Zurück in das Land der wütend und deprimiert

FÜR: Javier Brandoli

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*Este artículo se ha traducido y publicado en el periódico estonio Postimees con el que colaboro desde hace algo más de un año.

Soy español y medio italiano. Hace nueve años dejé mi cómoda vida en Madrid y me hice corresponsal internacional. He vivido dos años en Sudáfrica, tres en Mozambique y cuatro en México. Desde cada una de esos países he tenido la suerte de viajar por todo su entorno y conocer en profundidad el sur y este del continente africano, el Caribe, Zentralamerika, el sudeste asiático

Und 2014, salí en coche de Madrid hasta la frontera de Turquía y Siria, donde las bombas nos impidieron pasar y nos obligaron a subir el vehículo a un carguero en la ciudad de Iskenderum, para desembarcar en la egipcia Damietta, y desde allí cruzar todo el continente africano hasta su punto más al sur, Cape Agulhas, Südafrika. Aquel viaje es posiblemente la mayor lección que he aprendido en mi vida. Vi el mundo degradarse en cada kilómetro. Empecé viajando por un lugar donde en las fronteras no había que enseñar pasaportes y acabé el viaje cruzando algunas fronteras donde había que sobornar a los guardas para poder pasar pese a tener todos los papeles en regla. Pero también empecé aquel viaje en España, un país donde todo el mundo estaba triste y enfadado porque la crisis económica golpeaba fuerte, lo que era cierto, pero donde funcionaban a la perfección los hospitales, Schulen, comisarías o el transporte público, y acabé el viaje en un lugar donde la gente era alegre pese a no tener nada.

En África la mayor parte de la gente ni siquiera era capaz de soñar con los estándares de vida de todos esos millones de hombres deprimidos que eran, y son, los europeos. Con el coste de una sesión del psicólogo que cura las depresiones de tantos europeos afligidos por su mala suerte, come una familia africana o centroamericana una semana. Perdón por la demagogia que en ocasiones tiene el inconveniente de ser real y cruel.

Con el coste de una sesión del sicólogo que cura las depresiones de tantos europeos afligidos por su mala suerte, come una familia africana o centroamericana una semana

Como europeo, la pobreza, digo la de verdad, la que tiene metástasis en la sociedad, la conocí hace 17 años en Lima, PERU. Me la enseñó de golpe Juan, un niño de aún no tres años que trabajaba en el poblado de Ladrilleras. Trabajaba en medio de un desierto seco de polvo dándole la vuelta a los cientos de ladrillos que sus padres hacían cada día. Ellos los extendían en el suelo y él, por su peso, era el único que podía pisar sobre ellos sin romperlos y darles la vuelta para que se secaran al sol. Les aseguro que desde entonces que no he parado de viajar y he visto escenas como esas, y mucho peores, en muchos lugares del mundo. ¿Saben que en muchos países no registran a los niños en las zonas rurales hasta los cuatro o cinco años por no perder el tiempo en bajar a la ciudad para hacer un trámite inútil porque muchos mueren en sus primeros años de vida? Les llaman los sin nombre, y los entierran en el campo sin ni siquiera un registro que diga que llegaron a nacer.

En unos días cambio de nuevo de país en el que vivo. Me traslado a vivir a Roma. Casi una década después, daher, regreso a Europa. En estos nueve años me he convertido en un inmigrante que regresa a casa y contempla la realidad desde ángulos que antes no tenía. Veo el auge de los nacionalismos, la llegada del Brexit, de la extrema derecha y la extrema izquierda, la sensación de que hay una corriente creciente en toda Europa de creer que el continente es un fracaso y que la culpa de todo es de la Unión Europea. Los políticos locales encontraron una excusa a sus errores en una administración superior a la que pueden señalar sin ser responsables. En la sociedad europea llegaron los miedos, los egoísmos de los ricos que pretenden separarse de los pobres, la sensación de que hay que blindarse de todo para no perder nada.

Y me sorprende que los europeos no sepan que viven en una pequeña isla de bienestar y derechos humanos dentro del globo. DASS, BEISPIELSWEISE, los estándares de educación, justicia o sanidad de la mayor parte de la población europea son sencillamente inalcanzables para el 75% del resto de la población mundial. En El Salvador, BEISPIELSWEISE, tener suerte es que las maras no te hagan trabajar para ellos o no te maten. En Nepal, que la herencia de tu madre no sea trabajar con 14 años de prostituta como ella para mantener a la familia. Y en Estados Unidos no acabar viviendo en la calle. Hice un reportaje en 2016 sobre ingente cantidad de vagabundos en California y según datos del propio Gobierno de California el 40% de su población vivía en la pobreza o en el límite de la pobreza. Miami, New York, Chicago… en todas hay hordas de sin techo durmiendo en las aceras. Un censo de una ONG hecho hace dos años cifraba en 3.000 las personas que vivían en la calle en París, en Nueva York la cifra es de 60.000.

Un censo de una ONG hecho hace dos años cifraba en 3.000 las personas que vivían en la calle en París, en Nueva York la cifra es de 60.000

No crean que no entiendo que por supuesto en Europa hay retos y desigualdades que arreglar, pero me llama la atención que la respuesta sea demolerlo todo y entregarse deprimidos a los extremos. Una vez en Madrid una señora me dijo que eran una vergüenza el funcionamiento de los autobuses ahora porque pasaban con menos frecuencia que antes. Esperábamos en una parada en la que una pantalla decía el tiempo exacto que quedaba para llegar el siguiente autobús, nos subiríamos a un autobús nuevo que tenía aire acondicionado y wifi y cuyo precio estaba subvencionado por las instituciones. No supe que decirle, yo acababa de viajar en Mozambique durante doce horas en una furgoneta con gallinas, donde hay espacio para 12 personas e íbamos 22, y cuyos frenos estaban sin pastillas y hubo que parar tres veces a poner agua al motor. Así se viaja en África, América y buena parte de Asia, en furgonetas viejas y contaminantes sin garantías de seguridad.

Diese Zeiten waren, als er nach Europa zurückkehrte hörte die Leute über alles beschweren. Einige sagten mir, dass sie nur in der Lotterie spielen könnte und ich dachte, sie wussten nicht, dass die wichtigste Lotterie schon berührt: geboren in Europa.

 

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