Más allá de las las terrazas de Sapa

Por: Daniel Landa (Texto e fotos)
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-¡Money, money!

Esas fueron las palabras de bienvenida que nos regaló un grupo de mujeres de la etnia de los mong negros, cuando salimos a recorrer las calles de Sapa. Fuimos recibidos con la brusquedad de una venta de artesanías, sin mediar saludo ni sonrisa. Las calles parecían un escaparate indígena y los turistas fotografiaban el colorido de vestidos y la alegría forzada sobre las aceras.

Entre centros de masaje, restaurantes y agencias de viaje no quedaba espacio para la magia. Las mujeres reinan en Sapa esperando tu llegada. Piden un dólar si les apuntas con la cámara y custodian los sacos de frutas y verduras. Era preciso perderse un poco, intentar esquivar las estampas de postal para entender el lugar. Había un mercado interior, más apartado, envejecido y un tanto sombrío por la lluvia que empezaba a arreciar. Algunos hombres bebían licor de arroz y varios grupos de chicas comían y se reían sin ese aire estoico que adoptaban en los puestecillos callejeros.

Compartimos mesa con algunas de ellas y acabamos brindando con los hombres. Una vez despojados del papel de indígenas, la gente de Sapa era más risueña, pero allí costaba encontrar la esencia tras el disfraz y no me refiero a los bordados, a las faldas largas de azules y rojos o los cestos de mimbre, sino a la pose.

Una vez despojados del papel de indígenas, la gente de Sapa era más risueña

Un grupo de mujeres nos abordó en la calle y decidimos hablar sin cámaras un rato. Acabaron invitándonos a un pueblecito para que conociéramos la atmósfera real de las terrazas de arroz, sin el barullo de mochileros. Entonces intervino Juan, nuestro guía vietnamita, para advertirnos de que eso era peligroso. ¿Era peligroso conducir quince kilómetros para conocer un pueblo con sus tradiciones indígenas? Juan mostraba un gesto de disconformidad cuando improvisábamos la ruta, cuando decidíamos apostar por la sorpresa. En realidad era una medida de control. Él tenía que supervisar nuestro plan de grabación y nada podía salirse del programa, pero no entendía que parte de la esencia de nuestro viaje radicaba en la incertidumbre.

Acabamos discutiendo en el hotel. Cuando Juan se enfadaba, su español era casi irreconocible y salvo palabras como “coño”, “joder” o “imposible” el resto de su discurso era un misterio. Lo que sí nos quedó claro era que le molestaba que cambiáramos la ruta. Aínda así, decidimos viajar a una localidad llamada Ta Van y él accedió murmurando para sí:

-“¡Yo así no podle can flopa en nomo de y voy a Hanoi, vaxina!".

Dimos por bueno el exabrupto y nos alejamos de Sapa. Y era el camino entre un pueblo y otro donde se filtraba la realidad, porque allí donde nadie se detiene, la vida sigue. Pudimos grabar a los búfalos de agua pastando en las crestas de las terrazas de arroz, a los niños pescando en pozas diminutas, a las mujeres encogiéndose de hombros sin chascar los dedos pidiendo recompensa.

Y era el camino entre un pueblo y otro donde se filtraba la realidad, porque allí donde nadie se detiene, la vida sigue.

Ta Van no es Sapa, pero el turismo ya ha ayudado a reestructurar un pueblo lleno de hostales y algunos bares para el descansar el peso de los paisajes cuando cae la noche frente a una botella de cerveza. Nos salimos del camino, de forma deliberada y atravesamos una senda que rodeaba el pueblo. Así descubrimos la parte de atrás, los patios donde las familias desgranan las mazorcas o el rincón donde los ancianos fuman sus pipas. Acabamos fumando con ellos, hablando de las diferencias entre los mong negros y azules o los tai. Todos ellos conviven en los pueblos de las sierras de Vietnam, todos acostumbrados a plantar el arroz y los maizales.

Aquel atardecer nos lo reservamos para disfrutar del sol trepando por las terrazas de los montes. Nos dejamos seducir por el juego de luz y sombras, por la suavidad de las colinas peinadas por el hombre, y en ese momento, sin la presencia del hombre, el paisaje recobró su magia.

Nos dejamos seducir por el juego de luz y sombras, por la suavidad de las colinas peinadas por el hombre

Aún tendríamos que discutir muchas veces con Juan para parar aquí o allí, pero nuestro guía, tal vez por agotamiento, accedía a ir donde proponíamos. Y habíamos propuesto viajar a Mu Can Chai. Pablo estuvo estudiando mapas, trazando líneas y recopilando información y sugirió viajar hasta allí. Aquel pueblecito no salía en las guías turísticas, pero era una zona de terrazas. Tal vez la combinación perfecta que andábamos buscando.

Varias casitas de madera se asomaban a un río violento. La corriente se estrellaba en la orilla. La fuerza de los rápidos contrastaba con las colinas de alrededor, escalonadas con la armonía habitual de las terrazas. Una anciana paseaba junto al río observando a los jóvenes que se adentraban en ese momento en el agua. Algunos eran sólo unos niños, portando un retel enorme. Estaban pescando en un lugar donde la corriente puede llevarse tu futuro en un instante.

Nos acercamos para grabarles. Tal vez estimulado por el coraje de aquellos adolescentes, yo me aventuré a entrar en el río, pegado a la orilla, vigilando los rápidos. Los chavales me animaron a probar suerte con la pesca pero mi poca pericia sólo consiguió que valorara aún más el arrojo de aquellas gentes.

tal era su dignidad frente a la cámara que me parecieron más elocuentes sus silencios.

Máis tarde, aún empapado, conocí a un anciano que según nos dijeron, había luchado contra los franceses y hoy plantaba verduras en una huerta de un pueblecito que nadie visita. Cuando le pedimos una entrevista, se ajustó una americana vieja con parsimonia, frente a un espejo roto. Se estiró cuanto pudo en cuanto le grabamos y apenas habló de su vida, de sus guerras y de su tierra, pero tal era su dignidad frente a la cámara que me parecieron más elocuentes sus silencios.

Vietnam se empieza a contar en esos pueblos, con la gente que calla su pasado, con los jóvenes que pescan en ríos salvajes, con las sierras donde crece el arroz sin postales. Sapa es sólo la portada de un mundo que tiene páginas asombrosas, que esconde vidas extraordinarias en paisajes que parecen decorados. Nosotros apenas nos asomamos a esa realidad pero entendimos que en cada casa de cada pueblo de las sierras del norte de Vietnam hay una historia que merece la pena.

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