Laila Peak (II): aprender a sufrir

Por: Sebastián Álvaro (texto e fotos)
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Supongo que es normal que, en estas ocasiones, incluso antes de salir de casa me asalte el temor de si regresaré para volver a ver a todos los que quiero, que son muchos, y me pregunte el sentido de lo que hacemos. ¿Por qué nos empeñamos en vivir al límite de nuestras posibilidades, alejándonos de la gente que queremos y posponiendo el confort que nos rodea?

No estamos diseñados ni nacemos adaptados para aceptar el sufrimiento, pero, en realidade, hasta eso se aprende en la vida. Me lo pregunto mirando a mi alrededor levantarse gigantescas montañas nevadas, descansando sobre los bastones de esquí, mientras resoplo como una locomotora y me quedo helado con la suave brisa que sube del valle, que congela el sudor que me recorre la espalda. Allí abajo queda el campo base, el último reducto de vida amable, donde nuestras tiendas se ven diminutas. ¿Qué hacemos aquí pasando frío, viviendo una de esas situaciones que el común de los mortales descartaría por temeraria o irracional…?

No estamos diseñados ni nacemos adaptados para aceptar el sufrimiento

Hace treinta años vinimos por primera vez a escalar la vertiente sudoeste del K2, la montaña más difícil y prestigiosa del grupo de las más altas. E aquí imos nós, aunque ahora nuestro objetivo sea diferente. A altitude, entre 4.000 e 6.200 metros, creo que es la que “razonablemente” puedo acometer en estas condiciones. Por encima de ella apenas se podría escalar, sólo caminar, y el grado de congelación y/o hipotermia creo que no es asumible. Ésas son, en resumen, alguna de las razones de haber elegido el Laila Peak. Aunque la que más ha influido es la tenacidad de Ramón Portilla, que se ha enamorado de esta montaña y no ha dejado de perseguirla desde hace años. Este será su quinto intento. Pero la montaña lo merece.

El corredor por el que estamos subiendo desciende, serpenteando, más de mil metros entre las rocas hasta llegar al glaciar de Gondogoro. Mientras los latidos del corazón desbocado retumban en mis sienes admiro la belleza salvaje que nos rodea. Estamos en una montaña colosal en las condiciones más duras que pueden imaginarse. La ruta que estamos siguiendo, ya conocida por Ramón, que ha sido el amigo “liante” en esta ocasión, tiene unas características particulares, y puede convertirse en una ratonera en caso de mal tiempo, muy en especial en el itinerario entre el campo uno y el dos, donde hay que escalar un torreón de roca y luego rapelarlo.

Mientras los latidos del corazón desbocado retumban en mis sienes admiro la belleza salvaje que nos rodea

Así que en lugares y momentos comprometidos la experiencia es una aliada fundamental, algo con lo que contamos sobradamente. El equipo era una buena mezcla, agradable y magnífica, de veteranía y juventud, sintetizadas en la tenacidad, casi cabezonería, de Ramón y esa explosión de energía en estado puro de Alex Txikon, un tipo que igual se tira desde lo alto de un acantilado para hacer salto base con un paracaídas que se juega una apuesta con un “aizcolari” del pueblo de al lado a ver quién parte más troncos o levanta la piedra redonda de cien kilos. El resultado ha sido una experiencia dura, quizás excesiva, pero irrepetible. A decir verdad, hace mucho tiempo que no arriesgábamos tanto, pero tampoco que no nos lo pasábamos tan bien en una expedición.

Pienso en todo ello mientras me quedo helado, pero las urgencias me avivan a ponerme en marcha. Con cuidado. Un resbalón aquí es uno de esos errores que no puedo cometer. Ni tampoco descansar más de un minuto porque, parado, el frío es insoportable. Con los cinco sentidos doy unos pasos delicados en una zona mixta y algo expuesta. tarxeta desliza neve baixo os meus pés e bezerros queimar-me a tentar coller os crampons dedo do pé de diante, que chirrían sobre la roca. Son sólo unos instantes mientras alcanzo una zona de nieve más compacta.

Un resbalón aquí es un error que no puedo cometer. Ni tampoco descansar más de un minuto porque, parado, el frío es insoportable

Cuando miro hacia arriba veo que todavía me quedan más de la mitad de los mil metros que tengo que recorrer hasta el primer campamento. Estoy en uno de esos sitios objetivamente peligrosos y que, a pesar de ello, tendremos que transitar muchas veces. En apariencia no lo parece, pero mi experiencia lo reconoce sin duda alguna: en caso de una importante nevada, o una avalancha de rocas, todo se canalizará por este corredor en el que ahora nos encontramos. Una razón más para no estar parado ni descansando mucho tiempo, una razón más para escalar lo más rápido posible.

Hoy es un día invernal excelente, está despejado y no hay una sola nube, casi no hay viento y el termómetro apenas baja de los 15º bajo cero. Son las mejores condiciones que podemos esperar. No podemos quejarnos, sabemos que vendrán días mucho peores. no campo 1 bajará de los 25º bajo cero y en el 2, de los 35º; en la cumbre, en la hipótesis poco probable de que la alcancemos, lo pasaremos aún peor. Y hay que tener en cuenta, tamén, que a 5.500 metros de altitud nuestros pulmones capturan la mitad de oxígeno que a nivel del mar. Y el oxígeno es nuestra calefacción, nuestra vida. Eso no hace más que empeorar las cosas, nos hace cansarnos más y defendernos peor contra el frío. Así que tendremos que aprender a sufrir. Y mucho más si queremos alcanzar la cumbre.

Hoy es un día invernal excelente. El termómetro apenas baja de los 15º bajo cero. Son las mejores condiciones que podemos esperar

Ésa es la razón por la que durante muchos meses lleve realizando un entrenamiento específico. Siempre he huido de catalogar a los alpinistas como deportistas al uso. Sin embargo ahora, cargado con la mochila y más de quince kilos a la espalda, grazas. Pero entrenar no sólo tiene que ver con el cuerpo sino, tamén, como ya sabían los romanos, con la mente, con el espíritu. Del control exterior se pasa al control interior, de la disciplina interna a la autodisciplina, que nos permite reconocer nuestros límites e imponernos nuevas metas.

Hemos elegido escalar una de las montañas más bellas del mundo y, tamén, hacerlo en invierno. Ése es el nuevo terreno de juego del alpinismo

Todos los que estamos aquí éramos conscientes de la opción que habíamos elegido. Escalar en el Karakorum en invierno debe ser algo parecido a la antesala del infierno relatado por Dante. Pero hemos elegido escalar una de las montañas más bellas del mundo y, tamén, hacerlo en invierno. Ése es el nuevo terreno de juego del alpinismo: el mayor grado de exposición, en el límite de lo tolerable por el organismo, sumando dificultades y con el mínimo de tecnología. No es una locura, sino algo específico de nuestra especie, la única capaz de perseguir sueños, de plantearse retos imposibles.

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Comentarios (2)

  • Mayte

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    Impresionante! que valor!! Yo quiero más fotos!!

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