más cercano a la ciudad desde el castillo. En lo alto del templo (muy cerca del coso taurino de la Misericordia) seguro que llamará la atención al visitante la silueta de una puerta en miniatura, homenaje a la desaparecida del Portillo. Unos minutos más de caminata y nos reencontramos de nuevo, tras dos horas y media de paseo por el pasado y el presente de la ciudad, con la Puerta del Carmen, testimonio vivo de esa Zaragoza amurallada cuya memoria merece la pena mantener viva.

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