En Mostar Ponte

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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En Trieste conocimos a Manuela y Manuela hizo magia en un papel y nos dibujó su país, Croacia, en un mapa para que lo disfrutáramos. Y partimos los tres, Vencedor, Leandro y yo, con el mapa de Manuela en la mano y con los ojos abiertos a la nueva Europa que nos encontrábamos.

Y al pasar por Eslovenia paramos a tomar un vino en la pequeña barraca de María que regalaba sonrisas y vendía vinagre con tanta gracia que le pagamos por las sonrisas. Y cruzamos la frontera y llegamos a Rovinj, Croacia, donde el mar es de piedra y donde sus calles son tan estrechas y en pendiente que no trepa el viento hasta llegar a su torre central que lo vigila todo. Rovinj es sencillamente fascinante. Luego bajamos hasta cerca de la ciudad de Sibenik y dormimos en un lugar que alquilaba tres cuartos por el precio de medio y donde pasamos una noche inolvidable de conversación y risas con Neda y su compañera de trabajo de nombre impronunciable. Dos mujeres de mediana edad con las que hablamos de política, relixión, comida y pasado, mucho pasado, de sus otrora tiempos mejores antes de la guerra cuando los hombres vivían sin miedo al amanecer.

Tiempos mejores antes de la guerra cuando los hombres vivían sin miedo al amanecer

Y fuimos a Trogir, porque nosotros fuimos donde nos dijo Manuela, y allí resulta que ella volvía a tener razón y su servilleta cobraba sentido. Sus torres y campanarios parecían raíces de un árbol de roca. También visitamos y dormimos cerca de Dubrovnik, la ciudad medieval perfecta en la que la belleza es contemplar sus centenarias piedras con ropa colgando de las ventanas como el musgo cuelga de una pared. Todo es tan bonito que hasta lo deja de ser.

Pero Dubrovnik fue mucho más que eso, fue la casa del gigante Nicolás. Nicolás era un croata inmenso de 55 anos, de barba blanca, casado con una bosnia que había sido francotiradora durante la guerra, que bebía y cantaba junto a sus amigos en la barra de un bar. Nicolás nos invitaba a rondas y nos daba abrazos y besos mientras volvía a cantar otra canción o pedía otra ronda. Tan grande era Nicolás que Leandro tuvo que subirse a un taburete para darle un abrazo al despedirse y aun así no lo abarcaba. Tan grande era Nicolas y su borrachera que cuando me abrazaba yo pensaba que se había caído un trozo de cielo. Nicolás nos regaló uno de esos días formidables de los viajes que sólo ocurren en las tabernas.

A continuación,, cuando Croacia ya quedó atrás pasamos por Montenegro. Y allí no entendíamos nada porque no entendíamos que nunca hubiéramos escuchado hablar de tanta belleza. Resulta que allí el Adiátrico se cuela en un trozo de tierra a la altura de la ciudad de Herceg Novi y conforma una laguna salada a la que le crecen pequeños pueblos alrededor. Y hay islas con monasterios y monasterios sin islas. Y hay agua verde y hay agua azul. Y hay una larga carretera que sortea las aguas que uno desearía que no tuviera fin. Y hay un país al que volver en cuanto se pueda para comprobar si no nos engañó la mirada.

Hay islas con monasterios y monasterios sin islas

Y terminamos con Montenegro con aquellos Balcanes de su mítica guerra, aunque aún nos quedaban miles de kilómetros de su cordillera por delante. Y antes, que lo bueno he querido dejarlo para el final, habíamos cruzado a Bosnia y dormido en ella. E hai, tras visitar el santuario de Medjugorje llegamos a un puente y entonces todo sucedió así, en primera persona del presente del verbo ayer:

En el Puente de Mostar se esconde el silencio mientras entre sus piedras el agua se quiebra en secretos y la noche se alarga como si nunca fuera a haber día. En el Puente de Mostar las miradas enloquecen y en las viejas tabernas el humo de las chimeneas no deja escapar el frío. En el Puente de Mostar la miseria es un silbido que no tiene labios ni melodía. En el Puente de Mostar la garganta se encoje y el alma pesa hasta confundir el llanto. En el Puente de Mostar hay una dignidad aprendida que se eleva por encima de los muertos que vigilan su camino. En el Puente de Mostar los gallos son de cera y cantan de espaldas al mediodía hartos de volver sin volver. En el Puente de Mostar se regalan sonrisas y vino junto a una hoguera donde te quemas los pies. Na ponte de Mostar as sombras camiñan tan rápido ao amencer que ninguén as ve. Na ponte de Mostar os mapas son de vidro e as torres son de centipede. Na ponte de Mostar escoitan oracións e campás e cando o sol sae o borracho baila o vento sen saber onde perder. Na ponte de Mostar cheira a comida xenerosa, ao pote de barro, a carne de pez. En el Puente de Mostar resiste la muerte en muros donde los agujeros sangran cemento y babas. En el Puente de Mostar los hombres esperan ansiosos, temblando de miedo, que pase una mujer. En el Puente de Mostar los escalones son de cuero y desde sus barandillas de mármol vuelan cuerpos cuando el sol se enciende al revés. En el Puente de Mostar uno cree en el más corto infinito, en el eterno comienzo, en que el tiempo pudiera no crecer. En el Puente de Mostar se escuchan historias de guerra y de amor, mentiras que son verdades y verdades que lo dejan de ser. En el Puente de Mostar se quedó una parte de lo que no era mío, de lo que no logré entender en veinticuatro horas, de lo que no sé si quiero saber. Non, entre sus aguas y piedras. En Mostar Ponte.

 

 

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Comentarios (5)

  • Ann

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    Precioso. Non máis

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  • Monica

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    Cuantos recuerdos tan bien contados Javier

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  • Rosa

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    Precioso. La ultima parte, la del puente de Mostar, es un precioso poema. Estas sembrao. Unha aperta

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  • Juancho

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    Dos cosas voy a decirte, Brandoli amigo:
    1) A medida que te llenas los ojos de mundo, mejora tu dominio de las palabras. Este texto es soberbio
    2) Temo mucho por tu hígado. La cosa ha empezado muy fuerte

    Abrazo de silla estilo Leandro

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  • Javier Brandoli

    |

    Muchas gracias a tod@s por vuestras palabras, como siempre muy generosas. En todo caso lo que os deseo es que vayáis a este lugar mágico o volváis los que ya estuvisteis

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